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martes, 14 de diciembre de 2021

ClubdeLibros presenta “No necesitamos los subtítulos”.


Siete historias con un universo de personajes cuyos mundos se ven afectados por el encuentro con la otra persona, la emoción, la geografía, la familia, lo socio-económico y hasta el espectro de la diversidad sexual humana. Esto es lo que se puede encontrar en
“No necesitamos los subtítulos”, el nuevo libro del escritor costarricense José Morales González, editado por ClubdeLibros. Anteriormente, Morales González había publicado “Esdrújula es una palabra esdrújula” bajo el sello de la EUNED. El autor también resultó finalista del premio Joven Creación de la Editorial Costa Rica en el año 2012.



El rango de historias es variado: en La Habana, durante una gira de su grupo de teatro, Abigail enfrenta un dilema pasional cuando conoce a Guillaume, un agregado cultural que exuda pasión por la isla; enclaustrado en un hospital (y en el tedio) Juan acepta a regañadientes el interés “científico” por Paulo, su compañero de cuarto; Vielka debe sopesar qué le molesta más, si el hambre o los intentos de su “Vladi” por dejarla; En Montréal, Manon, quien está convencida de ser un personaje de algún sitcom gringo, presiona para conocer la verdad sobre su pareja, Mo, lo cual le traerá consecuencias insospechadas; Larissa se aferra al recuerdo de su ex pareja, Ana Sofía, y de un cuaderno artesanal de cocina a través de Anselmo, el menos probable de los intermediarios; Marta planea dar un curso introductorio sobre The Beatles, aunque sus amigas desconfían de sus verdaderos motivos; y en el cuento que da título al conjunto, el protagonista (quien se autodenomina un gourmet de las particularidades humanas) descubre en Ella una extraña amistad que le hace bajar sus escudos, a pesar de la resistencia de su abuelo y guardián. 

“Me tuvo en suspenso (uno casi cinematográfico) durante varios minutos. Y emocionalmente, algo devastada. He reído también” comentó la escritora ecuatoriana, Leira Araújo. Por su parte, Adriana Togneri, actriz argentina, relató que, en su opinión “el amor, la decepción, el pesar, la alegría, la vida y la muerte se entrelazan en estos personajes frescos que parecen flotar para hacernos estremecer”.

En Costa Rica el libro ya se puede conseguir en la Librería Francesa en San José, la Librería Andante y la Librería UCR en San Pedro de Montes de Oca y La Escalera Ilustrada en Grecia.

En Berlín, Alemania, el libro está disponible en la Librería Andenbuch, mientras que en España está disponible para consulta en la Biblioteca de Filología de la Universidad de Salamanca, y para la venta en Madrid, en la Librería Los Pequeños Seres.


domingo, 22 de octubre de 2017

Como el título de una película de Isabel Coixet

La verdad es que a mí siempre me encantó escucharte hablar. No, no. No estoy siendo zalamero, lo digo en serio. Siempre has tenido una extraña facilidad para decir las cosas de una manera... ¿Cómo te lo pongo? A ver: no te complicás con florituras y, sin embargo, al mismo tiempo, las cosas te salen hermosas, concretas, como con desenfado. Sí, ya sé lo que estás pensando. Exactamente todo lo contrario a mí, que me meto en estos enredos, que me pongo a dar estas vueltas en círculo para decirte algo que debería ser simple. Y bueno, tal vez esto no lo sabías, pero siempre te he envidiado por eso. Yo creo que es el mismo tipo de envidia que siento cuando veo las pelis de Isabel Coixet.  

Sí, ya sé que la última vez te quedaste dormida, pero ese no es el punto. Mi envidia tiene que ver con los títulos de sus trabajos. Por tu cara veo que ya sabés por dónde voy con esto. Y sí, estás en lo correcto. Vos sabés cómo me cuesta a mí ponerle título a los remedos de guiones que escribo. Me salen unas cosas horrendas, ambiguas, rebuscadas. En cambio a doña Isabel no, a la Coixet le ves cosas como "Mapa de los sonidos de Tokio" o "La vida secreta de las palabras" o qué tal esta maravilla de sus primeros trabajos: "Demasiado viejo para morir joven". 

Así que, insisto, aunque les envidio (a vos y a la Coixet) siempre me ha encantado escucharte hablar, incluso cuando me decis cosas como la de anoche. Hermosa, concreta, como con desenfado: 

"Siento que falta poco para que alcancemos nuestro punto de no retorno".  

martes, 6 de diciembre de 2016

No se huye de Montréal en primavera (fragmento)

(...) En fin, no era ese hombre imponente que Manon conoció durante la exposición de la World Press Photo en Marché Bonsecours, cuando una lluvia diferente a la de ahora, una lluvia pesada de otoño les había empapado los pies a todos. Los salones de la galería estaban repletos pero Manon los recorrió alegremente dos veces, leyendo (a veces en inglés, a veces en francés)  las descripciones que acompañaban cada fotografía. Era sábado y a pesar del clima, mucha gente se paseaba por la galería sosteniendo sus paraguas a medio cerrar. A ella sin embargo le llamó la atención el tipo que, durante todo el rato, no se había movido de en frente del cuadro de los niños albinos ciegos en India. Lo había notado al entrar y también justo ahora que pensaba regresar a casa. Ante la puerta de salida, Manon miró afuera para constatar que la lluvia seguía bañando  Vieux Port, y entonces decidió quedarse. No se había percatado pero el cuadro y aquel hombre habían formado una especie de escena recortada del resto de la galería. La luz delicadamente colocada para iluminar la fotografía le bañaba a él un poco también, creando una extraña composición alimentada por los contrastes entre los chicos albinos de la foto y la tez oscura del hombre que les contemplaba en aparente concentración total. Se colocó junto a él rompiendo un poco la armonía de la configuración escénica, pero al mismo tiempo creando una nueva paleta de matices y colores de piel. La foto era perturbadoramente hermosa, a decir verdad. Los cinco personajes distribuidos en la habitación y frente al lente de la cámara posaban con sus camisas escolares rosadas y sus pieles blanquísimas, sus cabellos blanquísimos también a excepción del que ocupaba el centro del conjunto, pelirrojo-fuego, expresión casi indiferente en su rostro, cabeza ligeramente volteada a la izquierda (su izquierda). Los más altos atrás asemejaban centinelas de algún cortejo real, los dos en el centro ¿acaso miraban a la cámara con expresión vacía? Casi se podía adivinar la personalidad de cada uno a través de sus posiciones corporales, de la posición de sus manos, de la forma en que entrecerraban la boca. Las paredes despintadas atrás y las que parecían ser camas le daban el toque terrenal a lo que contrariamente podría haber sido un espectáculo paranormal. Manon volteó la cara ligeramente y pudo ver que el hombre estaba sumamente conmovido, casi hasta el punto del llanto. Y entonces sucedió. 

Manon soltó una carcajada. 

Sí, una carcajada. Una que intentó atajar a medio camino con la mano libre, consciente de que aquello estaba fuera de lugar, consiguiendo únicamente empeorar el asunto pues la palma de su mano formó un ángulo que sirvió de acústica para su risotada ahogada. La aberración sonora tronó por toda la galería haciendo que la gente se volteara, algunos con sorpresa, otros con indignación. De estos últimos Mo fue principal partidario, claro receptor de lo que en aquel momento interpretó como un gesto de sorna de parte de una chica insensible e inmadura. Manon seguía tapándose la boca ahora con las dos manos (había soltado el bolso y la sombrilla), tenía los ojos grandes con un gesto que era a medias un intento de disculpa y una búsqueda de explicaciones. No entendía por qué algo que le había conmovido tanto le había provocado una reacción tan despreciable. El ofendido ensayó una retirada digna, casi militar en la forma de dar los pasos, y se dirigió a la puerta de entrada/salida en dónde la lluvia se anunciaba con un ruidito necio y poroso. (...) 

martes, 9 de febrero de 2016

El alcalde y el obelisco

Ambos sabían que a partir de este momento no habría retroceso. Él le mordisqueaba suavemente los muslos, pícaramente, detenido en aquella acción como si toda ella completamente desnuda, con su sexo ahí tan cerca, vivo y dispuesto no fuera suficiente tentación. Sonaba B.B King de fondo, there must be a better world somewhere, cantaba el ahora difunto como súplica. Y ella se lo quería hacer saber a él, decirle con su cuerpo que sí que lo había, que estaba ahí, entre sus piernas, una trampa húmeda y carnosa. De vez en cuando levantaba ligeramente las caderas, una brevísima insinuación: un juego al fin y al cabo. Él lo entendía perfectamente, y sonreía entre mordisco y mordisco, mirándola fijamente con un mensaje claro: no sabés lo que te espera. Ninguno tenía prisa.

