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miércoles, 18 de diciembre de 2019

Pseudo crónica, Costa Rica 1 - Paraguay 2

Mundial U20 femenino (Montréal, 2014).

Unos ticos nos roban los asientos a mí y a un francés porque esa carajada de los campos numerados en tiquicia no tiene cabida. No importa, igual se hace pelota, igual se vacila, igual se sufre. Lo peor es estar sentado cerca del papá de una de las muchachas, que piensa que todas las demás jugadoras deberían pasarle la bola a Mayra. Nadie sabe quién es ella así que todas terminan siendo Mayra para nosotros, todas corren como Mayra, todas meten la pata como Mayra. Con el partido 1 a 1 el padre orgulloso sigue con sus reclamos cansones. Incluso el francés lo nota: "C'est insupportable" dice. Al minuto 65 el entrenador saca a Mayra del terreno de juego, y todos respiramos aliviados (no porque el señor se calle porque no, no se calla) si no porque entran piernas frescas y casi parece que la remontada está cerca. Casi. Minuto ochenta y pico, contragolpe, penal para Paraguay y gol. Celebran las paraguayas, lloran las ticas. Jugaron como nunca y perdieron como siempre.

La culpa, dice el señor gritón, es del entrenador, por haber sacado a Mayra cuando era claramente la mejor del partido.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Principio de reciprocidad

- Ya quisieras - me atreví a decirle.
- ¡Ya quisieras vos! - me contestó tajantemente.

Y así, con dos enfáticos arañazos de gato, sacamos del anonimato a una estirada historia de tensión sexual no resuelta.

domingo, 26 de abril de 2015

Enchilada de papa

Yo sabía que tenía que estar complemente roto por dentro porque no sentía absolutamente nada. En primer lugar, la embestida del camión fue brutal (ni el chofer me vio a mí ni yo lo vi venir a él). Segundo: había sangre por todas partes, había caras de gentes con los ojos bien abiertos sin poder explicarse cómo era que aún estaba vivo, había partes de mi cuerpo en posiciones inverosímiles, como si todo yo fuera un saco desgarrado. Pero no sentía nada, era como si me hubieran desconectado los sentidos. No había zumbidos, ni cosquillas, ni dolor, ni nada. Aún no sé porqué pero casi inmediatamente me empeñé en tratar de averiguar adónde habría ido a parar la enchilada de papa que acababa de comprar. Eso era quizás lo más estúpido de todo, estaba yo ahí tirado, un despojo de carne y huesos, poco menos que un hálito de vida, y solo pensaba en la enchilada, la que acababa de comprar aún calientita, con la que incluso había soñado esa mañana antes de despertar, la que me sirvieron con un par de servilletas y una sonrisa. Ni una señal de ella, habría ido a parar a una alcantarilla, al hocico de un perro o a las manos de algún indigente.

Me sirvió de consuelo, tonto por lo demás pero consuelo al fin, el que la dependiente de la panadería de la esquina le gritara a sus compañeras con un terror muy honesto (la misma franqueza con la que reparte sonrisas, probablemente): "¡atropellaron al muchacho guapo!". 

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Como los pasillos de Kubrick


En las mañanas a veces me pasa que abro los ojos y vos estás durmiendo ahí, junto a mí, y te veo. Te veo bien, enterita, con tu cara de laguna plácida. Sí, te veo bien, pero no sé quién sos, no te reconozco. Elongada, misteriosa, profunda. Sos como esos pasillos de las películas de Kubrick que la cámara recorre lentamente mientras se va construyendo el suspenso o la angustia: Nunca se sabe qué hay al final.  A decir verdad, en momentos así nunca se sabe que hay ni al inicio, ni a la mitad del recorrido. Sos una extraña durmiendo junto a mí, a medio vestir, con el cabello alborotado y una curiosa semisonrisa dibujada en tus cejas arqueadas. Estás en mi cama –nuestra cama- y cambiás de posición para evitar el escrutinio del leve rayo de sol que sobrepasa la barrera de las cortinas, pero yo no entiendo tus movimientos ni conozco su raíz. Olvido todo: el color de tus ojos, el sonido de tu voz, el tono de tu risa. No recuerdo dónde nos conocimos y no entiendo qué hacés aquí, tan apropiada de este espacio, tan dueña de la mitad de este país llamado habitación.

No sé quién sos.

Trato de adivinar adónde llevan esos pliegues de piel que se forman cerca de tus rodillas, pero me desconcentra el poder de tu implacable anonimato.

Entonces cierro los ojos fuertemente por unos segundos, y cuando los abro de nuevo, ya sos vos otra vez. 

sábado, 24 de noviembre de 2012

El escrinauta


Tenía por política jamás escribir sobre lugares que aún no había conocido. Con el tiempo esta convicción lo convirtió, según lo dicho por él mismo a un reportero local, en un autor con “limitaciones tan grandes como el orbe”. Así que decidió tomar sus ahorros y emprender el viaje que siempre había soñado realizar alrededor del mundo, organizando cuidadosamente su itinerario: 

