lunes, 23 de diciembre de 2013

Como los cameos de Hitchcock


Ya yo te había explicado lo que es un cameo, pero cómo cuesta con vos. Si no me ponés atención ¿cómo esperás que te pueda decir las cosas claramente? Ya sé que detestás mis analogías, no creás que no me doy cuenta. Pero entendélo, esta es mi manera de comunicarme, no conozco otra. Vos siempre lo has sabido.

Y bueno, va otra vez, te digo, al tipo le gustaba salir en todas sus películas, haciendo personajes pequeñísimos y casi insignificantes. Hay unos memorables como en life boat, donde sale en un anuncio del periódico… ¿Me entendés? A sus fans les fascina, se pasan escrutinando los filmes para detectar el momento en que aparece el maestro.

¿Te das cuenta ahora? Por eso te lo decía. Vos sos mi Hitchcock. Siempre has estado ahí, en todo momento, desde que nos conocimos chiquitillos en el barrio, cuando fuimos al cole juntos (que no me dabas pelota, por cierto). En las fiestas de reunión de los compas de quinto, en los matrimonios, en el entierro de los viejitos aquellos de la casa amarillo huevo que fallecieron uno después del otro, casi al mismo instante ¿Te acordás? Ese día fuimos por un café y hablamos como tres horas de ellos  y de lo bonito que sería morir así, junto a la persona que uno ama. Y que después yo te confesé que ese día había dicho un montón de culioladas solo porque la verdad me tenías loco desde hace tiempo, y vos te enojaste al principio pero luego te pareció lindo, y ahí fue donde comenzamos a salir y luego todo fue muy rápido, buscar este aparta, mudarnos juntos… Anoche nos dijimos cosas muy feas, lo sé, y entiendo porqué querés hacer lo que querés hacer.


Pero es que vos sos mi Hitchcock. Por eso no te podés ir.  

viernes, 20 de septiembre de 2013

Regina Spektor comiendo pollo frito en el bus.

No me jodan. Ustedes no saben lo que es estar muriéndose de hambre y llegar al final del día con tan solo mil colones en la bolsa, encima sabiendo que faltan unas dos horas para que el bus llegue a la casa. Eso es lo que tuve que haberles dicho; eso, levantarme, ir hacia sus asientos y decírselos. Pero no tuve fuerzas en ese momento: alguna pereza residual habrá sido. Aunque sí me les quedé viendo largo y tendido con algo de saña, par de mocosos pseudo-agrupados en sus pseudo-tribus urbanas. Desechos postmodernos de la falta de identidad, meros productos de la artificialidad de la internet. Se creen muy avant-garde con sus looks vintage, su musiquita indie, su apertura y su mentalidad progresista. Siempre me colman el salón de clase, se hunden en los pupitres y no sueltan el celular o la tablet (o ambos) viéndonos a todos los demás por encima del hombro, como en ese momento justamente en que se burlaban de la señora que hacía magia con la porción de pollo frito que había comprado en la parada. Cierto, aquello fue la multiplicación de las pechugas: Comía ella, su hijita de unos dos años y su otro hijo en esa edad que en las nuevas generaciones resulta tan molesta, esa que no es ni infancia ni adolescencia si no que es como algo robado, un agujero amargo, un árbol que cae en el bosque vacío. Pues eso, comían los tres a duros penas y sí, es cierto, gracias a las labores de repartición todo el bus olía a cocina descuidada de restaurante chino, y  sí, es cierto, yo también vi a la señora limpiarse la (excesiva) grasa del pollo con las cortinas del bus, y sí, también noté como el pre-adolescente masticaba ruidosamente con la boca abierta. Pero ¿y qué? ¿No es que son muy tolerantes, muy conscientes de la realidad social? Pero no, ahí estaba los dos mocosos, aspirantes a remedo de hispters, desperdicios de interacciones sinápticas, ahí estaban, burlándose de la pobre señora y de sus retoños. Ah, y encima ¡encima! los señores distinguidos venían escuchando música de su celular a todo volumen, algo que yo consideraba exclusivo de los descerebrados que se adscriben a esa basofia que llaman reggaetón. Regina Specktor. Eso sonaba (la conozco porque tengo una extraña fascinación con artistas de origen ruso que logran triunfar en el mercado norteamericano - es una larga historia). Ahora que lo pienso tal vez eso fue lo que me calmó un poco, la música. O el sueño. La música, el sueño, los resquicios de pereza. No sé.