***

 Aquel día todos parecían ir tarde y el fastidio era un manto desgarrado cubriendo la ciudad. Todo, absolutamente todo producía repulsión o asco. Encima el autobús iba repleto y ella sintió que vomitaba, quería dejar salir todo a esa hora de la mañana, vaciar las entrañas, arruinarle el día a alguien. No le importaba, porque acababa de descubrir que había olvidado los audífonos en casa. Tenía ganas de arrancarse una uña, algo ya de por sí nuevo en su catálogo de impulsos. La conversación del asiento de enfrente no llamó su atención de inmediato, sino hasta que pudo leer en una de las personas un desgano que supo identificar, que le pareció íntimo y familiar. Era la primera vez que lo veía a él, o mejor dicho a su perfil de hombre anónimo, esa cara que es mil rostros y ninguno a la vez. Hizo un esfuerzo por escucharle, algo que su interlocutor parecía haber abandonado desde hacía mucho rato.

- Y es que - decía él - yo no entiendo cómo alguien puede ser tan descarado. Imagináte - siguió sin esperar validación - irse de gira a Europa con su esposa y demás comitiva a "evaluar" diseños de obeliscos (¡como si necesitáramos semejante cosa en esta ciudad!) para después regresar y decir con toda la desfachatez del mundo que "no es un proyecto viable" Lo que no es viable - remató-  es que ese sinvergüenza ahora quiera reelegirse ¡Jodás! 

Sin entender por qué, ella se bajó del autobús en el mismo lugar que él lo hizo. Le siguió de cerca por unas dos cuadras y cuando reunió el valor le tocó el hombro. Él se volteó esperando la típica pregunta de quien busca desesperadamente una dirección. Ella suspiró.

- ¿Es  verdad lo del obelisco? 

***

Nadie maneja la técnica del vibrato como B.B King, y nadie maneja la lengua cómo él, maldita sea, pensaba ella mientras sentía que morirse justo en ese instante no solo estaría bien si no que además sería lo adecuado, despedirse con la sensación de que después de todo el mundo no puede ser una mierda cuando su cuerpo es capaz de emitir esos chispazos abrumadores. Y ahora viene su parte favorita, cuando él introduce un dedo, solo uno, suavemente, y le da vida, un ritmo que solo él conoce, que él se inventó para ella, que la lleva a ese mundo mejor que le prometieron, a la tierra de leche y miel y excesos y sudores y espasmos y contracciones y vibrato, oh sí, vibrato por siempre y para siempre. Vibrato con maestría, como nadie más lo sabe hacer.

Cuando todo se empieza a calmar, ella le mira entre agradecida y excitada. Le empuja de manera juguetona y se pone sobre él, acariciando su miembro. Es mi turno - le dice ella - y entonces él recuesta la cabeza y se dispone, pacientemente, a reclamar su recompensa.

En la radio el noticiero interrumpe la trasmisión para anunciar, de última hora, que según los resultados oficiales el alcalde de la capital acaba de quedar reelecto gracias al voto de una minoría que continúa sin conocer el hastío. 

domingo, 26 de abril de 2015

Enchilada de papa

Yo sabía que tenía que estar complemente roto por dentro porque no sentía absolutamente nada. En primer lugar, la embestida del camión fue brutal (ni el chofer me vio a mí ni yo lo vi venir a él). Segundo: había sangre por todas partes, había caras de gentes con los ojos bien abiertos sin poder explicarse cómo era que aún estaba vivo, había partes de mi cuerpo en posiciones inverosímiles, como si todo yo fuera un saco desgarrado. Pero no sentía nada, era como si me hubieran desconectado los sentidos. No había zumbidos, ni cosquillas, ni dolor, ni nada. Aún no sé porqué pero casi inmediatamente me empeñé en tratar de averiguar adónde habría ido a parar la enchilada de papa que acababa de comprar. Eso era quizás lo más estúpido de todo, estaba yo ahí tirado, un despojo de carne y huesos, poco menos que un hálito de vida, y solo pensaba en la enchilada, la que acababa de comprar aún calientita, con la que incluso había soñado esa mañana antes de despertar, la que me sirvieron con un par de servilletas y una sonrisa. Ni una señal de ella, habría ido a parar a una alcantarilla, al hocico de un perro o a las manos de algún indigente.

Me sirvió de consuelo, tonto por lo demás pero consuelo al fin, el que la dependiente de la panadería de la esquina le gritara a sus compañeras con un terror muy honesto (la misma franqueza con la que reparte sonrisas, probablemente): "¡atropellaron al muchacho guapo!". 

lunes, 17 de marzo de 2014

El periodo azul

Fue Angie la que terminó de convencerme de que el periodo azul de Picasso no tenía ninguna influencia en el título del album de 1953 "Blue Period" de Miles Davis. Supongo que mis amigos ya comenzaban a preocuparse por mi nivel de obsesión con el tema y le rogaron a la siempre sucinta y very british Angie que me diera un sacudón mental, cosa para la cual ella siempre encontraba las palabras exactas. Reconoció que la casualidad era muy grande, pero de inmediato remató con el argumento de que mi confusión se debía probablemente a la denominación anglosajona (blue period en ambos casos). Además, sin espacio para la consideración, me aseguró que inventar misterios o relaciones espurias entre dos grandes artistas no me iba a devolver a Jazmín. Le agradecí su laconismo y la acompañé a la puerta mientras le aseguraba que tenía razón, que dejaría el tema para siempre.

Yo nunca hablaba de Jazmín para no molestar a mis amigos y ese día me di cuenta de que en realidad eso era lo que los tenía inconformes, el que yo me sumergiera por largas horas en la internet o en las bibliotecas públicas sin buscar verdadero apoyo, el que dedicara mi vida a una infructuosa búsqueda que me alejaba de hablar de mis sentimientos. Cuando uno está inmerso en algo así uno sabe que está obrando mal pero aún así evita detenerse porque sabe que hay una inmensidad de tristeza a la cual hacer frente, como en "los pobres a orillas del mar", de Picasso. Los tres individuos tienen las caras agachadas, y atribulados evitan voltear a ver el océano. Alguna mierda así.

No sé, me llamarán terco pero yo sí aprecio la experiencia que esta búsqueda trajo consigo. De cierta forma fue mi retribución hacia Jazmín, que nunca dejaba de hablar de los "maestros", como si de veras los hubiera conocido, como si hubiera estado ahí durante la severa depresión de uno o la adicción a la heroína del otro. En fin, era una de sus tantas cosas a las que, lo sé ahora, no les di la importancia debida. No era mi intención buscar redención, sigo sin creer en esas cosas. Más bien intentaba yo reconstruir esa atmósfera que ella siempre quiso compartirme y que yo consideré superficial o incluso caprichosa, aunque evidentemente tomé los caminos equivocados.

O tal vez no.

