miércoles, 10 de diciembre de 2014

Como los pasillos de Kubrick


En las mañanas a veces me pasa que abro los ojos y vos estás durmiendo ahí, junto a mí, y te veo. Te veo bien, enterita, con tu cara de laguna plácida. Sí, te veo bien, pero no sé quién sos, no te reconozco. Elongada, misteriosa, profunda. Sos como esos pasillos de las películas de Kubrick que la cámara recorre lentamente mientras se va construyendo el suspenso o la angustia: Nunca se sabe qué hay al final.  A decir verdad, en momentos así nunca se sabe que hay ni al inicio, ni a la mitad del recorrido. Sos una extraña durmiendo junto a mí, a medio vestir, con el cabello alborotado y una curiosa semisonrisa dibujada en tus cejas arqueadas. Estás en mi cama –nuestra cama- y cambiás de posición para evitar el escrutinio del leve rayo de sol que sobrepasa la barrera de las cortinas, pero yo no entiendo tus movimientos ni conozco su raíz. Olvido todo: el color de tus ojos, el sonido de tu voz, el tono de tu risa. No recuerdo dónde nos conocimos y no entiendo qué hacés aquí, tan apropiada de este espacio, tan dueña de la mitad de este país llamado habitación.

No sé quién sos.

Trato de adivinar adónde llevan esos pliegues de piel que se forman cerca de tus rodillas, pero me desconcentra el poder de tu implacable anonimato.

Entonces cierro los ojos fuertemente por unos segundos, y cuando los abro de nuevo, ya sos vos otra vez. 

domingo, 7 de septiembre de 2014

Crónica de un viajecito a New York

Día 1: Welcome to the jungle. Madrugar importa poco cuando se trata de tomar un vuelo que lo va a llevar a uno directamente a la ciudad "que nunca duerme". A las 8.30am ya estoy en el aeropuerto Laguardia esperando el shuttle que por solo $13 me va a llevar directo a la Grand Central Terminal, en donde voy a encontrarme con mi amigo Brett (que está de vuelta en New York tratando de hacer carrera como cineasta) en algún punto de la mañana, siempre y cuando él logre vencer la fuerza de gravedad de la cama. No me importan los posibles atrasos, porque media hora de viaje después, desciendo en el puro centro de Manhattan, ahí donde se han grabado tantas películas que amo y lugar sobre el cual se han escrito tantos libros que atesoro. Esto es, en efecto, una jungla, siendo la Grand Central una pequeña muestra: gentes de todos los colores, razas y orígenes, gente de distintas extractos sociales, turistas  en masa y despreocupados, newyorquinos amargados... Y uno los entiende un poco, porque en medio de la estación cientos de personas se toman una y otra vez la misma fotografía frente al reloj con cristales de Tiffany mientras otra gente corre para no perder el tren a última hora. Pero es que es difícil no subirse a uno de los balcones (que ahora están secuestrados por una gigantesca tienda Apple) y admirar la impresionante belleza arquitectónica del lugar, la magnifica luz que entra a todas horas, los tantos años de historia que saltan a la vista. Luego de satisfacer mi curiosidad (y matar el hambre) compro una copia de The New Yorker para aprovechar el tiempo de espera. Un par de horas después, Brett llega con una gran maleta. Está en medio de todo el enredo para cambiarse a un nuevo apartamento, cosa que no es ni sencilla ni barata en New York. La tasa de desocupación, según me cuenta, es de un increíble 1%, y los precios son elevadísimos para el tamaño y el acceso a servicios. Pero él ya encontró uno y ahora lo voy a acompañar a algún lugar en Long Island para que pueda cerrar la transacción. Nos vamos hacia Penn Station y ahí nos tomamos una merecida cerveza para ponernos al día y esperar el Ferrocaril de Long Island, que nos llevará hacia la estación de New Hyde Park, camino que aprovecho para admirar la monstruosidad de este sistema de trenes que opera con increíble eficacia y puntualidad. En el lugar Brett se encuentra con un tipo al que nunca le logro ver la cara mientras yo me quedo "haciendo guardia" a la distancia, y entonces me digo que sí, que definitivamente esto es alguna película de Scorsese y que a mí solo me falta el traje entero y los lentes oscuros. 