ESPAÑA - MADRID > India > Delhi > Kahurajo > Risikhes > Gudaipur > Nepal > Pokara > Pokara > Katmandhu > India > Benares > Jodhpur > Udaipur > Bombay > Aurangabad > Bombay > Playa de Arambol (Goa) > Pamjim (Old Goa) > Hampi > Playa de Kudle (Gokarna) > Fort Kochin > Kottayam > Alappuza > Quilon > Kanyakumary > Madurai > Trichy > Pondicherry > Mamallapuram > Chennai (Madras) > Tailandia > Bangkok > Myanmar-Birmania > Yangon > Mandalay > Bagan > Kalaw > Nyaungshwe > Bago > Yangon > Tailandia > Bangkok > Camboya > Siem Riep > Sihanoukville > Ponh Pen > Vietnam > Saigon > Hoi An > Hue > Hanoi > Halong Bay > Sapa > Laos > Oudomxay > Luang Prabang > Vientiane > Don Det > Taiwan > EEUU > Los Angeles > New York > México > México DF > Colima > Patzcuaro > Angahuan > San Cristóbal de las Casas > Palenque > Mérida > Chichen Itza > Cancún > Tulum > Chetumal > BelizeGuatemala > Ciudad de Guatemala > Antigua > Chichicastenalgo > Panajachel > Honduras > Copán > Tegucigalpa > Nicaragua > León > Granada > Ometepe > Costa Rica >Guanacaste > San José > Panamá > Ciudad de Panamá > Colombia > Capurgana > Cartagena de Indias > Venezuela > Caracas > Puerto Colombia > Ciudad Bolívar > Mérida > Colombia > Pamplona > Bogotá > La Tebaida (Armenia) > Popayan > Ecuador > Tulcan > Quito > Riobamba > Cuenca > Perú > Tumbes > Trujillo > Lima > Cuzco > Ollantaitambo > Machu Pichu > Cuzco > Arequipa > Lima > Puno > Bolivia > Copacabana > La Paz > Sucre > Potosí > Uyuni > Chile > San Pedro de Atacama > Argentina > Salta > Paraguay >Asunción > Encarnación >Argentina >Iguazú > Buenos Aires > Uruguay > Montevideo > Argentina > Córdoba > Mendoza > Chile > Valparaíso > Santiago de Chile > Argentina > Mendoza > Río Gallegos (Patagonia) > Calafate > Chile > Punta Arenas > Argentina > Ushuaia > Buenos Aires > ESPAÑA - MADRID.

Cuando al cabo de un año regresó a su apartamento, la otrora esplendorosa vista de la Gran Vía se le hizo insignificante. Ceremoniosamente tomó las cientos de hojas de papel escritas durante su vasto recorrido, y las arrojó por la ventana sin miramientos. Luego, se sentó frente a la computadora y comenzó a escribir su siguiente trabajo, una novela que marcaría su debut en la ciencia ficción. Aún no sabía, eso sí, qué titulo ponerle a la incipiente historia que había ideado: la de un escritor que decide aliarse con un temible piloto fugitivo para robar una nave espacial y emprender una aventura fantástica con miras a paliar sus limitaciones como autor, consideradas, por él mismo, tan grandes como el universo.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Apología del fútbol


Mi padre y el afro que yo nunca pude imitar.
Todas las historias de gloria de mi papá tienen que ver con fútbol. Para mí, de pequeño, era una verdadera delicia escucharle narrando las venturas y desventuras que le dejó su paso por el fútbol setentero de primera división con el equipo del Barrio México, su barrio querido que siempre lleva (rá) a cuestas. Le bautizaron "María" porque los conocedores le encontraban un gran parecido con José María Rodrigues Alves, Zé María, jugador brasileño que formó parte de la escuadra mítica brasileña que alzó la copa mundial en 1970. En aquel entonces no había contratos ventajosos para las jóvenes promesas y además, no existió nunca la asesoría de alguien con mayor claridad mental. Así dice siempre mi padre, como resintiendo en el fondo la ausencia de una figura parental de peso: fue criado por un puñado de mujeres (su madre y sus tías) que de fútbol no sabían nada. Así que, a su manera, mi papá fue un enfant terrible, una especie de George Best en chiquitico que, sin embargo, fue condenado a no ser recordado por nadie. Al menos así lo parecen sugerir sus otras historias, las de las andanzas con sus amigos de barrio, esos que presumen una colección de apodos inverosímiles, esos que lo acompañaron en cada bar, en cada disco, enfundados en camisetas pegadas al cuerpo y blandiendo sus apreciados zapatos de plataforma.

Obviamente él nunca se alejó del fútbol, porque lo mejenguero se lleva ya no digamos en la sangre si no en la testarudez de la cabeza. Así anduvo de allá para acá, combinando una serie de empleos informales con sus ganas de patear bola. En algunos de esos trances vivió experiencias dignas de rememorar, como por ejemplo el haber compartido camerino con Nel López, a quién le apodaban "la vanidosa" por su excesivo acicalamiento frente al espejo antes y despúes de los partidos. O también haber presenciado el ascenso del omnipresente Mauricio "Chunche" Montero, quien era banca en el equipo de segunda división de Ramonense. Un tal "Burro", titular en la posición de defensa central, solía esconderse en una quebrada cerca del cementerio de Palmares para emborracharse monstruosamente, hasta que un día, demasiado ebrio, cayó en las tranquilas aguas de la quebrada, de donde lo sacaron ya sin vida. El "Chunche" nunca más soltó la titularidad. 