Es cierto, nunca logré encontrar la relación directa entre una cosa y la otra, pero sí descubrí que se complementaban perfectamente. Por ejemplo no me cuesta nada imaginar a la "mujer melancólica" sentada ahí junto a esa ventana escuchando "Blue Room" una y otra vez sin cansarse, consumida por el azul envolvente y la melodía sinuosa. Así como a menudo le ocurría a Jazmín, o incluso a mí tiempo después de su partida. Recuerdo que durante mi frenética investigación escuchaba "Bluing" sin parar, hasta que un día descubrí que al final de la pieza (hay que prestar mucha atención) Art Blakey sigue tocando a pesar de que los demás se han detenido y se puede escuchar a Miles decir "You know that ending man, let's do it again" y la verdad no lo volvieron a hacer, el LP quedó grabado de esa forma, con ese maravilloso testimonio de la improvisación artística, sin segundas oportunidades. Entonces era fácil imaginar a  Pablo decirle al tal Casagemas, su amigo querido "¿sabes qué viejo? ¿Ese final, en el que te matas? Intentemoslo de nuevo, de otra forma", pero no sucede así porque no se puede cambiar el pasado y además el periodo azul nunca habría existido y Jazmín no habría encontrado excusas para quedarse por horas contemplando "la sopa" mientras esperaba que el efecto de la sobredosis de pastillas fuera más fuerte que las ganas de escuchar la trompeta de Miles hacer estragos sobre el tocadiscos.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Regina Spektor comiendo pollo frito en el bus.

No me jodan. Ustedes no saben lo que es estar muriéndose de hambre y llegar al final del día con tan solo mil colones en la bolsa, encima sabiendo que faltan unas dos horas para que el bus llegue a la casa. Eso es lo que tuve que haberles dicho; eso, levantarme, ir hacia sus asientos y decírselos. Pero no tuve fuerzas en ese momento: alguna pereza residual habrá sido. Aunque sí me les quedé viendo largo y tendido con algo de saña, par de mocosos pseudo-agrupados en sus pseudo-tribus urbanas. Desechos postmodernos de la falta de identidad, meros productos de la artificialidad de la internet. Se creen muy avant-garde con sus looks vintage, su musiquita indie, su apertura y su mentalidad progresista. Siempre me colman el salón de clase, se hunden en los pupitres y no sueltan el celular o la tablet (o ambos) viéndonos a todos los demás por encima del hombro, como en ese momento justamente en que se burlaban de la señora que hacía magia con la porción de pollo frito que había comprado en la parada. Cierto, aquello fue la multiplicación de las pechugas: Comía ella, su hijita de unos dos años y su otro hijo en esa edad que en las nuevas generaciones resulta tan molesta, esa que no es ni infancia ni adolescencia si no que es como algo robado, un agujero amargo, un árbol que cae en el bosque vacío. Pues eso, comían los tres a duros penas y sí, es cierto, gracias a las labores de repartición todo el bus olía a cocina descuidada de restaurante chino, y  sí, es cierto, yo también vi a la señora limpiarse la (excesiva) grasa del pollo con las cortinas del bus, y sí, también noté como el pre-adolescente masticaba ruidosamente con la boca abierta. Pero ¿y qué? ¿No es que son muy tolerantes, muy conscientes de la realidad social? Pero no, ahí estaba los dos mocosos, aspirantes a remedo de hispters, desperdicios de interacciones sinápticas, ahí estaban, burlándose de la pobre señora y de sus retoños. Ah, y encima ¡encima! los señores distinguidos venían escuchando música de su celular a todo volumen, algo que yo consideraba exclusivo de los descerebrados que se adscriben a esa basofia que llaman reggaetón. Regina Specktor. Eso sonaba (la conozco porque tengo una extraña fascinación con artistas de origen ruso que logran triunfar en el mercado norteamericano - es una larga historia). Ahora que lo pienso tal vez eso fue lo que me calmó un poco, la música. O el sueño. La música, el sueño, los resquicios de pereza. No sé.

Y luego pude haber cerrado los ojos inmediatamente pero en lugar de eso los dejé abiertos unos cuantos segundos más. Son de esos impulsos raros que tiene la vida, inexplicables para mí. Es una sútil traición de la voluntad, un desplante psíquico, una malacrianza sensorial. Llámese como se llame, pude presenciar cuando todo se salió de control: La señora del pollo estaba enfrascada con los últimos huesos. Fue tanto su afán por lograr una equidad en la repartición que al halar una parte de la otrora criatura viviente, un pedazo de la piel fue caer justo sobre el zapato izquierdo de uno de los muchachos. La piel era un derroche de grasa y resbaló lentamente, como una babosa cuando le tiran sal encima y decide arrastrarse para salvar su vida. La discusión arrancó de inmediato: el atacado con el misil grasiento estaba ofendidísimo y lanzaba improperios a la pobre señora, quien, enjuta, se debatía entre reírse o preocuparse por la reacción del muchacho. La niña estaba asustada y había dejado de comer. El pre-adolescente seguía masticando ruidosamente con la boca abierta, aunque más lentamente, con mirada calculadora. Mientras tanto la Spektor escuchaba voces en su cabeza y yo pensé en ella. La imaginé en un autobús allá en la lejana Moscú, no con nueve años apenas sin saber en qué rayos le afectaba la bendita perestroika, si no ya mayor, con sus treinta y tantos encima, y preocupada por no tener muchos rublos en la cartera, con el hambre rebotándole en los nervios, comiéndose una porción de pollo frito bajo la mirada estricta de los demás pasajeros, enjugando la grasa que le baja hasta los codos: Feliz. Así que me dio tanta rabia que me levanté y sí, lo hice, llegué hasta donde el tipo que se molestó por la interrupción de su desahogo, tomé con mis manos el trozo de piel de pollo y sí, se lo restregué en la cara como si estuviera borrando una respuesta incorrecta en un examen. Aquello fue la peor ofensa, el otro se me vino encima, la mayoría de los golpes mal calculados, zafarrancho total, escándalo. El olor a grasa reciclado más penetrante que nunca. Después lo que ustedes ya saben, el chofer (y luego la seguridad) me obligan a bajarme del bus, yo reclamo, que miren que es el último bus para el pueblo, que miren que yo me quedo tranquilo, que miren se estaba burlando de la señora, que miren ustedes son unos malparidos. Nada que hacer.

Logré que me vendieran la última porción de pollo que quedaba antes de que cerraran la parada.



jueves, 2 de mayo de 2013

Como la voz de la Bardot.



Te lo digo, todo mundo hablaba de sus bondades físicas. Que las piernas, que el culo de otro mundo, que las tetas sublimes. Un monumento de mujer, eso decían. Y bueno, yo lo sé porque mi papá siempre hablaba de ella, hasta el cansancio. A mí se me pegó la obsesión, no lo voy a negar. Cuando estaba chamaco mis compas del cole no entendían, ya sabés cómo cambia el ideal de belleza con el tiempo… En fin, me tiré todas sus películas gracias a la colección de papá. ¡Ja! Si supiera el viejo todo lo que influyó en mí para ser el cineasta frustrado dirige-comerciales-de-hamburguesas que soy ahora.

No sé si estaría orgulloso. Lo que sí sé es que todavía hablaríamos de la Bardot, y así como te lo digo a vos también se lo hubiera dicho a él: A mí lo que me encantaba era su voz. Sí, sí, esa voz, qué bárbara. Yo sé que no me creés, ni siquiera me lo tenés que decir, pero es muy cierto. Para mi ese era su mayor encanto. Por ejemplo, en “el desprecio” de Goddard, cuando llama a Paul – Paul, vien ici!- y el imbécil de Paul que iba, pero es que, decime vos, ¿quién se va a resistir a esos tonos como de flauta dulce? Ah, y después cuando a la tipa le dio por cantar ¡santísima! Como en aquella canción que no recuerdo el nombre pero que al final ella decía muy sugerente: plus fort, oh oui, plus fort!

Tu voz no es como la de la Bardot. Es más bien una convergencia de lo rasposo y lo chillón. Algo tenés de ella ¿sabés? El caminado grácil, los labios prominentes, la majestuosidad pretenciosa. Pero la voz, definitivamente no. Al principio no me importaba, pero con el tiempo me ha llegado a irritar mucho, especialmente cuando tenemos invitados y te da por hablar sin parar.

Y fue por eso que, anoche frente a todos, te mandé a callar.

lunes, 11 de febrero de 2013

Aroma de asesino*

*(Adelanto del libro "Esdrújula es una palabra esdrújula". EUNED, 2013).