Como el apartamento aún no está listo, nos vamos a quedar en un lugar en Harlem entre la Avenida Asterdam y la calle 125. Ahí encontramos a Olu, un senegalés dueño del apartamento y quien dice ser fotógrafo "entre otras cosas". No sé que serán esas otras cosas, pero tiene un par de reflectores gigantes apuntando hacia el sofá de la sala. Con algunas de sus recomendaciones salimos a explorar Harlem en busca de algo qué comer. Qué lugar maravilloso. Entre los retumbos del Teatro Apollo, la gente bulliciosa con camisetas de Martin Luther King o Malcolm X y los estudiantes de la Universidad de Columbia no sabe uno para dónde mirar. Finalmente comemos en un Deli atendido por mexicanos, con cierto aire al deli de Seinfeld, y Brett me ofrece ir al original donde se grababa la serie pero yo le recuerdo la premisa de mi viaje: evitar en la medida de lo posible los lugares altamente turísticos (la cual llegaré a irrespetar un 60% del tiempo). Pero primero lo primero: aprovechar las noches gratuitas en el Metropolitan Museum of Art (que no son tales porque en realidad te sugieren un precio de entrada como donación). Pero hay que ser honestos: no se le puede poner precio a semejante colección que abarca trabajos de Picasso, Rembrandt, El Greco, Manet... es imposible verlo todo y sin embargo siente uno que acaba de descubrir demasiadas cosas sobre la vida. En el apartamento recargamos energía para luego salir a explorar la vida nocturna de Manhattan, otra gran jungla: bares, restaurantes y comercios de todo tipo, abiertos hasta altas horas de la madrugada. Culminamos la noche en un Speakeasy (bar "secreto") que sirve comida marroquí.

Sí, definitivamente estoy en New York. 


Día 2: Aquí no hay desayuno. Nos levantamos tarde y mientras me suenan las tripas recuerdo que  aquí no se desayuna, si no que se toma el brunch. No se atreva el turista imprudente a tomarse esto a la ligera: acá esto es toda una institución. Como dice el dicho "when in Rome...", así que ignoro el hambre atroz y aguardo pacientemente. En Amsterdam Avenue encontramos The Kitchnette, acogedor lugarcito que está repleto y con justa razón: la comida es absolutamente increíble, el servicio es el mejor y los precios son razonables. Encima el capuccino es gigantesco y delicioso.


Mas tarde tomamos el tren hacia Bronxville, zona de suburbios situada a unos 24 kilómetros de Manhattan. Aquí es donde se encuentra el nuevo apartamento de Brett. Ademas encontramos a Sarah, pareja de mi amigo y quien le ha ayudado incansablemente en estos últimos días. Sarah es estudiante de escritura en ficción en el Sarah Lawrence College, no muy lejos de ahí. Es nacida en Jordania pero también tiene nacionalidad canadiense y comparte conmigo el amor incondicional por Montréal, donde ella también vivió por un tiempo.  Los tres nos tomamos un café mientras hablamos de los montréalais y de buenas películas.

Nos devolvemos a la ciudad porque gracias a una sugerencia de Sarah logramos conseguir tiquetes para un espectáculo de Off Broadway llamado "Drunk Shakespeare", en el que un grupo de actores improvisa textos de Shakespeare mientras uno de ellos está (realmente) borracho. La función ocurre en un bar y el show es sumamente interactivo con la audiencia. El resultado es entretenimiento puro. Ver un show de Off Broadway siempre estuvo en mi lista de cosas por hacer, así que para mí la noche ya alcanzó su apogeo. Sin embargo, de aquí nos vamos para un bar karaoke (placer culposo de Brett) en donde los parroquianos son de las mas variadas procedencias: unas chicas pasadas de peso celebrando una despedida de soltera, dos hermanos latinos que al parecer suelen cantar en bodas, y un grupo de amigos celebrando un cumpleaños. Entre ellos está Samantha, una chica de Brooklyn que es dibujante y ademas siempre está ávida por mostrar su tatuaje de Superwoman. Yo la escucho hablar mientras me niego a seguir pagando $1 por canción ¿que acaso no les basta con que uno esté consumiendo? Y bueno, es New York. Aquí por todo te cobran. De vuelta hacia el apartamento el taxista trata de evitar el trafico y yo algo atónito consulto el reloj. Las 4 de la mañana. Son las 4 de la mañana y hay trafico pesado. No es que nadie duerme, es que aquí todos están siempre despiertos.