Después vino la familia y con el obligado asentamiento, la irrefrenable necesidad de pasar la antorcha. Yo, como hijo mayor, fui bautizado con el nombre de mi progenitor, en ese ejercicio terrible de depositación en el que a menudo caen los padres de manera inconsciente. Este heredero, sin embargo, falló estrepitosamente, a pesar de las primeras idas al estadio en donde ese niño que era yo, vestido hasta las orejas de morado y blanco para ir a ver jugar al (glorioso) Deportivo Saprissa, se interesaba más en devorar unos jocotes excesivamente maduros que chorreaban la espalda del hombre pendenciero sentado una fila más abajo. Dice mi padre (yo no lo recuerdo) que casi se va a los golpes. Fracasó también este sucesor a pesar de los primeros tacos comprados para él, estrenados en un entrenamiento de prueba en el equipo de un tal "Pituca", formador de jóvenes futboleros en Cañas, Guanacaste. Dos cosas quedan por decir sobre esto: Uno, que ignoro si Pituca seguirá con vida. Dos, que no pasé la prueba. Ya a esas alturas mi papá, resignado, aceptaba mi rechazo a revolcarme con el balón y el comienzo de mi aventura desenfrenada con los libros. No existen en esta historia, eso sí, resquicios de daddy issues; si no que lo digan los amigos de mi papá (los de esa segunda etapa de su vida), que muchas noches tuvieron que escucharle presumir sobre su hijo mayor, elegido en 1990 como uno de los mejores estudiantes del país.

En Costa Rica todo mundo mejenguea
Además, a mí sí que me llegó a gustar el fútbol. Aún hoy se me pone la piel de gallina cuando veo los videos de la selección tica en Italia 90, partidos que por cierto vi desde mi casa gracias al asueto otorgado por el presidente Calderón en una medida más que populista. Aquel televisor en blanco y negro nos transmitía los goles de los jugadores (todos del Saprissa, dicho sea de paso) que hacían a mi papá pegar brincos (no miento) hasta el techo. De pequeño salía a la calle a celebrar en los desfiles improvisados que se armaban en el pueblo luego de cada campeonato ganado por el equipo saprissista. Me indigné profundamente con la primera y única expulsión (por lo demás injusta) de Evaristo Coronado. A pesar de mis limitaciones siempre he sido de ir a mejenguear (ahora quizás cada vez menos) aunque con más pena que gloria (punto para las deficiencias de mi motora gruesa). Salí a celebrar con miles de personas en la Fuente de la Hispanidad el pase de la selección al mundial de Corea-Japón 2002, luego de que derrotaramos a Estados Unidos con dos goles de Rolando Fonseca. Más tarde, esa noche, firmé la paz con los estadounidenses mientras me besuqueaba por las calles de San Pedro con Sarah, una gringa que me escribía poemas mal logrados.

Escribió Eduardo Galeano: "¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales". Yo sé por dónde anda la remilga de estos detractores del llamado "deporte rey", y debo decir que entiendo y comparto algunas de sus razones: la transmutación del deporte en un negocio multimillonario y corrupto, la rídicula deificación de los futbolistas y su posicionamiento como estrellas o pseudocelebridades (especialmente en Costa Rica esto llega a niveles patéticos), la alienación de las masas o la bien llamada "autoestima futbolística", ese fenómeno que puede convertir a casi un pueblo entero en una mole amnésica, una criatura incapaz de darse cuenta de que (oh, la ironía) se la están bailando. Con todo y olé.

Pero esas razones probablemente nada tengan que hacer al lado de una pasión que es tan grande como inexplicable, una fuerza descomunal que muchas veces se manifiesta, por ejemplo, en el coordinado y estruendoso "¡uuuuy! que acompaña las jugadas de peligro, esa energía arrolladora que ya se desearía el más pintado de los directores coreográficos. Esta especie de impulso vital que mantiene al fútbol más vivo que nunca alrededor del orbe.

Había dicho que de pequeño me encantaba escuchar las historias de mi papá, pero eso no es completamente cierto. Aún hoy me encanta sentarme a la mesa con él e inventarle caras a los personajes que fue conociendo en sus andanzas futboleras. La última que le escuché fue la del, medianamente famoso, "Chinimba" (que, ojo, tiene hasta entrada en wikipedia. En inglés). Este hombre creció, cuando niño, viendo con ojos de hermano a quien en realidad era su madre. Pero ya estamos en tiempo de reposición y este relato bien lo podemos dejar para el próximo cotejo.

lunes, 6 de agosto de 2012

El fin de las amarguras

De Chavela Vargas aprendí que si a uno un lugar le queda chiquitico es mejor largarse y no mirar atrás. Referencia lejana, en todo caso, nunca me gustó su música ni el sufrido desgarro al que ella le llamaba cantar, pero siempre admiré la manera en que, quizás con un profundo resentimiento (que siempre llevó atravesado en la garganta), renegó de la Costa Rica ingrata que no estuvo a la altura de una mujer adelantada que llegó a rozarse con Grace Kelly, Pablo Picasso, Frida Kahlo, Joaquín Sabina y Pedro Almodóvar. En este país de agachados, en el que damos largos rodeos para llegar a una idea concreta, en el que encontramos justificaciones para casi todo, en el que incentivamos la cultura del pobrecitico, en el que tiramos la piedra y escondemos la mano, en el que es básicamente imposible reconocer el buen esfuerzo de los demás; aquí, en Costa Rica, es más fácil odiar irracionalmente a Chavela Vargas que aceptar que toda la vida nos dijo la verdad en la cara. Yo le llamo el "Síndrome Yolanda Oreamuno", otra insigne mujer, una de las más importantes figuras de la literatura costarricense, otra víctima de lo que ella misma llamó "la mediocridad de la cuna". El desdén es una de nuestras palabras favoritas, y eso nos lo recordó Chavela mientras alcanzaba la grandeza que en ninguna medida estuvo relacionada con este país hipócritamente tropical.