Fue muy confuso y doloroso el episodio que marcó nuestro primer encuentro. No sé cómo e ignoro aún por qué él había llegado hasta ese refugio de cartón que nuestra madre había encontrado en medio de aquel charral abandonado. Ahí a duras penas ella nos alimentaba a mis dos hermanos y a mí con lo que podía conseguir. El muy salvaje nos había encontrado y reclamando un espacio que aseguraba como suyo, actuó con violencia extrema sin la más mínima consideración. Primero la emprendió a patadas contra mi madre. Tres golpes secos sobre su estómago fueron suficientes, la pobre estaba tan débil que no pudo soportar un ataque tan bestial: ahí quedó tendida sobre el suelo mientras mis hermanos cerca de ella lloriqueaban impotentes y yo, escondido tras una de las paredes de cartón, miraba aterrado la escena. Luego el homicida la emprendió a machetazos sobre los cuerpos de mis hermanos, que poco pudieron hacer. Quedaron derrotados en el suelo en medio de un baño de sangre. Con satisfacción en sus gestos el hombre se retiró, mientras yo en medio de mi desenfreno de horror fui incapaz de recordar su cara. Pero su olor, ese sí que se me quedó grabado. Era un olor penetrante, ácido, corrosivo. Era el olor del asesino.

 Fue difícil armarme de valor para salir de mi escondite y dejar aquella escena de espanto. A mi corta edad tuve que enfrentarme al asesinato de mi familia y luego a la cruda realidad de la calle. No sabía yo nada de esta, y eso me costó sufrimientos extremos durante los primeros años. Especialmente el hambre era algo horrible, inimaginable. Fue más el instinto que otra cosa el que me ayudó a descubrir que dentro de las bolsas de basura podía encontrar algo de comer. No siempre en buen estado, nunca de la mejor calidad, pero comida al fin y al cabo. Con el tiempo aprendí observando a otros también destinados a la calle el delicado arte de mendigar por alguna cosa medianamente comestible.

Después supe encontrar un nuevo refugio donde ponerme a salvo de los aguaceros y del frío de la noche. Regresando ahí uno de tantos días lo encontré por segunda vez. Su rostro aún lo veía borroso pero su olor sí que era inconfundible: penetrante, ácido, corrosivo. No cabía duda de que era él. Sentí tanta rabia, primero por todo lo que el malnacido había hecho y segundo porque el tiempo no había hecho justicia. En la ingenuidad de mis primeros años yo pensaba que alguien capaz de asesinar a sangre fría debía pagar en vida por su crimen. Pero no, ahí estaba el hombre que me había dejado sin familia, saludable, feliz, vivo aún. Todo dentro de mí vibró en un ataque de cólera repentino, y a pesar de saberme en desventaja por mi corta edad y mi tamaño quise perseguirlo y hacerle pagar, con la mala fortuna de que un automóvil me golpeó mientras atravesaba la calle. En medio de la confusión y este nuevo dolor lo perdí de vista. Se había alejado para continuar su vida vacía de arrepentimiento.
 
Desde aquel episodio renqueo y probablemente hace mucho habría muerto de no ser por el compañero que el destino me puso en el camino. Pasé varios días en mi refugio entregado al sufrimiento de los golpes por el atropello, hasta que quien se convertiría en mi socio de la calle se apareció, buscando también un lugar para guarecerse. En mi debilidad era incapaz de defender mi espacio así que se instaló mientras yo presentía lo peor. Pero no sucedió nada terrible, antes bien, cada día mi nuevo acompañante me llevaba algo de comer de lo que podía conseguir en las calles. Más que la comida, lo que me ayudó en la recuperación fue la fortaleza de aquel buen gesto. 

Comenzamos a patrullar juntos las calles en una sociedad que nos daba buenos resultados. Así pasaron los años hasta que fortalecidos por la edad y por el crecimiento de nuestros cuerpos decidimos ampliar nuestro radio de acción en busca de mejores condiciones y, sobre todo, más lugares donde conseguir comida.

Fue en una de estas expediciones cuando lo encontré por tercera y última vez.

No había cambiado mucho, no podía existir manera en que el muy desgraciado pudiera disfrazar su horripilante olor: penetrante, ácido, corrosivo. Exploté internamente de nuevo, pero esta vez la madurez me permitió actuar con mente calculadora. Evalué mi situación: ya había alcanzado un tamaño considerable así que la lucha sería pareja. No había muchos automóviles cerca puesto que era una calle poco transitada. Y sobre todo, el tipo estaba desprevenido, con la guardia baja. Justo como lo quería encontrar. Mi compañero intuyó la bronca y se retiró despacio, sin chistar. Esto no le concernía. Arrastró sus cuatro patas lo más lejos y lo más rápido posible.

Yo por mi parte emprendí la carrera y ni siquiera ladré para avisar de mi ataque. Salté lo más alto que pude y hundí mis colmillos gastados en su cuello, que se iba desangrando mientras la gente alrededor gritaba desesperada que se lo quiten, que le quiten a ese perro de encima, que lo está matando.

sábado, 24 de noviembre de 2012

El escrinauta


Tenía por política jamás escribir sobre lugares que aún no había conocido. Con el tiempo esta convicción lo convirtió, según lo dicho por él mismo a un reportero local, en un autor con “limitaciones tan grandes como el orbe”. Así que decidió tomar sus ahorros y emprender el viaje que siempre había soñado realizar alrededor del mundo, organizando cuidadosamente su itinerario: 

ESPAÑA - MADRID > India > Delhi > Kahurajo > Risikhes > Gudaipur > Nepal > Pokara > Pokara > Katmandhu > India > Benares > Jodhpur > Udaipur > Bombay > Aurangabad > Bombay > Playa de Arambol (Goa) > Pamjim (Old Goa) > Hampi > Playa de Kudle (Gokarna) > Fort Kochin > Kottayam > Alappuza > Quilon > Kanyakumary > Madurai > Trichy > Pondicherry > Mamallapuram > Chennai (Madras) > Tailandia > Bangkok > Myanmar-Birmania > Yangon > Mandalay > Bagan > Kalaw > Nyaungshwe > Bago > Yangon > Tailandia > Bangkok > Camboya > Siem Riep > Sihanoukville > Ponh Pen > Vietnam > Saigon > Hoi An > Hue > Hanoi > Halong Bay > Sapa > Laos > Oudomxay > Luang Prabang > Vientiane > Don Det > Taiwan > EEUU > Los Angeles > New York > México > México DF > Colima > Patzcuaro > Angahuan > San Cristóbal de las Casas > Palenque > Mérida > Chichen Itza > Cancún > Tulum > Chetumal > Belize > Guatemala > Ciudad de Guatemala > Antigua > Chichicastenalgo > Panajachel > Honduras > Copán > Tegucigalpa > Nicaragua > León > Granada > Ometepe > Costa Rica >Guanacaste > San José > Panamá > Ciudad de Panamá > Colombia > Capurgana > Cartagena de Indias > Venezuela > Caracas > Puerto Colombia > Ciudad Bolívar > Mérida > Colombia > Pamplona > Bogotá > La Tebaida (Armenia) > Popayan > Ecuador > Tulcan > Quito > Riobamba > Cuenca > Perú > Tumbes > Trujillo > Lima > Cuzco > Ollantaitambo > Machu Pichu > Cuzco > Arequipa > Lima > Puno > Bolivia > Copacabana > La Paz > Sucre > Potosí > Uyuni > Chile > San Pedro de Atacama > Argentina > Salta > Paraguay >Asunción > Encarnación >Argentina >Iguazú > Buenos Aires > Uruguay > Montevideo > Argentina > Córdoba > Mendoza > Chile > Valparaíso > Santiago de Chile > Argentina > Mendoza > Río Gallegos (Patagonia) > Calafate > Chile > Punta Arenas > Argentina > Ushuaia > Buenos Aires > ESPAÑA - MADRID.

