miércoles, 24 de agosto de 2016

Principio de reciprocidad

- Ya quisieras - me atreví a decirle.
- ¡Ya quisieras vos! - me contestó tajantemente.

Y así, con dos enfáticos arañazos de gato, sacamos del anonimato a una estirada historia de tensión sexual no resuelta.

martes, 9 de febrero de 2016

El alcalde y el obelisco

Ambos sabían que a partir de este momento no habría retroceso. Él le mordisqueaba suavemente los muslos, pícaramente, detenido en aquella acción como si toda ella completamente desnuda, con su sexo ahí tan cerca, vivo y dispuesto no fuera suficiente tentación. Sonaba B.B King de fondo, there must be a better world somewhere, cantaba el ahora difunto como súplica. Y ella se lo quería hacer saber a él, decirle con su cuerpo que sí que lo había, que estaba ahí, entre sus piernas, una trampa húmeda y carnosa. De vez en cuando levantaba ligeramente las caderas, una brevísima insinuación: un juego al fin y al cabo. Él lo entendía perfectamente, y sonreía entre mordisco y mordisco, mirándola fijamente con un mensaje claro: no sabés lo que te espera. Ninguno tenía prisa.

***

 Aquel día todos parecían ir tarde y el fastidio era un manto desgarrado cubriendo la ciudad. Todo, absolutamente todo producía repulsión o asco. Encima el autobús iba repleto y ella sintió que vomitaba, quería dejar salir todo a esa hora de la mañana, vaciar las entrañas, arruinarle el día a alguien. No le importaba, porque acababa de descubrir que había olvidado los audífonos en casa. Tenía ganas de arrancarse una uña, algo ya de por sí nuevo en su catálogo de impulsos. La conversación del asiento de enfrente no llamó su atención de inmediato, sino hasta que pudo leer en una de las personas un desgano que supo identificar, que le pareció íntimo y familiar. Era la primera vez que lo veía a él, o mejor dicho a su perfil de hombre anónimo, esa cara que es mil rostros y ninguno a la vez. Hizo un esfuerzo por escucharle, algo que su interlocutor parecía haber abandonado desde hacía mucho rato.

- Y es que - decía él - yo no entiendo cómo alguien puede ser tan descarado. Imagináte - siguió sin esperar validación - irse de gira a Europa con su esposa y demás comitiva a "evaluar" diseños de obeliscos (¡como si necesitáramos semejante cosa en esta ciudad!) para después regresar y decir con toda la desfachatez del mundo que "no es un proyecto viable" Lo que no es viable - remató-  es que ese sinvergüenza ahora quiera reelegirse ¡Jodás! 

Sin entender por qué, ella se bajó del autobús en el mismo lugar que él lo hizo. Le siguió de cerca por unas dos cuadras y cuando reunió el valor le tocó el hombro. Él se volteó esperando la típica pregunta de quien busca desesperadamente una dirección. Ella suspiró.

- ¿Es  verdad lo del obelisco? 

***

Nadie maneja la técnica del vibrato como B.B King, y nadie maneja la lengua cómo él, maldita sea, pensaba ella mientras sentía que morirse justo en ese instante no solo estaría bien si no que además sería lo adecuado, despedirse con la sensación de que después de todo el mundo no puede ser una mierda cuando su cuerpo es capaz de emitir esos chispazos abrumadores. Y ahora viene su parte favorita, cuando él introduce un dedo, solo uno, suavemente, y le da vida, un ritmo que solo él conoce, que él se inventó para ella, que la lleva a ese mundo mejor que le prometieron, a la tierra de leche y miel y excesos y sudores y espasmos y contracciones y vibrato, oh sí, vibrato por siempre y para siempre. Vibrato con maestría, como nadie más lo sabe hacer.

Cuando todo se empieza a calmar, ella le mira entre agradecida y excitada. Le empuja de manera juguetona y se pone sobre él, acariciando su miembro. Es mi turno - le dice ella - y entonces él recuesta la cabeza y se dispone, pacientemente, a reclamar su recompensa.

En la radio el noticiero interrumpe la trasmisión para anunciar, de última hora, que según los resultados oficiales el alcalde de la capital acaba de quedar reelecto gracias al voto de una minoría que continúa sin conocer el hastío.