Todo esto me recuerda un viejo chiste: Un hombre llega al infierno, y su guía le muestra los alrededores, que básicamente están conformados por varios calderos hirvientes. El guía le explica al hombre que, por cuestiones de organización, cada caldero representa una nacionalidad adonde van a parar todas las personas de acuerdo a su origen. Cada caldero está vigilado por un demonio, que impide que alguien escape de allí buscando evitar el martirio. Al hombre sin embargo le llama la atención uno de los calderos que está completamente desatendido, e interroga a su guía al respecto. Este le explica que aquel caldero es el de los costarricenses, y que habían descubierto que no había necesidad de poner vigilancia ya que cuando alguno de los martirizados estaba a punto de salir, alguno de sus compatriotas lo empujaba hacia abajo para intentar salir por su cuenta.

Venga un tequila para brindar a tu salud, Chavela, donde quiera que esté el caldero al que fuiste a parar. Ojalá que hayás encontrado, por fin, el fin de tus amarguras.


miércoles, 11 de enero de 2012

El caso del diamante robado

Sonriente la Lucero.
Recientemente me llegó la muy buena noticia de que mi primer libro había recibido su aprobación para ser publicado por una editorial nacional. Del libro ya comentaré más en su momento, pero la alegría que me provocó esta buena nueva me transportó a uno de los momentos más felices de mi vida, allá por mis ahora lejanos 13 años.

Yo había comenzado a escribir desde los 12, luego de tres años de lectura activa y voraz. Intenté emular la aventura de uno de esos populares libros de dungeons and dragons, un regalo despreocupado de una de mis tías. En estos libros uno como lector tiene cierto poder sobre el desenlace de la historia, ya que al final de algunos capítulos aparece una serie de opciones que marcan distintos caminos en el devenir del libro y de la aventura del héroe de turno. Ignoro adonde habrá ido a parar el cuadernillo en el que, por aquel entonces, garabateé mi primer intento de novela. En los siguientes meses escribí algunas historias menores, también perdidas, hasta que escogí una para enviarla, con gran ilusión, a la Revista Tambor, una publicación bimensual que acompañó parte de mi niñez y adolescencia, y a la que recuerdo con gran cariño. Poco más de un año transcurrió hasta que, un sábado por la mañana, llegó a mi casa el número 231 de la revista, con su flamante fotografía de Lucero en la portada y con mi cuento adentro de sus páginas. A causa de la contentera, los gritos y los brincos terminé despertando a toda mi familia. Y no era para menos: ¡Me había convertido en un autor publicado!

Muchos años han pasado, y muchas páginas más he escrito luego de este episodio. Una vez, estando en una biblioteca pública encontré un ejemplar de la revista en cuestión (el original mío se había perdido, tristemente). Confieso que no dude en robármela, descaradamente, de los estantes de la biblioteca. Todo sea por el bien de los buenos recuerdos ¿no?

Y hablando de eso, acá transcribo, integralmente, mi primer cuento publicado "El caso del diamante robado". Espero sepan perdonar los claros errores de escritor novel. Que lo disfruten.

...

EL CASO DEL DIAMANTE ROBADO.
José Luis Morales, 13 años.
Cañas, Guanacaste.

Soy un detective privado de la ciudad de Virginia. De hecho, apenas gano para comer. Mi nombre es Sam y parece que todos los detectives se llaman así. Mi madre escogió el nombre muy bien.

Me encontraba un día como todos en mi oficina, mascando goma de mascar (o más bien un pedazo de papel, pues dinero no tenía). Pocos días antes, se había cometido un crimen que no había pasado desapercibido para ningún habitante de la ciudad: el robo del diamante Vermont, y los principales sospechosos eran Rany DeBone y su banda.


Estaba tan aburrido que salí de mi oficina, que ya se caía en pedazos, y me dirigí al bar de Carlitos (no puedo precisar la hora pues no tenía reloj).

Al entrar a aquel lugar, mi sorpresa no fue para menos: Allí se encontraban DeBone y su banda. DeBone parecía embriagado, ya que andaba de aquí para allá, bailaba, en fin, toda clase de locuras.

Antes de jugar a la botellas (la idea fue de DeBone) yo le noté en su mano izquierda un anillo, con el diamante Vermont sobre él. Antes de tratar de ser un héroe, preferí sentarme en un rincón y pedir un vaso de agua (no pregunten).

Cuando el maleante estaba a punto de besar a una linda muchacha, entraron a aquel bar varios policías, comandados por el comandante Robert Salinski. A mi ya me había caído mal de sólo verlo... Salinski se acercó a DeBone y le dijo firmemente: Está usted arrestado, tiene derecho a... bla... bla... bla. Fue despojado de sus armas, pero no le quitaron el anillo. Me levanté para avisar de aquel olvido pero, en el momento en que lo hacía, se apagaron las luces y casi dos minutos después se volvieron a encender. Volví la mirada hacia DeBone: ya no tenía ni el anillo ni el diamante. Rápidamente saqué mi pistola y pregunté al inculpado en el robo.