Cuando al cabo de un año regresó a su apartamento, la otrora esplendorosa vista de la Gran Vía se le hizo insignificante. Ceremoniosamente tomó las cientos de hojas de papel escritas durante su vasto recorrido, y las arrojó por la ventana sin miramientos. Luego, se sentó frente a la computadora y comenzó a escribir su siguiente trabajo, una novela que marcaría su debut en la ciencia ficción. Aún no sabía, eso sí, qué titulo ponerle a la incipiente historia que había ideado: la de un escritor que decide aliarse con un temible piloto fugitivo para robar una nave espacial y emprender una aventura fantástica con miras a paliar sus limitaciones como autor, consideradas, por él mismo, tan grandes como el universo.

martes, 28 de agosto de 2012

Principio de economía

Día A.
Con los primeros reportes sobre la desaparición de los números muchos nos mantuvimos escépticos (me incluyo) (coma) semejante historia no podía ser cierta. Nótese que escribo asumiendo que en el mundo entero se conocen los detalles (coma) a como vamos (coma) pronto no quedarán palabras y será demasiado tarde para expresar cualquier idea medianamente coherente. Mi amigo Glenn (coma) profesor en la Universidad de Texas dice que exagero (coma) pero ahí tienen el nuevo incidente. Sí señores (coma) hace seis días desaparecieron las comas por completo.

Pero está bien (coma) haré un breve resumen (¡Ja! las palabras limitadas y yo cayendo en semejantes redundancias). En fin (coma) no es que me hayan invadido ínfulas de documentador moderno. (Bah [coma] soy un desorden. No creo que nadie dentro de unos mil años logre aguantarse este enredo). La cosa en todo caso es que desaparecieron los números hace tres meses. Así como lo leen. Se preguntarán cómo (coma) bien (coma) yo se los diré: simplemente no los podemos escribir. Hemos recurrido oportunamente a escribirlos directamente (coma) entiéndase: uno (coma) dos (coma) cincuenta (coma) un millón setecientos veintidós (coma) etc. Ha sido todo un verdadero caos (coma) los rótulos por ejemplo (coma) han debido imprimirse bajo esta nueva lógica. Se imaginarán el resto (tengo la esperanza de que a los humanos nunca nos llegue a abandonar esa sed pseudo-apocalíptica [coma] tiene sus momentos amenos).  Una solución práctica similar hemos adoptado en este caso (coma) escribimos la palabra "coma" encerrada entre paréntesis para sustituir ese signo como ganchito que muchos creíamos tan insignificante y que ahora sentimos tan necesario (también guardo la esperanza de que la raza humana no pierda esa sublime ansia por lo inalcanzable).

Día B.
 Este no es el segundo día consecutivo en que escribo c o m a si no que es el segundo día en que escribo desde que resolví hacerlo ¿comprenden? Había decidido abandonar después de todo mi empresa como relator de las desventuras humanas c o m a pero se ha presentado un nuevo suceso. Nos han descubierto c o m a no hemos podido usar más la estúpida solución del paréntesis (probablemente ya lo habrán notado). Esta palabra espaciada es ahora el símbolo de nuestra resistencia.

Día C.
¿Saben lo que es tener conciencia de algo c o m a poder pronunciarlo c o m a poder visualizarlo perfectamente y aún así no poder escribirlo? Por ejemplo c o m a en este momento voy a abandonar el teclado y gritar la palabra c o m a: ******* y ustedes ni se han enterado. Nunca se enterarán. Nos hemos convertido en el perfecto ejemplo de la frustración punzante.

Día D.
Mi amigo Glenn y yo hemos intercambiado por el skype algunas elucubraciones teóricas acerca de la situación actual c o m a aunque más valdría decir que últimamente él se ha limitado a leer las mías (dice ya no tener muchas ganas de escribir el muy derrotista). En fin c o m a siguiendo a Ockham (ya saben c o m a pluralitas non est ponenda sine necessitate) habríamos de postular c u a t r o posibles hipótesis todas relacionadas c o  m a de las cuales sin embargo tendríamos que eliminar las que c o m a aunque completas c o m a añadieran a la discusión un nivel de complejidad mayor. Así pues c o m a  si aceptásemos (tal como lo dicta la convención social) la existencia de un dios "X" c o m a un ser omnipotente c o m a podríamos entonces cotejar:

- El dios X decidió descargar su furia contra la humanidad de manera lenta y cruel c o m a  a través de la eliminación paulatina de la palabra escrita.
- El dios X es un ente perverso que disfruta descargando su furia contra la humanidad de manera lenta y cruel a través de la eliminación paulatina de la palabra escrita.
- El dios X es un ente perverso que disfruta descargando su furia contra la humanidad de manera lenta y cruel a través de la eliminación paulatina de la palabra escrita c o m a para lo cual ha encomendado a una legión de seres menores para que manipulen a su antojo las mentes de las personas.
- El dios X es un ente perverso que disfruta descargando su furia contra la humanidad de manera lenta y cruel a través de la eliminación paulatina de la palabra escrita c o m a para lo cual ha encomendado a una legión de seres menores para que manipulen a su antojo las mentes de las personas punto y c o m a estos seres provienen de lugares remotos del universo en donde ha sido posible desarrollar el arte del entendimiento abstracto c o m a las habilidades telepáticas c  o m a  la supresión de emociones c o m a la invisibilidad de cada partícula subatómica de algunos cuerpos etéreos.

De lo cual inferimos c o m a por principio de economía c o  m a que el primer postulado ha de ser el  verdadero ya que no incluye variables que puedan poner en duda su validez.  O bien c o m a podemos simplemente decir que no existe el tal dios X y que entonces la incertidumbre nos va a cagar la vida. No sé c o m a da igual supongo. Me aburro como una ostra.

Dia E.
La gran mayoria hemos ya abandonado cualquier intento de resistencia futil han desaparecido tambien las tildes y ya no buscamos remedios para el uso de signos de puntuacion nos imaginamos simplemente que estamos leyendo algo de Saramago. El uso de los puntos como se ve aun es aceptado pero ha acabado por estar sobre utilizado y lo de las c o m a s ha caido en completo abandono por pura pereza mental razon por la cual dicho sea de paso la raza humana va a terminar devorada por el monstruo del auto olvido. Glenn no se ha vuelto a conectar.

Dia F.
Yo no creo que como sugirio Glenn (estuve leyendo algunos correos viejos) todo esto sea un caso de neolengua pero de todas formas ahora que lo pienso el y su aficion casi fetiche por Orwell no le habria permitido ver mas alla de tal disparate. Llego a esta conclusion porque simplemente no se atisban por ninguna parte principios de control politico sino mas bien una especie de aleatoriedad antojadiza un juego de dados cosmologico una sucesion de caprichos virales s i g n o d e i n t e r r o g a c i o n  o de virus caprichosos  s i g n o d e i n t e r r o g a c i o n En fin que su teoria no tiene pies ni cabeza no en vano y probablemente sin darme cuenta nunca le preste la atencion debida aunque se que a el le habria encantado que nos enfrascaramos en nuestros tipicos duelos argumentales. A nivel general la situacion es ya insostenible y a muchos nos duele que la evolucion de la cuestion sea tan lenta prefeririamos estar presentes para cuando todo se acabe debe ser ese afan humano por ser siempre testigos de los eventos de gran importancia aunque estos signifiquen nuestra propia exterminacion.

dia g.
por lo visto las palabras y signos escritos con anterioridad al incidente permaneceran aunque no podria asegurarlo con certeza. hoy he visto por primera vez desde hace muchos dias a traves de la ventana y descubri los viejos rotulos de las calles aun en su forma original y me ha entrado una nostalgia tremenda que tonto. ahora que lo pienso la mayor estupidez es que yo no hubiera llegado a esta conclusion antes teniendo este remedo de diario a la mano estoy perdiendo agilidad mental seguramente. desconfio de mi mismo que cosas no nos han robado las letras nos han robado la ingenuidad.

dia h.
la ultima vez olvide mencionar que habian desaparecido las mayusculas.