Día 3: los poetas muertos. Hoy estoy solo durante el día porque Brett tiene un compromiso junto a Sarah. Mi primer destino será Central Park, pero antes compro un café y un bagel para comer por el camino, porque es New York y bueno, hay que comerse un bagel. Una vez que se logra descifrar el sistema del subway es fácil trasladarse a casi cualquier parte. Además significa una experiencia cultural por sí sola, y es genial para ejercer el people watching que tanto me gusta. Central Park, por otra parte, es todo lo que se dice de él y aún más, una joya en el medio de la gran urbe que me atrapa por más de tres horas mientras camino por los senderos, encuentro artistas callejeros, admiro las edificaciones y leo las placas de dedicatoria en las bancas alrededor de todo el parque. Sí, hay miles de turistas, y sí, muchos usan los estúpidos carruajes tirados por sedientos y maltratados caballos (dan ganas de matarlos... a los turistas) pero no hay que dejar de visitarlo. Si uno sabe por dónde ir, encontrará a verdaderos newyorquinos leyendo, arrojando una pelota o simplemente haciendo la siesta sobre el césped sin que nadie les moleste.


Después me dirijo al High Line Park que según las múltiples reseñas en línea es un pecado negro no visitar si se está en New York. No hay duda: este es un parque público elevado, construido sobre las antiguas vías del ferrocarril y tiene un diseño vanguardista que respeta el entorno urbano mientras se destaca como un lugar de zonas verdes en medio de la ciudad, con importantes áreas de recreo y de esparcimiento. Es una idea genial y especialmente, bien ejecutada. La vista desde sus diversos puntos es impresionante. Cuando llego se avecina una tormenta y el río Hudson toma un aspecto sombrío que al mismo tiempo es arrebatador. Apenas unos minutos después cae un aguacero de fin de mundo y yo aprovecho para comer unos tacos y hablar con Bill Peaks, diseñador que desde hace más de 20 años tiene su propio negocio de camisetas y que ahora tiene su puesto aquí en High Line. Es un vendedor entusiasta pero eso no influye en mí: desde hace rato había decidido comprarle la camiseta con la silueta roja de Dizzy Gillespie. La lluvia aunque fuerte resulta pasajera y logro terminar el recorrido del parque, del cual desciendo para explorar un poco las calles del distrito de Chelsea. Aquí las cuadras son inusualmente largas lo cual no es bueno para un pobre turista como yo que ya lleva en promedio seis horas caminando, pero se compensa con la gran cantidad de galerías de arte que se pueden encontrar en casi cada esquina. Solo entro a una, sin embargo, porque mis pies me piden a gritos volver al apartamento y ponerlos en alto. La Stray Kat Gallery es bastante llamativa porque solía ser una planta para empacar carne y ahora muestra los trabajos de los artistas Stella Michaels y Zane Fix, entre otros.  