Y luego pude haber cerrado los ojos inmediatamente pero en lugar de eso los dejé abiertos unos cuantos segundos más. Son de esos impulsos raros que tiene la vida, inexplicables para mí. Es una sútil traición de la voluntad, un desplante psíquico, una malacrianza sensorial. Llámese como se llame, pude presenciar cuando todo se salió de control: La señora del pollo estaba enfrascada con los últimos huesos. Fue tanto su afán por lograr una equidad en la repartición que al halar una parte de la otrora criatura viviente, un pedazo de la piel fue caer justo sobre el zapato izquierdo de uno de los muchachos. La piel era un derroche de grasa y resbaló lentamente, como una babosa cuando le tiran sal encima y decide arrastrarse para salvar su vida. La discusión arrancó de inmediato: el atacado con el misil grasiento estaba ofendidísimo y lanzaba improperios a la pobre señora, quien, enjuta, se debatía entre reírse o preocuparse por la reacción del muchacho. La niña estaba asustada y había dejado de comer. El pre-adolescente seguía masticando ruidosamente con la boca abierta, aunque más lentamente, con mirada calculadora. Mientras tanto la Spektor escuchaba voces en su cabeza y yo pensé en ella. La imaginé en un autobús allá en la lejana Moscú, no con nueve años apenas sin saber en qué rayos le afectaba la bendita perestroika, si no ya mayor, con sus treinta y tantos encima, y preocupada por no tener muchos rublos en la cartera, con el hambre rebotándole en los nervios, comiéndose una porción de pollo frito bajo la mirada estricta de los demás pasajeros, enjugando la grasa que le baja hasta los codos: Feliz. Así que me dio tanta rabia que me levanté y sí, lo hice, llegué hasta donde el tipo que se molestó por la interrupción de su desahogo, tomé con mis manos el trozo de piel de pollo y sí, se lo restregué en la cara como si estuviera borrando una respuesta incorrecta en un examen. Aquello fue la peor ofensa, el otro se me vino encima, la mayoría de los golpes mal calculados, zafarrancho total, escándalo. El olor a grasa reciclado más penetrante que nunca. Después lo que ustedes ya saben, el chofer (y luego la seguridad) me obligan a bajarme del bus, yo reclamo, que miren que es el último bus para el pueblo, que miren que yo me quedo tranquilo, que miren se estaba burlando de la señora, que miren ustedes son unos malparidos. Nada que hacer.

Logré que me vendieran la última porción de pollo que quedaba antes de que cerraran la parada.



sábado, 4 de mayo de 2013

Vencer a la muerte.

Lo que sigue es un intento de reconstrucción de las palabras pronunciadas por mí el pasado 9 de abril en la presentación del libro "Esdrújula es una palabra esdrújula".

Bien, quienes me conocen saben que soy un hombre de pocas palabras, así que seré breve... Gracias. Era broma. Como saben, siempre le aconsejan a uno abrir con un chiste. Eso sí, no recomiendo abrir con uno sobre terremotos si la sala está a reventar de gente...

