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martes, 22 de noviembre de 2011

La fila del concierto

Pocos ambientes son tan pintorescos como la fila para un concierto. Perdón, voy a reformular: Pocos ambientes son tan pintorescos como la fila para un concierto en Costa Rica. Si alguna vez aflora aquel sempiterno estado del puravidismo es definitivamente en esas horas previas en las que se aguarda pacientemente frente al recinto que albergará el recital. Poco importa el género musical o la hora de la actividad, siempre queda espacio para un poco de camaradería, vacilón y chota muy al estilo made in tiquicia.

La última experiencia masiva que dejó esto muy en claro aconteció el pasado 20 de noviembre, cuando llegó el día del tan esperado concierto de Pearl Jam en suelo costarricense. En las inmediaciones del Estadio Nacional nos congregamos miles de personas dispuestos a disputar un campo privilegiado en el área de gramilla (mal llamada VIP). Dado que fue un domingo, la fila ya alcanza unos 500 metros cuando yo llego. Tengo que hacer un gran recorrido para poder encontrar a mi amigo Beto, que ha llegado antes, y conforme avanzo desfila ante mí un variopinto menú de personalidades. Los fans de hueso colorado con sus camisetas simbólicas, los que apenas conocen 2 o 3 canciones y que llevan camisetas de producción masiva, las chicas en tacones que parecen no pertenecer al ambiente, algunos grupos provenientes de otros países, los infaltables revendedores y su espíritu de buitres al acecho, los recolectores de latas de alumnio, los vendedores de capas de procedencia china y materiales de calidad dudosa, y bueno, los vendedores de casi cualquier cosa: chicles, confites, chocolates, patí, cigarros, cervezas y hasta... pachas de guaro. En efecto, un señor cincuentón pasa por la fila como quien no quiere la cosa, con un sospechoso bulto al hombro. De él saca, una vez lejos de las miradas de las autoridades, algunas cuartas de ron y guaro que anuncia en un precio (no podía ser de otra forma) inflado. Precio que al fin y al cabo a las gargantas sedientas de alcohol no parece importarles mucho. Sucede lo mismo con las cervezas y los cigarros, cotizadísimos artículos que incluso en algunos momentos llegan a estar escasos. Lo curioso con esto, por otro lado, es que los precios se prestan para la especulación. Ni las mismísimas bolsas de valores tienen tanto vaivén como sucede con el costo de las cosas durante las horas previas al concierto. Cerca de la hora del almuerzo la comida tiene un costo gourmet, cuando llueve las capas chinas aumentan mágicamente de precio y dejan de estar en 2x1, y ni qué decir de las entradas en reventa para el chivo; están más cercanas a la estratosfera que a los bolsillos de cualquier pobre mortal. Sin embargo cuando ha pasado la lluvia las capas se ofrecen en ofertas ridículas, cuando abren las puertas y la fila avanza la comida casi que se regala, y cuando ya ha empezado el concierto las entradas (a veces) se pueden conseguir hasta en un 50% menos del costo original.

Pero bueno, la gente lidia con todo esto con un humor increíble. La camaradería se hace presente y es fácil ver a dos desconocidos haciendo banca para comprar unas capas a medias. Algunos se inmiscuyen en la conversación de quien tienen a la par sin pedir ningún tipo de permiso (sí, Johnny, estoy hablando de vos, cuarentón simpático), sobre todo cuando el tema tiene alguna relación con la banda que estamos a pocos horas de ver en vivo. Poco a poco los grupos de extraños departiendo va creciendo hasta el punto en que las risas y las bromas se hacen notorias. Algunas personas son blanco fácil, como por ejemplo el señor que vende capas y augura todavía 3 aguaceros más, o los grupos de féminas que tienen la desgracia de pasar frente a los grupúsculos de machos. Debe ser el comportamiento de manada, o quizás la necesidad de alivianar las horas de tensión y de cansancio que ha provocado la larga fila. Nadie ejemplifica esto mejor que Víctor, un joven de Aserrí que hace fila desde temprano junto a su hermano. Llevan una bolsa con comida (hamburguesas), cervezas y una pacha de guaro. Están de buen humor y pronto se hacen amigos nuestros y de un grupo de panameños que viajaron para el concierto. Su caso no sería nada extraño excepto por el hecho de que a Víctor no le corresponde hacer fila allí, pues compró una de las localidades más baratas, y numerada. O sea que si quisiera podría llegar al estadio a las 9 de la noche sin pasar por ninguna incomodidad. Pero dice que a él no le importa, ya que "la gente pichuda está aquí", y aunque la plata no le alcanzó para la entrada más cara, jamás se perdería el ambiente previo. ¿Estaría hablando en serio? Contó la anécdota de otro concierto en donde hizo exactamente lo mismo, así que por lo menos despierta el beneficio de la duda. Ya han abierto las puertas y la fila se mueve, y Víctor queda atrás pues sigue congeniando con otra gente de la fila a quienes en su vida ha visto. Me hubiera gustado saber qué pasaba con él y su hermano, pero una vez que hemos cruzado el primer puesto de seguridad solo pensamos en correr para, luego de haber evacuado la vejiga, conseguir el mejor lugar posible frente al escenario. Pero eso, eso ya es otra historia.