-¿Dime donde está el diamante?

Se acercó y me dijo:

-Lo tiene Salinski -dijo, señalándolo.

Este fue revisado y se le encontró el anillo, pero no el diamante. Al llevarse al policía corrupto, este gritaba:

-¡Traidor, traidor, me las vas a pagar!

DeBone fue encontrando las monedas que se le habían caído, en una búsqueda que realizó después del embrollo. Al salir de aquel lugar, noté algo que debí haber visto antes, DeBone cojeaba. ¿Por qué lo hacía? Poco antes de apagarse las luces no lo hacía. También noté que llevaba el pie izquierdo un poco levantado. Sin más ni más, me lancé hacia él y le quité el zapato: ¡ahí estaba el diamante! Sostuve a DeBone lo más fuerte que pude hasta que llegaron los policías. Lo mejor fue que los dos de la banda ya habían escapado, si no... El bandido fue llevado a la cárcel. Salinski fue juzgado y encontrado culpable de corrupción y complicidad en el crimen, y ambos cumplirán una gran condena en prisión.

Al parecer, Salinski fue partícipe del robo y, al darse cuenta que la policía había ideado un plan para detener a Debone, esto no le servía al ex-comandante, así que simuló haber arrestado a DeBone, para que este pudiera irse libre, pero cierto persona impidió que sucediera...

En cuánto a mí, cobré la recompensa, compré reloj, goma de mascar, arreglé la oficina, la convertí en casa y me retiré del negocio. Pero el detectivismo aún está en mí, y quién sabe, tal vez algún día vuelva a las andadas.




martes, 22 de noviembre de 2011

La fila del concierto

Pocos ambientes son tan pintorescos como la fila para un concierto. Perdón, voy a reformular: Pocos ambientes son tan pintorescos como la fila para un concierto en Costa Rica. Si alguna vez aflora aquel sempiterno estado del puravidismo es definitivamente en esas horas previas en las que se aguarda pacientemente frente al recinto que albergará el recital. Poco importa el género musical o la hora de la actividad, siempre queda espacio para un poco de camaradería, vacilón y chota muy al estilo made in tiquicia.

La última experiencia masiva que dejó esto muy en claro aconteció el pasado 20 de noviembre, cuando llegó el día del tan esperado concierto de Pearl Jam en suelo costarricense. En las inmediaciones del Estadio Nacional nos congregamos miles de personas dispuestos a disputar un campo privilegiado en el área de gramilla (mal llamada VIP). Dado que fue un domingo, la fila ya alcanza unos 500 metros cuando yo llego. Tengo que hacer un gran recorrido para poder encontrar a mi amigo Beto, que ha llegado antes, y conforme avanzo desfila ante mí un variopinto menú de personalidades. Los fans de hueso colorado con sus camisetas simbólicas, los que apenas conocen 2 o 3 canciones y que llevan camisetas de producción masiva, las chicas en tacones que parecen no pertenecer al ambiente, algunos grupos provenientes de otros países, los infaltables revendedores y su espíritu de buitres al acecho, los recolectores de latas de alumnio, los vendedores de capas de procedencia china y materiales de calidad dudosa, y bueno, los vendedores de casi cualquier cosa: chicles, confites, chocolates, patí, cigarros, cervezas y hasta... pachas de guaro. En efecto, un señor cincuentón pasa por la fila como quien no quiere la cosa, con un sospechoso bulto al hombro. De él saca, una vez lejos de las miradas de las autoridades, algunas cuartas de ron y guaro que anuncia en un precio (no podía ser de otra forma) inflado. Precio que al fin y al cabo a las gargantas sedientas de alcohol no parece importarles mucho. Sucede lo mismo con las cervezas y los cigarros, cotizadísimos artículos que incluso en algunos momentos llegan a estar escasos. Lo curioso con esto, por otro lado, es que los precios se prestan para la especulación. Ni las mismísimas bolsas de valores tienen tanto vaivén como sucede con el costo de las cosas durante las horas previas al concierto. Cerca de la hora del almuerzo la comida tiene un costo gourmet, cuando llueve las capas chinas aumentan mágicamente de precio y dejan de estar en 2x1, y ni qué decir de las entradas en reventa para el chivo; están más cercanas a la estratosfera que a los bolsillos de cualquier pobre mortal. Sin embargo cuando ha pasado la lluvia las capas se ofrecen en ofertas ridículas, cuando abren las puertas y la fila avanza la comida casi que se regala, y cuando ya ha empezado el concierto las entradas (a veces) se pueden conseguir hasta en un 50% menos del costo original.