dia i
senores la confusion es terrible la gran mayoria ha optado por claudicar nos enfrentamos a fuerzas mas alla de nuestra pobre comprension somos seres insignificantes muchos hemos llegado a aceptarlo a pesar de nuestros antiguos suenos de grandeza ahora desbaratados por el mazo de la imposibilidad los p u n t o s  han desaparecido y ya no se sabe donde comienza una cosa y donde termina la otra



miércoles, 18 de julio de 2012

Una joven abogada como usted


Mire, mire. Espere un momento. Sé que es una mujer muy ocupada, pero por favor, debe dejar que le explique.
Verá usted, ahí justo en ese sillón en que está sentada murió la tía Carmen. No se incomode, fue hace algunos años, y murió feliz. Solo se sentó ahí, hizo su siesta de rutina… y nunca más despertó. ¡Tan buena la tía! Ni en la hora de su fallecimiento quiso incomodar a nadie.
Ah, y vea, cuando tenía 15 años, junto a ese ventanal que da al jardín encontré a mi papá llorando. La primera vez que lo veía llorando en la vida… recién se había dado cuenta que mamá la había estado engañando durante los últimos tres años.
Y bueno, no crea que solo tengo malos recuerdos de esta casa. ¿Ve esa habitación justo a la derecha, arriba de las escaleras? Esa solía ser la habitación de los viejos y ahí, exactamente sobre las sábanas rojas tuve mi primera experiencia sexual con una chica. Es cierto que no fue algo muy exitoso… ¡si ya sé que usted no necesita saber esto, disculpe! Escúcheme por favor. Ahí en esa alfombra grande, no, la del centro, si, ahí justo dormía Bufón. Bufón, el perro. Bueno, usted no lo conoció, pero ahí se enroscaba por las noches, sin ningún resentimiento por los escobazos de Adelina, la empleada. ¡Ah por cierto! Esa muchacha siempre nos contaba infinidad de historias ahí, en la cocina; bueno antes cuando estaba el mueble grande, mientras picaba lo que nos parecía a mis hermanos y a mí cantidades eternas de cebolla.
Pero es que solo querría decirle, bueno, habría usted de entender. Quisiera disculparme por mi comportamiento de hace un rato. No acostumbro llorar frente a extraños, sabe. Es solo que usted debe comprender que esta casa ha sido mi vida, y que cuando usted me entregó los papeles del desalojo no pude evitar derrumbarme como lo hará esta casa muy pronto cuando lleguen las inclementes maquinarias.

martes, 15 de febrero de 2011

Las artimañas de Lucencio*

Cuando Vassily se levantó algo atolondrado aquella mañana particularmente ventosa, jamás sospechó ni por un segundo que aquel día podría ser el de de su muerte. Haciendo un esfuerzo por dejar de lado su odio por las pantuflas grises, se sacudió las sábanas de encima y se sentó un momento en el borde de la cama. Eran las 9 de la mañana. Nada como esa ausencia de culpa por las horas extra yaciendo en el lecho cuando se está en vacaciones.

En la cocina, descubrió la nota que Pietra le había dejado en el refrigerador: “Papi, me fui para el campamento. Nos vemos el lunes. Te amo. Pietra”. Por enésima vez, frunció el seño. Campamentos le llaman a esos retiros en donde un montón de adolescentes cachondos tratan durante todo el fin de semana de meterse en los pantalones de su hija. Pero en fin, con todo el asunto del divorcio de por medio, no le quedó de otra que darle permiso a su retoño y apuntar a ganarse unas cuantas simpatías. Y ¿ahora qué dices a eso, Natasya Ivanovna, ex esposa del infierno?

A las 10 y 13 minutos se acercó a la sala de televisión y encontró una segunda nota de Pietra sobre la mesita de centro. “Papi, esta es la peli que te dije que vieras. Cuando vuelva la comentamos. Te amo. Pietra”. Ese cuando vuelva la comentamos significaba nada más y nada menos que un mami ya la vió conmigo y me dijo que le había gustado. Echó un vistazo a la carátula: “10 cosas que odio de ti”. – Solamente el título podría encabezar la lista – pensó. Y de inmediato preparó el reproductor de DVD.

A las 12 en punto Vassily estaba alteradísimo, maldiciendo los nombres que iban rodando hacia arriba en los créditos finales por haber profanado la obra de Shakespeare y a su fierecilla de una manera tan atroz. Las artimañas de Lucencio reducidas a un ligero drama adolescente de pacotilla. A las 12 y 3 minutos el teléfono sonó.

- Vamos Manilof – le dijo a su compañero con algo de sorna – algún caso podréis resolver sin la necesidad de mi ayuda.
- No este, Vassily, no este – le respondió Manilof en un tono grave, gravísimo – Tu nombre está escrito a lo largo de todas las paredes del colegio.

A las 12 y 43 minutos Vassily estacionaba su auto en una zona verde de los terrenos del Colegio San Gregorio, como tantas veces lo había hecho al pasar a recoger a Pietra. Ahora la escena era una policial: cintas amarillas, sirenas, radios, hombres uniformados, gente asustada. Vassily, enfundado en su clásico impermeable amarillo, bordeó el caos y se adentró en el viejo edificio.

Su nombre, en efecto, estaba escrito a lo largo de todas las paredes. Manilof, agitado y sudoroso como siempre, lo puso al tanto. Los testigos afirmaban que un hombre había ingresado al colegio, fuertemente armado. Por ser fin de semana, sólo estaba allí un pequeño grupo de alumnos y un profesor guía, se disponían a partir de campamento. El hombre armado tomó a tres rehenes, y ordenó a los demás salir de las instalaciones. Algún alboroto se armó adentro mientras los ahora liberados llamaban a la policía. Cuando esta se hizo presente, el perpetrador había huido con sus prisioneros, aún no identificados por culpa del alboroto. Vassily agudizó la vista y notó que cada graffiti con su nombre se iba haciendo más pequeño conforme se adentraba en los pasillos del colegio. – Es un camino – le dijo a Manilof mientras comenzaba a seguir la pista. El último graffiti estaba escrito al lado de la vitrina de trofeos del colegio, no era más grande que una hoja de cuaderno. Mirando a ambos lados para asegurarse de que no hubieran más personas que él y su compañero, pateó con fuerza el cristal que protegía las reliquias, y sobre uno de los platones de oro, encontró una nota dirigida a él: “Sobre esta piedra edificaré mi venganza. Nosdriof.” – Tiene a mi hija – dijo Vassily con un nudo en la garganta.

- Nosdriof – explicaba Manilof poco después a los patrulleros que le acompañaron a seguir el rastro del maleante a través del patio trasero del colegio y posteriormente en las calles aledañas – era el antiguo compañero de Vassily. En algún momento desvió el camino, y se involucró con tráfico de drogas y de armamento. Vassily le descubrió, y lo delató. Ya lo conocen, él es todo un Serpico moderno – los oficiales, algo jóvenes, no entendieron esta referencia y miraron con extrañeza a Manilof. Él continuó, algo indispuesto – En fin, en el juicio se declaró culpable, y alegó que todo lo hacía para sacar adelante a su hijo, su única razón de existir. El jugarse la carta del “pobrecito” le sirvió, le redujeron la pena, pasó varios años en la cárcel, y ahora parece que ha regresado y quiere venganza.

A la 1 y 21 minutos la policía encontró los cadáveres de dos de los rehenes en un callejón aledaño a la Séptima Avenida. Se trataba de dos chicas de apenas unos 16 años, habían sido ajusticiadas con un disparo en la sien, una después de la otra. Pietra no estaba allí. El nombre de Vassily estaba escrito de nuevo en la pared de uno de los edificios adyacentes. En el piso, una nueva nota para él: “Encuéntrame en el lugar en el que me hiciste caer en desgracia. Si llegas antes de las 3 de la tarde, perdonaré la vida de tu hija y tomaré la tuya como pago. Si llegas después de esa hora, Pietra no verá la luz de otro día. Nosdriof. Pd: Nada de policías, llega solo o le meto una bala en la cabeza”. El recuerdo golpeó a Vassily con intensidad: las viejas bodegas detrás de la catedral, el plan, el traficante falso, la emboscada, el arresto, el juicio, los años de cárcel para su ex compañero. Y ahora esto. Una de las dos vidas iba cesar hoy si no pensaba con rapidez ¿la suya o la de su amada hija? ¿Qué haría Natasya Ivanovna? ¿Sacrificaría todo por que el fruto de su relación continuara viviendo? ¿Y por qué rayos ahora estaba pensando en la víbora? Entonces lo supo: -¡Cameron!- Exclamó - ¿Qué?- Respondió Manilof. – ¡Malditas películas!, no, no Cameron – replicó Vassily - ¡Lucencio!- ¿Quién demonios es Lucencio?- interrogó Manilof. Pero no obtuvo respuesta. –Debo irme ahora- dijo el detective - ¿A las bodegas?- asumió Manilof. –No, debo hacer primero una parada importante – dijo Vassily, alejándose. Mientras se enjugaba el copioso sudor, Manilof pensó que su colega acababa de perder la cordura. ¿Qué podía ser más importante que la vida de su hija? En el auto Vassily metió el pie en el acelerador y rogó porque no fuera demasiado tarde.