En la noche siento que todo me duele, en especial los pies, las rodillas, la espalda... y sí, estaré viejo pero aún queda una ultima visita antes de que se acabe el día. Ya con Brett de vuelta nos vamos hacia el Dead Poet Bar, justo sobre la avenida Amsterdam. Lo que me atrajo son sus signature drinks, cócteles diseñados para honrar a poetas clásicos ya muertos. Lo mejor son sus descripciones:

John Keats ($10.00)
Known especially for his sensuous descriptions of the beauty of nature, his poetry also resonated with deep philosophic questions. Feel free to philosophize the meaning of life while you enjoy a tall glass full of vodka, Southern Comfort, amaretto, sloe gin, triple sec, lime juice and orange juice

Yo me pido un Pablo Neruda, sangria hecha a base de ron con especias, vino blanco y jugo de frutas. No recuerdo qué ordenó Brett, solo se que no pudo tomarse aquella extraña combinación que contenía absenta, entre otras cosas diabólicas. No es tan joven la noche cuando regresamos a Harlem.

Dia 4: New York te puede matar. Es mi ultimo día acá y mis fuerzas están minadas. Pero aún queda mucho por ver. Nos vamos hacia West Village, un barrio con aires bohemios en donde tomamos el brunch para luego perdernos terriblemente por las calles pequeñitas y sus locas intersecciones. Brett tiene que volver para mostrar el apartamento a un posible roommate así que mientras tanto yo me voy a recorrer el Hudson River Park en donde decenas de personas aprovechan el feriado y los últimos días de verano. Me desvío un momento del parque para conocer el barrio de TriBeCa, famoso por sus múltiples restaurantes y por el festival de cine creado por Robert De Niro. Se nota que es un lugar que está en auge. En Chambers St tomo el metro que me llevará a cruzar hacia Broklyn Heights, desde donde planeo comenzar mi recorrido por el puente de Brokyln. Decidí que este sería el lugar más turístico al que le dedicaría buena parte de mi tiempo (culpen a Woody Allen por hacer "Manhattan"). Aquí los visitantes también compiten por espacio con enojados newyorquinos en bicicleta, pero al fin y al cabo todo se mantiene bajo control. Ambas, estructura y vista, son impresionantes y no es de extrañar que exista tanto flujo de personas durante todo el año. Cruzo el puente de un lado a otro y para este punto ya mis pies están llenos de ampollas (malditas converse, solo a mí se me ocurre), además estoy severamente deshidratado porque la humedad hoy es asesina. Me voy a tomar el metro para encontrarme con Brett y Sarah, pero más importante aún, para sentarme un rato y olvidarme por un instante de que tengo pies.


Sarah quiere comer y a mí tampoco me caería mal, así que caminamos para buscar un lugar de comida turca que encontramos, después de tres dolorosas cuadras, cerrado a causa del feriado. No importa ¿esto es New York, cierto? Caminamos más, otro restaurante turco: cerrado. Comida brasileña: descartada. Comida china: descartada por ahora. Italiana: Nope. Finalmente, comida mexicana, la cual Sarah nunca ha probado: no se diga más. Solo que este lugar es mexicano-colombiano, y la comida es básicamente horrible y nos hace eruptar burritos por horas. Suele suceder. La siguiente parada es mi idea, sobre la cual estoy muy emocionado. Nos vamos hacia el SoHo, en donde se encuentra la librería-café Housing Works. Este lugar es increíble: vende libros usados que han sido donados por distintas personas, y es operada por una fundación que utiliza todas las ganancias para combatir el HIV y la indigencia. Además tiene una cafetería en donde uno se puede sentar por horas a hojear libros o tomarse un café o conversar por largas horas sin que nadie le moleste. Y luego libros, libros y más libros. Me quiero quedar a vivir aquí. Hay ediciones bellísimas como "the rime of he ancient mariner" ilustrado por Gustav Doré, o antologías de poetisas japonesas y sus haikus. Debido a mi limitado presupuesto, sin embargo, me decido por una antología de cuentos editada por The New Yorker con escritores "cuyo trabajo permitirá definir el futuro de las letras estadounidenses". Brett encuentra algo de un poeta gringo y Sarah un libro de Stan Lee sobre el arte de escribir comics. Para mí lo mas importante fue haber donado una copia de mi libro, y fantasear con todos los posibles caminos que va a seguir de ahora en adelante y con todas las manos en las que puede acabar.