Quiero agradecer a todos los que se han acercado hoy, es una bonita concurrencia. En especial a mí familia que hoy está acá adecuadamente representada. A mis padres, a quienes está dedicado por completo este libro. Mi madre fue una de las impulsoras de mi gusto por la lectura, desde muy temprana edad la veía leer vorazmente algunos de los grandes clásicos; libro que soltaba ella, libro que agarraba yo. Eso sí, me hizo leer la biblia, ni modo... No crean, disfruté los pasajes lujuriosos, los incestuosos no tanto. Mi padre también tiene culpa en esto porque guardaba en la casa algunas de sus viejas revistas de "El club de lectores". Recuerdo una en particular que traía una fotografía ilustrando una pequeña reseña de "El amante de Lady Chatterley". La foto era la de una mujer con las tetas al viento, una imagen que también me impulsó fuertemente a la lectura, para qué negarlo. Y bueno, nada tiene de malo, no es la primera vez que un hombre comienza a hacer algo apasionadamente por culpa de un par de tetas. 

Las gracias también a mis hermanos cuya admiración y respeto hacia mí es uno de los grandes motores en la vida para seguir trabajando, en especial a mi hermano Leandro que no ha podido estar acá por razones médicas. Es curioso cómo pasamos de quebrarnos el control remoto del tele en la cabeza a ser los mejores amigos. ¡Las que hemos pasado! Quiero agradecer a Rodrigo (Soto) por sus palabras de hace un rato y por todo el empuje que me ha dado siempre. A Rodrigo lo conocí por cosas fortuitas de la vida hace unos diez años, y desde entonces somos muy buenos compas. No saben lo increíblemente afortunado que me siento de haber tenido como mentor a mi escritor favorito. A Gustavo (Solórzano-Alfaro) por su gran trabajo de edición, a mi amigo Marcos, compañero de tertulia y uno de mis primeros lectores, a quien es difícil seguirle el ritmo con las birras, a todo el staff que trabajó en el corto (La paradoja del ron con coca), y en especial a los actores que hicieron un magnífico trabajo: van a ser estrellas; a Dennis y a la gente del Lobo Estepario por abrir su espacio para este tipo de actividades. Quiero agradecerle también a María, que está por acá. Esto quizás nunca se lo había dicho, pero el año pasado luego de un impasse la conocí y después de todas las aventuras que vivimos, volví a escribir de nuevo y con más fuerza. Y eso, sin importar lo que pase más adelante, se lo voy a agradecer infinitamente.

Como ya he hablado mucho, para terminar quería traer a colación al poeta griego Odysséas Elýtis. De joven, Odysséas fundó una fábrica de jabón junto a su hermano. Así es: una fábrica de jabón. Probablemente uno de los negocios más aburridos sobre la faz de la tierra. Y no solo eso, si no que también arrastra consigo todo el concepto de pulcritud y de lo inmaculado. Pero Odysséas no era un hombre que quería morir en el anonimato que encierra la manufactura a grandes de escalas de un producto que, en teoría, sirve para combatir la mugre humana. El hombre desarrolló el gusto por la literatura y se convirtió en uno de los más importantes poetas griegos, al punto de ganar el premio Nobel de Literatura en 1979. Su trabajo no lo conozco muy bien, pero una frase suya me cautivó por completo la primera vez que la leí. Dijo Odysséas: "Escribo para que la muerte no tenga la última palabra". Qué belleza. Lo que diré ahora quizás pueda parecer exagerado, pero yo lo atribuiría a esa ilusión de la primera vez. Tal vez los autores viejos como Rodrigo... ¡perdón! los autores experimentados han olvidado esa sensación, pero para los autores noveles creo que esa primera publicación tiene demasiada importancia, y es por eso que las palabras del poeta me resuenan: de cierta manera, un libro es como un legado para la humanidad. Más concretamente, este libro es mi legado para la humanidad. Estas páginas impresas representan mi manera de vencer a la muerte, porque estarán ahí luego de que yo me vaya e incluso luego de que mi descendencia (que viene por ahí en camino) haya desaparecido. Ese momento en que, como el poeta griego, cante yo "hacia un país lejano y sin pecado ahora marcho". Muchas gracias. 

jueves, 2 de mayo de 2013

Como la voz de la Bardot.