Pero bueno, la gente lidia con todo esto con un humor increíble. La camaradería se hace presente y es fácil ver a dos desconocidos haciendo banca para comprar unas capas a medias. Algunos se inmiscuyen en la conversación de quien tienen a la par sin pedir ningún tipo de permiso (sí, Johnny, estoy hablando de vos, cuarentón simpático), sobre todo cuando el tema tiene alguna relación con la banda que estamos a pocos horas de ver en vivo. Poco a poco los grupos de extraños departiendo va creciendo hasta el punto en que las risas y las bromas se hacen notorias. Algunas personas son blanco fácil, como por ejemplo el señor que vende capas y augura todavía 3 aguaceros más, o los grupos de féminas que tienen la desgracia de pasar frente a los grupúsculos de machos. Debe ser el comportamiento de manada, o quizás la necesidad de alivianar las horas de tensión y de cansancio que ha provocado la larga fila. Nadie ejemplifica esto mejor que Víctor, un joven de Aserrí que hace fila desde temprano junto a su hermano. Llevan una bolsa con comida (hamburguesas), cervezas y una pacha de guaro. Están de buen humor y pronto se hacen amigos nuestros y de un grupo de panameños que viajaron para el concierto. Su caso no sería nada extraño excepto por el hecho de que a Víctor no le corresponde hacer fila allí, pues compró una de las localidades más baratas, y numerada. O sea que si quisiera podría llegar al estadio a las 9 de la noche sin pasar por ninguna incomodidad. Pero dice que a él no le importa, ya que "la gente pichuda está aquí", y aunque la plata no le alcanzó para la entrada más cara, jamás se perdería el ambiente previo. ¿Estaría hablando en serio? Contó la anécdota de otro concierto en donde hizo exactamente lo mismo, así que por lo menos despierta el beneficio de la duda. Ya han abierto las puertas y la fila se mueve, y Víctor queda atrás pues sigue congeniando con otra gente de la fila a quienes en su vida ha visto. Me hubiera gustado saber qué pasaba con él y su hermano, pero una vez que hemos cruzado el primer puesto de seguridad solo pensamos en correr para, luego de haber evacuado la vejiga, conseguir el mejor lugar posible frente al escenario. Pero eso, eso ya es otra historia.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Costa Rica, el recuento de los indignados.

Habría sido un viernes cualquiera de no ser por la visible acumulación de "onces" en el calendario. En parte gracias a la afición que tenemos los humanos a tales casualidades, y en parte por el creciente movimiento que protesta por el manejo político y financiero del mundo, se organizó por todo el orbe una serie de manifestaciones de los así llamados "indignados". El movimiento del 11-11-11 llegó también a Costa Rica, cuando básicamente a través de las redes sociales se lanzó el llamado a unirse a la causa y protestar a nivel local por un sin número de puntos que poco a poco van engrosando la lista del que, de existir, se llamaría "el manifiesto de la desfachatez política". Razones para indignarse sobran, y alcanzan para esta vida y otra más quizás. Bastaría por hacer un repaso tan solo de las noticias de las últimas semanas: El Seguro Social totalmente saqueado y en peligro, Un diputado con un récord criminal insólito, un sistema político-partidario-electoral totalmente infestado de corrupción impune, un poder judicial infiltrado y poco confiable, la incapacidad e ineficiencia en la administración pública y, finalmente, la confabulación e imposición de un plan fiscal que a todas luces le dará el coup de grâce a la clase trabajadora del país.

Estuve ahí a las 10 de la mañana, hora en la que se convocó a la gente con deseos de manifestarse. De entrada, una señora con acento español me da un papelito y me informa sobre la concentración. Ya ven, ya no nos basta con los frijoles, la papá y el ajo. Ahora también importamos indignados. Justo en ese momento alcanzo a ver también a tres estadounidenses de avanzada edad, plenamente identificados con pancartas. Según lo que puedo captar de su conversación, andan buscando algo qué comer, y no dudan en entrar al McDonalds que está ahí, cerquita. Una curiosa manera de protestar contra la voracidad de las corporaciones multinacionales.

Me acerco un poco al punto de reunión y, la verdad, veo muy poca gente. En algún momento incluso parece haber más personas arremolinadas frente al puesto improvisado del vendedor de películas piratas (y es que, siendo justos, el tipo las da probadas y todo). Ticos al fin y al cabo, tarde y a cuenta gotas van llegando más manifestantes. En su punto máximo de concentración (por ahí de las 10.30am) esto no alcanza, sin embargo, para tomar la Plaza de la Cultura, una de las consignas principales de la convocatoria inicial. Hay que reconocer, eso sí, que quienes están ahí lo hacen con pasión: llevan pancartas, gritan consignas, se disfrazan, pintan, se toman de las manos, se abrazan, hacen rituales, y sí, se indignan. Pero ¿es que acaso esto es suficiente?

En primer lugar habría que cuestionar la estrategia. Está muy bien dar el paso y querer trascender el facebook (donde es muy cómodo compartir un video o una noticia) pero ¿hacer la manifestación un día laboral en horas de la mañana? De sobra queda decir que el grueso de los presentes lo conformaban estudiantes, pensionados y quienes, por su trabajo (¿ONG's? ¿fotógrafos?), podían estar allí. Personalmente quiero creer que había mucha, muchísima gente que hubiera querido llegar, y no pudo. Tal vez en lugar de tener a un puñado de ciudadanos se pudo tener a miles, provocando un verdadero impacto en la opinión pública. Esto, por supuesto, me lleva a otra cosa. Una buena movilización debería estar acompañada de propuestas concretas para cambiar la situación política. Ciertamente se leyó en algún momento el "Primer Manifiesto Indignados Costa Rica", que en el fondo parece ser una interesante lista de demandas carente de una propuesta metodológica. Algo así como el "qué queremos" sin incluir el "cómo lo vamos a hacer". Hasta el momento, me da la impresión que este movimiento es apenas una convergencia de esfuerzos aislados y pasionales sin un norte claro.