Luego no sé qué fuerza sobrehumana me hace seguir caminando junto a mis acompañantes. A este punto realmente siento que estoy mas allá de mis límites, que debería detenerme y dejarme caer ahí justo donde estoy en ese momento y cortarme los pies con un tenedor. Pero sigo porque me digo que tengo que aprovechar esta ciudad al máximo y que no sé si algún día voy a volver. Y creo que ahí esta el encanto de este lugar. New York es como esas relaciones que uno sabe que lo pueden matar y que sin embargo no puede terminar. New York despierta una atracción fatal. Le andamos de cerquita al barrio chino, a Little Italy y al Empire State pero yo les recuerdo a mis amigos mi necesidad de evitarlos por ahora. Con verlos de lejitos me basta. Tal vez debido al cansancio emito improperios dirigidos a los turistas que pasan en unos buses grandotes y sin techo, "admirando" la ciudad. Idiotas: no saben que acá se viene a dejar sangre, sudor y lágrimas.

El final de la noche viene conmigo comprando unas sandalias horribles en una tienda de regalos cerca de Times Square, pero era eso o abandonar el barco. Después de comer un postre (por aquello de la baja de presión) logramos encontrar boletos para un show de Stand Up Comedy que resulta genial para culminar el viaje. Amigos, tragos, risas. En el apartamento nos despedimos con un gran abrazo y la promesa de una visita recíproca, mientras yo pienso que solo tendré unas dos horas de sueño antes de que el taxi llegue por mí para llevarme al aeropuerto. Sin embargo, y por mas abatido que esté, se me viene a la cabeza aquello que cantó Bob Dylan, aquello que decía algo así: When I leave New York, I’ll be standin’ on my feet...

viernes, 9 de mayo de 2014

La sed de los bomberos (fragmento)

I.


Tenía unos nueve u ocho años cuando escuché por primera vez sobre el lagrimal obstruido. No entendí en aquel momento, por supuesto, las implicaciones médicas ni las causas o consecuencias, pero me quedé fijada en la descripción (algo superflua) que contenía el reportaje televisivo: “Las lágrimas se salen de los ojos y resbalan por la mejilla, los ojos se llenan de lágrimas y se ve con dificultad, la persona se limpia constantemente”. De inmediato me asaltó la imagen de un ojo derramando lágrimas eternamente (así lo interpreté en aquel momento) y se adueñó de mí una tristeza pesadísima. Lloré por tres días seguidos. Mis papás estaban tan preocupados que intentaron encontrar una solución consultando a dos médicos distintos, pero el diagnóstico no llegaba a consumarse. Antes bien los doctores con su dejo de prepotencia hacían comentarios solapados sobre la incapacidad cada vez más creciente de los padres modernos para controlar a sus hijos caprichosos (entendí el significado de esos comentarios hace apenas unos años). Cuando irremediablemente surgía la pregunta “Ani ¿qué te pasa?” yo respondía con más llanto porque era mi única forma de ilustrar lo que estaba experimentando. La imagen del lagrimal lesionado me daba la sensación de infinita tristeza, pensaba en personas perpetuamente desoladas, sufriendo de una amargura inacabable, inextinguible, sin nada que pudiera devolverles al menos un ratito de alegría, visualizaba las lágrimas como obstinados mosquitos, legiones de obstinados mosquitos lanzándose sobre la piel de una persona para inyectarle toneladas de tormento. Durante esos tres días, perdí todas las ganas de vivir que puede llegar a acumular una persona en ocho o nueve años.