Te lo digo, todo mundo hablaba de sus bondades físicas. Que las piernas, que el culo de otro mundo, que las tetas sublimes. Un monumento de mujer, eso decían. Y bueno, yo lo sé porque mi papá siempre hablaba de ella, hasta el cansancio. A mí se me pegó la obsesión, no lo voy a negar. Cuando estaba chamaco mis compas del cole no entendían, ya sabés cómo cambia el ideal de belleza con el tiempo… En fin, me tiré todas sus películas gracias a la colección de papá. ¡Ja! Si supiera el viejo todo lo que influyó en mí para ser el cineasta frustrado dirige-comerciales-de-hamburguesas que soy ahora.

No sé si estaría orgulloso. Lo que sí sé es que todavía hablaríamos de la Bardot, y así como te lo digo a vos también se lo hubiera dicho a él: A mí lo que me encantaba era su voz. Sí, sí, esa voz, qué bárbara. Yo sé que no me creés, ni siquiera me lo tenés que decir, pero es muy cierto. Para mi ese era su mayor encanto. Por ejemplo, en “el desprecio” de Goddard, cuando llama a Paul – Paul, vien ici!- y el imbécil de Paul que iba, pero es que, decime vos, ¿quién se va a resistir a esos tonos como de flauta dulce? Ah, y después cuando a la tipa le dio por cantar ¡santísima! Como en aquella canción que no recuerdo el nombre pero que al final ella decía muy sugerente: plus fort, oh oui, plus fort!

Tu voz no es como la de la Bardot. Es más bien una convergencia de lo rasposo y lo chillón. Algo tenés de ella ¿sabés? El caminado grácil, los labios prominentes, la majestuosidad pretenciosa. Pero la voz, definitivamente no. Al principio no me importaba, pero con el tiempo me ha llegado a irritar mucho, especialmente cuando tenemos invitados y te da por hablar sin parar.

Y fue por eso que, anoche frente a todos, te mandé a callar.

lunes, 18 de marzo de 2013

"Siento que soy un ladrón de historias"

Entrevista al autor por Warren Ulloa Argüello, originalmente publicada en la Revista Literaria Literofilia

José Morales es psicólogo y actor, egresado del Teatro Giratablas, sin embargo la literatura lo ha seducido y lo confirma su micro relato, aparecido en la antología Joven Creación de relato 2012 de la Editorial Costa Rica, titulado “Como las miradas de De Niro”. Sella esa pasión el cuentario “Esdrújula es una palabra esdrújula” publicado por la Editorial Estatal a Distancia. Con este libro viene a engrosar la larga camada de jóvenes narradores que han publicado cuento y relato en los últimos años. Un debut promisorio sin duda alguna, por esa razón y porque vale la pena: “Las 5 abrebocas”, para conocer más de su nueva obra próxima a presentarse.

1. Siendo este su debut literario ¿Por qué optó hacerlo con un cuentario y no, como normalmente se da, un poemario?
Tengo muchos títulos de poesía en mi colección personal y la disfruto enormemente, pero nunca me he considerado un poeta. Me pasa como el personaje del cuento “Mujer-pasos-de-gato”, que se ve a sí mismo como un poeta fracasado. De cierta forma, ese personaje soy yo haciendo esa inocente confesión. Los escasos poemas que he escrito (tengo que admitirlo) han surgido más bien durante distintos momentos de mis relaciones de pareja (no pocas de ellas algo turbulentas. Bromeo. Un poco). Vos sabés que uno que tiene este gusanillo de la escritura siempre tiende a utilizar esa herramienta en sus intentos de conquista… O por ejemplo, que te convertís en una especie de Cyrano para tus amigos con la redacción de cartas melosas o la invención de poemas mal logrados copiados de la poca poesía que se lee en el colegio. Y bueno, todo eso fue durante mis años juveniles y aunque algunos de esos textos están por ahí en un cuaderno, jamás pensaría en ofender a los lectores de buen gusto con su publicación. Lo que sí puedo decir de la poesía es que ha tenido cierta influencia en mi estilo al narrar, especialmente a la hora de construir el clima para la colocación adecuada de eso que Carpentier llamó “las arrugas del estilo”: los adjetivos. Y esto lo digo porque a veces en mi proceso debo luchar contra las florituras que a decir verdad salen sobrando y pueden hacer el texto insoportable para el lector. Una tendencia que en mis primeros años como escritor en ciernes era muy fuerte. Pero la poesía me ayudó a encontrar la forma de no adjetivar sin necesidad, tal como lo sugirió el maestro Quiroga alguna vez. Y si bien puede que ese impulso aún no me abandone del todo, creo que he alcanzado una cierta madurez que me permite releer el texto que acabo de escribir y darme cuenta de estos adornos fútiles y buscar ser fiel a la verdad del personaje, que es una de mis puntos de partida. Entonces en resumen, y para contestar tu pregunta, me considero, en esencia, un narrador.