A las 2 y 49 minutos Nosdriof observó en la oscuridad a Vassily acercándose al centro del galerón abandonado. Desde la plataforma en la que se encontraba junto a Pietra era imposible ver su rostro con la débil luz, pero el inconfundible impermeable amarillo le dio seguridad. El miedo, en todo caso, se le notaba a leguas.

- Puntual como siempre – dijo con sarcasmo Nosdriof.
- Deja ir a mi hija, cumple lo pactado – respondió Vassily. Su voz se escuchaba lejana, como proveniente de un pasado doloroso.

Nosdriof se tomó su tiempo y bajó la plataforma arrastrando del brazo a la hija de su enemigo. Esta llevaba la boca vendada, y hacía vanos intentos por soltarse. Había estado llorando por montones. Después de un tiempo que pareció eterno, ambos hombres se encontraron frente a frente, a una distancia prudente. La penumbra era indescriptible, pero los ojos se iban acostumbrando.

- Tira todas las armas – ordenó Nosdriof.
Dos semi automáticas rodaron por el suelo. En un par de finos movimientos, Nosdriof arrancó la venda de la boca de Pietra, y le propinó un golpe en la parte trasera de la cabeza, dejándola inconsciente.
- Es un pequeño favor ¿sabes? Seguro que no querrá ver morir a su padre- dijo, con tremendo resentimiento – Y ahora – prosiguió- nos pondremos cara a cara para que mi sonriente rostro sea lo último que mires mientras te... Nosdriof se detuvo en seco, algo estaba mal. Se acercó más, y sus ojos se hicieron grandes como pelotas.
- ¿Pyotr?-dijo con incredulidad.
- Lo siento, yo… - respondió la otra persona.
- ¿Hijo?, pero ¿qué haces aquí? – Interrogó Nosdriof, con un dolor en el alma.
- Es lo mejor – resolvió Pyotr, y de inmediato el ex convicto sintió el pesado golpe del acero sobre la nuca. Cayó al suelo, y mientras el arma se escapaba de sus manos, entornó la vista. Ese que lo reducía, ese que ahora le ponía las esposas, que le decía sus derechos, era Vassily: había aparecido de la nada. Pyotr, de pie, impotente y ahogado en llanto solamente atinaba a repetir “lo siento, padre, lo siento, es por tu bien”.

–Hiciste lo correcto- le dijo poco después Vassily a Pyotr- salvaste muchas vidas hoy, la de tu papá incluída. – ¿Sabe lo difícil que es –respondió el joven- tratar de ser el héroe que tu padre nunca fue? Vassily no respondió. Vassily no lo sabía. Pyotr, cansado de esperar respuestas, le devolvió el impermeable amarillo y se alejó caminando bajo la lluviecita que comenzaba a caer.

- Eres tan inteligente, papi, ¡me salvaste! – Decía Pietra en el auto, camino a casa.
- Corazón, agradécele a Lucencio por su inspiración.
-¿A quién?
- Muy bien, muy bien –resopló Vassily – agradécele a Cameron…
- Papi, ¡viste la película! ¡Eres lo máximo!
“Toma eso Natasya Ivanovna”, pensó el detective en sus adentros.

Cuando Vassily se levantó algo atolondrado aquella mañana particularmente ventosa, jamás sospechó ni por un segundo que aquel día podría ser el de de su muerte. Y afortunadamente, no lo fue.

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* Cuento ganador del segundo lugar en el Décimo primer Concurso de Cuento Corto de 89decibeles.com


jueves, 6 de enero de 2011

Señales*

En realidad resulta curioso pensar que en un día como hoy hace exactamente cuatro años Valeria se convenció de haber descubierto todo. Por accidente, pero descubrimiento al fin y al cabo. Al menos eso era lo que siempre decía, en las entrevistas personales, en las sesiones de terapia grupal, en las confesiones íntimas con sus familiares. Como su mejor amigo en aquel entonces fui el blanco de sus conjeturas, las más disparatadas y las más elaboradas. Debo decir que mi amiga siempre tuvo inclinaciones hacia lo excéntrico, característica que en el círculo de amistades siempre fue vista como una especie de “atracción”. Valeria era nuestra amiga, la loca, en el buen sentido de la palabra, si es que eso existe.

Sin embargo y a pesar de conocerla tan bien yo mismo experimenté una sensación extraña cuando me comentó su descubrimiento. Lo hizo con un tono sombrío que me provocó un escalofrío tan intenso, que aún hoy en día lo recuerdo perfectamente. Traía en su mano el periódico que su madre leía habitualmente. Me citó en el parque que queda cerca de su casa y que normalmente está desierto, básicamente por la falta de atractivos para cualquier mortal sobre la faz de la tierra (una mala administración pública, lo sé). De a poco el tono sombrío fue cambiando hasta convertirse en un frenesí, mientras Valeria pasaba las páginas del diario, señalándome lo que según ella eran pruebas inequívocas de la existencia de un mensaje oculto que se formaba con las primeras letras de todos los titulares de ese día. Yo por supuesto, y a pesar de la sensación incómoda, le seguí el juego, como siempre que ella traía a colación alguna de sus teorías sobre conspiraciones o fenómenos paranormales.

- Mae, y ¿qué dice el mensaje? ¿Nos van a invadir o algo así?

Sus ojos se abrieron mucho al escuchar mis palabras y casi podría decir que mi amiga se veía aterrada. Comenzó a pasar las páginas de nuevo, esta vez señalándome su descubrimiento, letra por letra, hasta que en una especie de susurro completó la frase que, en una asombrosa casualidad, se formaba:

3S LA H0RA DE PREPARAR EL CAM1NO.

Siempre fiel a mi espíritu escéptico, la intenté convencer de que aquello no sería más que una interesante anécdota para compartir en la próxima mesa de tragos, pero ella esta vez estaba tan empecinada que incluso terminó por mandarme al carajo ante mi falta de credulidad en su teoría.

Algunos días después me llamó por teléfono, prácticamente ignorando que me había mandado sin ningún rodeo a comer mierda. No me saludó siquiera, se le escuchaba sumamente alterada y hablaba muy rápido, ya que según ella, nos podían estar escuchando. Me soltó un rollo acerca de una preparación para un camino que traería a unos seres del espacio exterior, seres que vendrían a conquistar la raza humana y el planeta entero. Dijo que había personas acá que les estaban ayudando, una especie de infiltrados, traidores, les llamó. Todo esto, afirmó, lo había averiguado leyendo los periódicos de los últimos 3 años, los había conseguido en la biblioteca de la U, había pasado horas estudiando las “comunicaciones”. Luego colgó, diciendo que pronto me llamaría con nuevos “resultados”.

Eso, en todo caso, nunca sucedió. Me refiero a la llamada. Pasaron casi dos meses en que ninguno de nosotros supo nada en absoluto de Valeria. La dejamos de ver por completo. Ya muy preocupados, y después de varios intentos y miles de mensajes en su celular y en el muro del Facebook, logramos contactarnos con su madre. La señora estaba sumamente preocupada. Nos relató en medio de un amargo llanto que su hija tenía más de 40 días de estar encerrada en el cuarto. No salía del todo, y comía apenas un poco de lo que ella le dejaba en la puerta, último recurso al que apeló al ver que Valeria no abandonaba su fortaleza. Subimos tres de sus amigos más cercanos a su cuarto, esperando que entrara en razón. Pero no obtuvimos respuesta de ella, excepto por un papelito que deslizó por debajo de la puerta:

“Es demasiado tarde, se han apoderado ya de las redes sociales”.