Ni papá ni mamá llegaron a conocer la razón de mi explosiva depresión. A la gente se le olvida esto pero incluso a esa edad una, siendo aún “mocosa”, tiene un cierto instinto de auto preservación que le hace protegerse de los adultos ocultándoles ciertas cosas que una sabe no podrían caber en sus cabezas. Cosas que inevitablemente activarían esa mirada condescendiente que todo infante odia, la del adulto omnipotente que siempre sabe lo que es bueno para una, la que reduce a la insignificancia cada universo rigurosamente fabricado por maquinarias incomprensibles. A la gente se le olvida, pero a mí no. Siempre me fuerzo a recordar a aquella versión mía de la llorona porque me hizo comprender que uno nunca entiende la vida de mejor manera que cuando es un niño...

lunes, 17 de marzo de 2014

El periodo azul

Fue Angie la que terminó de convencerme de que el periodo azul de Picasso no tenía ninguna influencia en el título del album de 1953 "Blue Period" de Miles Davis. Supongo que mis amigos ya comenzaban a preocuparse por mi nivel de obsesión con el tema y le rogaron a la siempre sucinta y very british Angie que me diera un sacudón mental, cosa para la cual ella siempre encontraba las palabras exactas. Reconoció que la casualidad era muy grande, pero de inmediato remató con el argumento de que mi confusión se debía probablemente a la denominación anglosajona (blue period en ambos casos). Además, sin espacio para la consideración, me aseguró que inventar misterios o relaciones espurias entre dos grandes artistas no me iba a devolver a Jazmín. Le agradecí su laconismo y la acompañé a la puerta mientras le aseguraba que tenía razón, que dejaría el tema para siempre.

Yo nunca hablaba de Jazmín para no molestar a mis amigos y ese día me di cuenta de que en realidad eso era lo que los tenía inconformes, el que yo me sumergiera por largas horas en la internet o en las bibliotecas públicas sin buscar verdadero apoyo, el que dedicara mi vida a una infructuosa búsqueda que me alejaba de hablar de mis sentimientos. Cuando uno está inmerso en algo así uno sabe que está obrando mal pero aún así evita detenerse porque sabe que hay una inmensidad de tristeza a la cual hacer frente, como en "los pobres a orillas del mar", de Picasso. Los tres individuos tienen las caras agachadas, y atribulados evitan voltear a ver el océano. Alguna mierda así.

No sé, me llamarán terco pero yo sí aprecio la experiencia que esta búsqueda trajo consigo. De cierta forma fue mi retribución hacia Jazmín, que nunca dejaba de hablar de los "maestros", como si de veras los hubiera conocido, como si hubiera estado ahí durante la severa depresión de uno o la adicción a la heroína del otro. En fin, era una de sus tantas cosas a las que, lo sé ahora, no les di la importancia debida. No era mi intención buscar redención, sigo sin creer en esas cosas. Más bien intentaba yo reconstruir esa atmósfera que ella siempre quiso compartirme y que yo consideré superficial o incluso caprichosa, aunque evidentemente tomé los caminos equivocados.

O tal vez no.

Es cierto, nunca logré encontrar la relación directa entre una cosa y la otra, pero sí descubrí que se complementaban perfectamente. Por ejemplo no me cuesta nada imaginar a la "mujer melancólica" sentada ahí junto a esa ventana escuchando "Blue Room" una y otra vez sin cansarse, consumida por el azul envolvente y la melodía sinuosa. Así como a menudo le ocurría a Jazmín, o incluso a mí tiempo después de su partida. Recuerdo que durante mi frenética investigación escuchaba "Bluing" sin parar, hasta que un día descubrí que al final de la pieza (hay que prestar mucha atención) Art Blakey sigue tocando a pesar de que los demás se han detenido y se puede escuchar a Miles decir "You know that ending man, let's do it again" y la verdad no lo volvieron a hacer, el LP quedó grabado de esa forma, con ese maravilloso testimonio de la improvisación artística, sin segundas oportunidades. Entonces era fácil imaginar a  Pablo decirle al tal Casagemas, su amigo querido "¿sabes qué viejo? ¿Ese final, en el que te matas? Intentemoslo de nuevo, de otra forma", pero no sucede así porque no se puede cambiar el pasado y además el periodo azul nunca habría existido y Jazmín no habría encontrado excusas para quedarse por horas contemplando "la sopa" mientras esperaba que el efecto de la sobredosis de pastillas fuera más fuerte que las ganas de escuchar la trompeta de Miles hacer estragos sobre el tocadiscos.