martes, 1 de marzo de 2011

Tu nombre me sabe a yerba (de La Sabana)

Hacía varios años que esperaba este encuentro con vos. Quizás desde mis 8 o 9 años cuando escuchaba a mi padre cantar tus canciones con arrebatada inspiración, y aún con más fuerza desde que él mismo me contó cómo había conquistado a mi madre poniendo a todo volumen aquella hermosa canción tuya, la mujer que yo quiero, para que todo el barrio la oyera, pero en especial aquella flaca adolescente que poco tiempo después me llevaría en su vientre. Ya el amor de mis padres murió pero yo aún sigo recordando la historia y amando la canción que, cosas de la vida, al final no cantaste esta noche.

¿Sabés qué? Te perdono eso. Y te perdono también tu amistad con Oscar Arias, qué demonios. Al fin y al cabo para vos es otro intelectual de primer mundo, un premio nobel. Ignorás seguramente que el tipo se ha convertido en un megalómano neoliberal, y que por culpa de él y otros como él que han accedido al poder en los últimos años acá en Costa Rica se nos ha llenado de pobres el recibidor. Y perdoná que te lo mencione ahora, pero es que entre esos tipos y yo hay algo personal.

Comenzás a cantar para la libertad, y para nosotros, muchedumbre agolpada y maravillada con tu magistral talento que no merma a pesar del (evidente) paso de los años. Aún tenés esa tendencia a ser un soñador de pelo largo pero hay un gran agujero en tu cabeza, ahí donde alguna vez hubo una cabellera generosa. Así es el tiempo de cruel. Pero seguís derrochando esa energía bohemia, y nos invitás a olvidarnos de que el día siguiente es lunes. Al fin y al cabo, como vos decís, mañana es solo un adverbio de tiempo.

Tenés un carisma magnético, y hablás de manera elocuente y sincera. Te dirigís a una multitud de más de quince mil personas y aún así tus historias se sienten como un ejercicio de intimidad fraternal. Nos tenés en el bolsillo. Y luego comenzás a cantar de nuevo y terminás de ganarte mis buenas vibras por que me dejás cantarle a mi novia al oído que no hago otra cosa que pensar en ella y que menos su vientre todo es confuso.

Aún después de más de 30 años de carrera seguís dejando testimonio de tu orgullo por nacer en el mediterráneo, aunque esa canción ya dejó de ser tuya hace mucho y ahora es de todos aquellos que, como vos, derrochan amor por la tierra que les vio venir al mundo. Quizás por eso ya casi no la cantás, dejás que sea esta multitud en éxtasis la que recorra las líneas de la hermosa letra, vos solo te unís en los coros y también para poner fin a la explosión que significa aquella interpretación. Te despedís pero el público no va a permitir que te vayás así sin más, y no una si no tres veces regresás al escenario aclamado por el gentío. Todos te gritan sugerencias de canciones, pero es imposible complacerlos cuando tu repertorio ronda ya los 600 temas, y claro algunas se quedan fuera, qué le vamos a hacer, son aquellas pequeñas cosas.

“Déjenlo todo” – decís – “Háganse artistas. Ya verán… ¡ya verán el hambre que pasarán! Pero después es grandioso” – agregás. Y justo en este momento de mi vida siento esas tus palabras como mías: Se hace camino al andar, categórica sentencia sacada de un poema que una vez hiciste canción, brindándole el don de la inmortalidad.

Luego se acabó la fiesta y ya no salís más. En un reflejo de resignación la gente comienza a despejar el área del concierto. Vamos todos embriagados de tu música y tal vez con un poco de enfado por que el recital no duró toda la noche y vos, probablemente para irte a vagabundear por ahí, nos despachaste a casa poco antes de que dieran las 10.