Yo esperaría, por supuesto, que esto cambie. Que más gente salga de su embobamiento masivo y y despierte a la realidad. Que se den cuenta que el país está en manos de esos que ellos mismos pusieron en el poder con sus votos, y que los han defraudado al gobernar únicamente para sus intereses mercantilistas (desde hace ya muchos años). Que reaccionen con verdadero enojo ante la posibilidad de no tener una vejez digna o ante el implacable avance de la pobreza y el desempleo. Y que una vez que exista una fuerza apabullante que tome las calles con presencia abrumadora, surjan quienes aglutinen las distintas propuestas y les den un rumbo objetivo y realizable. Al fin y al cabo, el enojo definitivamente está en la calle. Solo falta canalizarlo un poco.

martes, 1 de marzo de 2011

Tu nombre me sabe a yerba (de La Sabana)

Hacía varios años que esperaba este encuentro con vos. Quizás desde mis 8 o 9 años cuando escuchaba a mi padre cantar tus canciones con arrebatada inspiración, y aún con más fuerza desde que él mismo me contó cómo había conquistado a mi madre poniendo a todo volumen aquella hermosa canción tuya, la mujer que yo quiero, para que todo el barrio la oyera, pero en especial aquella flaca adolescente que poco tiempo después me llevaría en su vientre. Ya el amor de mis padres murió pero yo aún sigo recordando la historia y amando la canción que, cosas de la vida, al final no cantaste esta noche.

¿Sabés qué? Te perdono eso. Y te perdono también tu amistad con Oscar Arias, qué demonios. Al fin y al cabo para vos es otro intelectual de primer mundo, un premio nobel. Ignorás seguramente que el tipo se ha convertido en un megalómano neoliberal, y que por culpa de él y otros como él que han accedido al poder en los últimos años acá en Costa Rica se nos ha llenado de pobres el recibidor. Y perdoná que te lo mencione ahora, pero es que entre esos tipos y yo hay algo personal.

Comenzás a cantar para la libertad, y para nosotros, muchedumbre agolpada y maravillada con tu magistral talento que no merma a pesar del (evidente) paso de los años. Aún tenés esa tendencia a ser un soñador de pelo largo pero hay un gran agujero en tu cabeza, ahí donde alguna vez hubo una cabellera generosa. Así es el tiempo de cruel. Pero seguís derrochando esa energía bohemia, y nos invitás a olvidarnos de que el día siguiente es lunes. Al fin y al cabo, como vos decís, mañana es solo un adverbio de tiempo.

Tenés un carisma magnético, y hablás de manera elocuente y sincera. Te dirigís a una multitud de más de quince mil personas y aún así tus historias se sienten como un ejercicio de intimidad fraternal. Nos tenés en el bolsillo. Y luego comenzás a cantar de nuevo y terminás de ganarte mis buenas vibras por que me dejás cantarle a mi novia al oído que no hago otra cosa que pensar en ella y que menos su vientre todo es confuso.

Aún después de más de 30 años de carrera seguís dejando testimonio de tu orgullo por nacer en el mediterráneo, aunque esa canción ya dejó de ser tuya hace mucho y ahora es de todos aquellos que, como vos, derrochan amor por la tierra que les vio venir al mundo. Quizás por eso ya casi no la cantás, dejás que sea esta multitud en éxtasis la que recorra las líneas de la hermosa letra, vos solo te unís en los coros y también para poner fin a la explosión que significa aquella interpretación. Te despedís pero el público no va a permitir que te vayás así sin más, y no una si no tres veces regresás al escenario aclamado por el gentío. Todos te gritan sugerencias de canciones, pero es imposible complacerlos cuando tu repertorio ronda ya los 600 temas, y claro algunas se quedan fuera, qué le vamos a hacer, son aquellas pequeñas cosas.

“Déjenlo todo” – decís – “Háganse artistas. Ya verán… ¡ya verán el hambre que pasarán! Pero después es grandioso” – agregás. Y justo en este momento de mi vida siento esas tus palabras como mías: Se hace camino al andar, categórica sentencia sacada de un poema que una vez hiciste canción, brindándole el don de la inmortalidad.

Luego se acabó la fiesta y ya no salís más. En un reflejo de resignación la gente comienza a despejar el área del concierto. Vamos todos embriagados de tu música y tal vez con un poco de enfado por que el recital no duró toda la noche y vos, probablemente para irte a vagabundear por ahí, nos despachaste a casa poco antes de que dieran las 10.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

El teatro independiente popular y la invención de la identidad nacional

Cada 11 de abril en el país se conmemora la Batalla de Rivas y en especial se celebra el día del héroe nacional, Juan Santamaría. La televisión, la radio y los periódicos nos recuerdan ese día elaborando grandes artículos sobre la gesta heroica del denominado “morocho”. Es un día de asueto y las escuelas realizan grandes “actos cívicos” para no dejar pasar esta fecha. Algunos días antes, los niños y las niñas han repasado los pormenores de la famosa batalla en sus libros de texto y han aprendido el gran valor del sacrificio por la patria. Es muy común que por lo general en estos actos cívicos sean representados pequeñas obras teatrales reviviendo ese capítulo de la historia nacional. Las obras no podrían ser diferentes: el niño más moreno es elegido para el papel de Juan Santamaría, y otros a su alrededor se encargan de representar a los compañeros del héroe y a los terribles filibusteros. El pequeño actor corre con la tea en la mano hacia la Casona, recibe varios disparos y por fin logra llegar a su objetivo; la casona arde en llamas y los filibusteros huyen despavoridos, siendo presas de las balas del ejército tico. Juan muere en el lugar, pero lo hace siendo el héroe que salvó a Costa Rica de la humillación y el sometimiento.

