domingo, 26 de abril de 2015

Enchilada de papa

Yo sabía que tenía que estar complemente roto por dentro porque no sentía absolutamente nada. En primer lugar, la embestida del camión fue brutal (ni el chofer me vio a mí ni yo lo vi venir a él). Segundo: había sangre por todas partes, había caras de gentes con los ojos bien abiertos sin poder explicarse cómo era que aún estaba vivo, había partes de mi cuerpo en posiciones inverosímiles, como si todo yo fuera un saco desgarrado. Pero no sentía nada, era como si me hubieran desconectado los sentidos. No había zumbidos, ni cosquillas, ni dolor, ni nada. Aún no sé porqué pero casi inmediatamente me empeñé en tratar de averiguar adónde habría ido a parar la enchilada de papa que acababa de comprar. Eso era quizás lo más estúpido de todo, estaba yo ahí tirado, un despojo de carne y huesos, poco menos que un hálito de vida, y solo pensaba en la enchilada, la que acababa de comprar aún calientita, con la que incluso había soñado esa mañana antes de despertar, la que me sirvieron con un par de servilletas y una sonrisa. Ni una señal de ella, habría ido a parar a una alcantarilla, al hocico de un perro o a las manos de algún indigente.

Me sirvió de consuelo, tonto por lo demás pero consuelo al fin, el que la dependiente de la panadería de la esquina le gritara a sus compañeras con un terror muy honesto (la misma franqueza con la que reparte sonrisas, probablemente): "¡atropellaron al muchacho guapo!". 

martes, 17 de febrero de 2015

Comida china después de las once.

-Te dejo porque nunca tenes sueños raros.

Vielka ya no pudo ignorarlo más. Se había blindado contra los intentos de Vladimir por eliminarla de su vida, pero esto era algo nuevo. Un arpón ridículo y casi minúsculo, pero nuevo. 

-Veni, pidamos algo de comer - dijo ella, mientras miraba con esfuerzo la pantalla del celular. No conocía de memoria el teléfono de ningún restaurante. Tomó el directorio telefónico de la repisa, comenzó a fingir que buscaba algo. Vladimir no se sentó, quedó de pie y rígido como un principiante en su primer paseo en bicicleta. 

Nunca había hecho eso, siempre se sentaba. Vielka comenzó a pellizcarse las yemas de los dedos. Odiaba el estrés previo a los intentos de fuga de su "Vladi".

- Vos creés que no hablo en serio. Pero me voy, Vi. 

Ella estaba marcando números, reales, pero nadie atendía el teléfono. 

- Es imposible conseguir comida china en esta ciudad después de las once. Seguimos siendo una aldea - dijo buscando los párpados de él. Estaban relajados, se movían con mecánica imprecisa, pero relajados. Siguió pellizcando. 

- La otra noche me llegó de repente. Vos me contás un sueño y es como si me estuvieras contando lo que te pasó durante el día. Tu cabeza está ausente de sobresaltos emocionales, ni siquiera es capaz de tejer historias ridículas cuando estás dormida. Por eso me voy, tenés el cerebro en hibernación - Vladimir estaba siendo deliberadamente cruel. Vielka marcó el último número de la lista.

- Después mando por mis cosas. Los libros de historia del arte dejátelos, no los quiero. 

Él salió arrastrando los pies. Daba la impresión de querer dar una última oportunidad de hablar a su contendiente. Cerró la puerta apagando la breve ilusión de noche fresca que había invadido el apartamento. No se oyeron sus pasos en la calle. 

Al otro lado del teléfono alguien hacía esfuerzos por articular en castellano. Vielka atinó a soltar palabras que ya no eran más que simples reflejos.

- Un entero de arroz cantonés de la casa, por favor. Sin pan.

La respuesta era ensayada, sucinta, pero clara: no había servicio a domicilio a esa hora. Tendría que ir a recoger la orden, le explicaron. 

- ¡Me cago en la aldea! - Gritó. Cortó la llamada. Dejó de pellizcarse. Soltó una risotada amarga. Ahora tenía dos problemas. Vladi se había largado.

Y en verdad tenía mucha hambre. 


Introducción a la cultura Beatle

En este país no existe persona con el nivel de conocimiento que tiene Marta sobre la música de los Beatles, y eso es algo que nadie podrí...