Convencimos a su madre de llamar a profesionales en la salud mental. Así que un viernes por la tarde, tumbamos la puerta del cuarto y la sacamos de ahí en medio de patadas y mordiscos. Se negaba a irse de aquel lugar que ahora parecía una especie de calabozo. El olor en primer lugar era insoportable, y las ventanas estaban completamente cubiertas, provocando una penumbra total. Pero lo más impactante fue ver sobre la pared, miles y miles de recortes de periódico; estos tapizaban por completo los muros. Estaban ordenados de manera sistemática y cuidadosa. Su computadora tenía miles de ventanas abiertas, extrañas páginas en Internet sobre teorías variadas, y había también miles de miles de notas escritas a mano, en el suelo y por todas partes.

Algún tiempo pasó Valeria en el hospital psiquiátrico, varias veces fuimos a verla y aunque la medicación la había convertido en un ser ausente, al menos había dejado de lado sus ataques paranoicos. Nunca más la escuchamos referirse al tema de nuevo. Cuando los doctores la consideraron estable, le permitieron regresar a su casa, con la condición de que debía de seguir con el tratamiento.

Ahora que lo pienso, es aún mucho más curioso pensar que en un día como hoy hace exactamente tres años Valeria desapareció por completo. Si bien su madre la tenía bajo un estricto celo, un día, muy temprano por la mañana, entró a la habitación para darse cuenta que su hija, nuestra amiga, ya no estaba. Nos llamó a todos, ninguno le había visto. Se dio aviso a la policía, a los medios. En la noche yo llegué a la casa para ayudar y apoyar a la madre de Valeria, que estaba a punto de un colapso nervioso. Registramos la casa buscando algo que indicara su paradero, pero no encontramos nada, excepto por una nota, la última nota que se conoce de Valeria. Había ido a parar debajo de la cama, la escritura era reciente y la letra temblorosa:

YA VIENEN.

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* Cuento escrito hace un tiempo, apenas para inaugurar el 2011.

lunes, 31 de mayo de 2010

Hildegardo y el golfo*

Esta vez (cosa rara) se encontraba particularmente calmo, como hacía muchos años no se daba. Le extrañó no sentirse embargado por alguna sensación de alegría intensa, entre tanta marea tumultuosa y tormentas últimamente había llegado a anhelar este momento de paz. Y aún así, la tranquilidad no le movía ni una sola fibra de su alargada extensión. Pero bueno, ahí estaba otra vez el drama innecesario, ya se lo había auto recriminado en otra ocasión. Él, el golfo de México, tan grandecito y experimentando ataques de ansiedad. Se decidió finalmente por relajarse y disfrutarlo, ignorando la creciente emoción que le comenzaba a asaltar: la de que algo malo estaba a punto de suceder.

***

Hildegardo pudo haber sido perfectamente hijo del mar pero en lugar de eso fue hijo de un hombre y una mujer como lo mandan las reglas de la naturaleza. La sangre olmeca que recorría sus venas en una especie de resquicio histórico (como a todos los veracruzanos) le había permitido aprender su oficio con singular presteza. Salir al golfo por las mañanas y pescar le era tan natural como pestañear o bostezar a altas horas de la noche. Su conocimiento de las minuciosidades del océano era tan exacto que llegaba a los límites de lo incompresible para los habitantes del puerto. Sí, Hildegardo pudo haber sido perfectamente hijo del mar pero en lugar de eso tuvo que conformarse con ser llamado así por sus coterráneos.

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No, no era una manía estúpida. Muchas veces se intentó convencer de lo mismo. Quizá era paranoia pero es que últimamente estaban ocurriendo tantas cosas… La pesca industrializada y brutal, la basura acumulada por millones de toneladas, los desechos tóxicos. Claro que tenía razones de sobra. Y aún así, seguro que se fijaría y todo estaría bien, muy bien, todo plácido y sin problemas. No, desafortunadamente no era una manía estúpida, porque cuando por fin alzó la vista lo que vio le horrorizó por completo.

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Hildegardo, el jarocho, el aventurado pescador, el hijo del mar, no tenía más complicaciones para su trabajo matutino que la de esperar la marea adecuada. Era tan seguro de sí mismo y de lo que sabía del mar que ni siquiera echaba un vistazo: simplemente sabía cuando era el momento oportuno, corría la voz entre sus compañeros y luego entre todos empujaban la pequeña embarcación hacia las pequeñas olas que rompían cerca de la orilla hasta que la corriente finalmente les permitiera encender el motor fuera de borda y zarpar hacia lo profundo de las zonas de pesca permitidas. El porqué esa mañana sí había mirado hacia el horizonte nunca se supo, pero en todo caso él habría preferido no hacerlo, porque cuando alzó la vista lo que vio le horrorizó por completo.

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La mancha negra era muy engañosa porque avanzaba lentamente pero inflingía poderosas heridas sobre el agua marina. Todo a su paso se iba quedando sin vida, nada escapaba a su viscosa red. Nada, mucho menos el golfo, quien conocía por primera vez en su historia la sensación de frustración. Jamás las ganas de huir habían sido tan cruelmente aplastadas por un inevitable sentido de realidad: el mar está donde está y no se puede mover. Si hubiera podido llorar lo habría hecho derramando lágrimas saladas con olor a petróleo.

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A Hildegardo sus compañeros de pesca lo recogieron del lugar donde cayó después del desmayo. Ignorando por un momento las noticias en la radio sobre el derrame, decidieron llevar al hombre al hospital de inmediato. Además del susto del repentino desvanecimiento, los pescadores iban rezándole a todos los santos posibles porque Hildegardo inconsciente y todo, estaba llorando lágrimas saladas con olor a petróleo.

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Secarse. Esa era quizá la única solución ante esta angustia, esta tortura parsimoniosa. Secarse del todo, dejar que el sol absorba cada gota de agua hasta no dejar más que un cráter gigantesco de arena. Evaporarse. Dejar que se consuma su existencia en un abrir y cerrar de ojos. ¿Quién podría poner un alto a su sufrimiento, a esta cruel vejación? ¿Quién podría detener la mancha negra y voraz? Al parecer, tan solo el dulce alivio del fin de la existencia.

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Los doctores estaban perplejos, y no por la lágrimas que brotaron de los ojos del pescador, porque esas no las alcanzaron a ver, si no por las cicatrices que aparecían paulatinamente sobre el cuerpo de Hildegardo. Algunas parecían antiguas, cierto, pero conforme avanzaban las horas otras con aspecto reciente se formaban en las dimensiones de la piel de aquel hombre desfallecido. La madre de Hildegardo llegó al hospital y de rodillas le imploró a los médicos que de una vez por todas pusieran un alto al sufrimiento de su hijo.

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Decidirse a morir no es fácil, conlleva una complicada maraña de sensaciones. Por el contrario, el acto de morir tiene una simpleza extraordinaria. Bastó un breve instante, y en un suspiro la última ola llegó, inerte, a acariciar sin vida la orilla de la costa.

***

No fue fácil para los doctores el dejar morir a Hildegardo, pero después de todo no tenían otra opción. El respirador era lo único que lo mantenía atado a este mundo. Bastó una autorización firmada por sus familiares. Su madre, sentada junto a la cama del hospital, fue testigo de cómo el último suspiro, inerte, le acarició sin vida el rostro humedecido.

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Ya el golfo no es el Golfo de México sino que la gente ahora le llama El Golfo Muerto, y no tiene ni olas, ni corrientes, ni vida. Los intentos de explicación por parte de los científicos han ayudado a incrementar la mitología local. La teoría más aceptada entre los pobladores (aunque rechazada por los eruditos) es que el mar se dejó morir porque no podía soportar vivir sin su hijo predilecto.

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Ya el cuerpo de Hildegardo reposa bajo tierra y en su lápida reza la leyenda “El hijo del mar”. Todo mundo hizo conjeturas acerca de su extraña muerte, conjeturas que han ayudado a alimentar la mitología local. Su madre, invadida de una certeza contagiante, no deja de contarle a sus amigas cercanas, en secreto, de cómo su hijo se dejó morir porque no podía soportar vivir sin su amado padre.

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* Cuento inspirado en los lamentables hechos recientes acaecidos en el Golfo de México con el gigantesco derrame de petróleo de la compañía BP.