En el ejemplo anterior están delimitadas algunas de las características de la idiosincrasia tica. Pero además se ve cómo a ese manejo se le agrega un elemento eficaz de control ideológico: la representación teatral. Pues ¿qué mejor manera de hacer sentir a ese niño moreno el amor por la patria que ponerlo en los mismos zapatos de Juan Santamaría? ¿Qué mejor forma de enseñarle al público (y especialmente a los niños y a las niñas) los valores cívicos que como costarricenses debemos poseer?

En efecto, el teatro, como bien lo define Agusto Boal, está muchas veces al servicio de los intereses de una clase dominante que intenta establecer una ideología oficial, la cual ha de ser aceptada por quienes habitan el país. Es en muchas ocasiones, como los libros de texto en las escuelas, un mecanismo moldeador de pensamiento.

¿Pero acaso no existe una escena independiente – popular en el país? La respuesta a la pregunta es afirmativa, aunque no del todo consolidada o al menos no fuerte dentro del repertorio de la cartelera nacional. No deja de ser cierto, por ejemplo, que obras de corte chabacano y ligero, atraen más público por fin de semana que otras en donde se intenta hacer un análisis crítico de la sociedad y de los conflictos humanos.

El teatro independiente nace para oponerse a la “interpretación oficial de la cultura teatral” (Thenon, 1996. Pág. 143). Y por esto, afirma el autor recién citado, es perseguido y acosado por la estructura gubernamental. Muchas veces esa persecución es algo solapada, como por ejemplo lo que se hace al no darle a este movimiento los recursos necesarios para subsistir y poner en concreto sus puestas en escena. Esta situación obliga a muchos de estos grupos a desaparecer o ajustarse a las condiciones, sacrificando los contenidos de sus obras para poder comer.

Ya lo había dicho Boal: “las élites consideran que el teatro no debe ni puede ser popular” (1982. Pág. 15). De ahí la marcada marginación que este movimiento ha sufrido en una sociedad como la nuestra, en donde los procesos de lucha social no han sido tan marcados como en otras latitudes latinoamericanas, como en Argentina o Brasil. La imagen de Costa Rica que principalmente los políticos liberales empezaron a crear a finales del siglo XIX y comienzos del XX es “una construcción cultural que se resiste a desaparecer” (Molina, 2003. Pág. 2). Entonces, y dado que, siguiendo a Thenon, el teatro independiente es una implicación social, quizá la configuración que posee la sociedad costarricense ha terminado por hundir al movimiento del teatro independiente – popular en la marginalidad de la escena tica.

En el contexto nacional, la experiencia de los movimientos de teatro independiente popular también va en ese sentido. Así por ejemplo, vemos el caso de la experiencia de la Asociación Cultural Giratablas, la cual fue en sus inicios un teatro con características populares y que ahora se ha convertido en promotor de actividades teatrales de este tipo: “Giratablas se ha motivado en la idea de que el artista también es parte de una red de interacciones sociales, que reelabora lo que percibe y siente, procesando su imaginación creadora con los impulsos sensibles que se entorno social le genera” (Protti, 2004. Págs. 3- 4). Entonces cabe la pregunta: Si el teatro independiente – popular es dependiente a su vez del entorno social que lo cobija ¿será la sociedad costarricense incapaz de generar la motivación suficiente para que un teatro con las características del independiente – popular se desarrolle? De acuerdo a la experiencia del Teatro Giratablas, el entorno social costarricense no genera entonces los suficientes estímulos para que se desarrolle y consolide un movimiento teatral independiente e identificado con una perspectiva popular. Revertir esa situación en el contexto de nuestra sociedad es quizá una tarea enorme, por cuanto existe un fuerte y arraigado ideal del “tico” en la conciencia de casi todas las personas costarricenses (una imagen que además se exporta fuera de nuestras fronteras). Si se sigue a Boal y concordamos en que el teatro popular promueve la desalienación, la lucha contra la explotación y la lucha de clases, entre otras cosas, se entiende entonces el por qué este movimiento teatral representa una amenaza para el statu quo que ha sido establecido a lo largo de la historia costarricense por la elite política del país, comenzando desde el proyecto liberal del siglo XIX y terminando con las políticas neoliberales de los gobiernos de la actualidad, y el por qué de su carácter marginado en la sociedad costarricense.

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Bibliografía:

Boal, Augusto. (1982) Técnicas Latinoamericanas de teatro popular. México. Editorial Nueva Imagen.

Molina, Ivan. (2003) Identidad nacional y cambio cultural en Costa Rica durante la segunda mitad del siglo XX. San José. Editorial de la Universidad de Costa Rica.

Protti, Giancarlo. (2004). La Asociación Cultural Giratablas a sus 11 años. En: Espacios. No. 9.

Thenon, Luis. (1996) La memoria y el olvido. Del teatro de la colonia al movimiento del teatro independiente. 1610 -1950. San José. Impresora Obando.