2. ¿Qué lo sedujo del género cuento para debutar?
Desde pequeño he tenido una fascinación por las historias en general, y no solo las que se leen sino también las que la gente transmite casualmente de manera oral. Y también desde pequeño se despertó mi admiración por la gente que tenía la capacidad de tomar esos relatos y ponerlos por escrito, despertando tantas emociones en uno como lector. Recuerdo que uno de mis libros favoritos siendo niño fue “Corazón” de Edmundo de Amicis, que incluso me hizo llorar y eso para mí en ese momento, un mocoso de 10 años, fue una experiencia muy fuerte que me marcó por completo. Aún conservo esa copia del libro con gran cariño. Y luego mi gusto se fue perfilando en la adolescencia conforme fui leyendo a los maestros usuales, Cortázar, Borges, Quiroga, el gran Augusto Monterroso, y en suelo nacional algunos autores como Alí Víquez, Alfonso Chase, Carmen Naranjo y de manera más notable y cercana, Rodrigo Soto, a quien le debo mucho de mi estilo. O al menos eso creo yo, espero no ofenderle (otra broma, él sabe de mi admiración y mi cariño).

Como artista siempre he tenido la necesidad de empaparme del mundo y por eso siento que soy un ladrón de historias. A menudo mucho de lo que escribo viene de esas experiencias tan increíbles que la gente tiene a diario y de las cuales yo no dudo en apropiarme sin remordimiento de conciencia. Y luego las condimento con mi propio influjo creativo. El género del cuento creo que me da la oportunidad de contar esas historias que a veces, por sí solas, son universos. Como cuentista hay que tener la capacidad de llevar al lector por la exploración de ese cosmos de manera que su atención esté fija de cabo a rabo, desde la primera frase hasta la última. Esto es un reto que disfruto montones, y que me hace nunca querer abandonar el género, si bien ya he comenzando con trabajos en otros ámbitos, como la dramaturgia, el guión cinematográfico y con bastante entusiasmo, mi primera novela.

3. Le pregunto con cierto guiño de malicia. ¿Influyó en algo Roberto Bolaño en “Esdrújula es una palabra esdrújula? Menciono a Roberto Bolaño porque ha influido gran parte de los jóvenes escritores.
De Roberto Bolaño, personalmente, admiro ese desenfado que tenía al escribir. Me explico: a veces uno lee ciertos autores y nota que mucho de su trabajo es forzado, como cuando en esos juegos de estimulación temprana para niños, uno trata de calzar una pieza circular en un espacio rectangular. Digo, ignoro si el proceso de Bolaño era así de fluido, pero al menos eso es lo que se percibe (y su inmenso trabajo parece dejar constancia de ello). Aparte de eso quizás en mis más recientes trabajos sí exista cierta influencia sobre todo en el manejo de la estructura narrativa, pero al menos en este libro eso se nota muy poco.

4. Los relatos siguen la línea del realismo ¿Qué lo motivó a explorar la realidad y tomarla como motivo literario?
Como te dije antes, a mí me gusta apropiarme de la realidad. Y creo que tiene tantas aristas y posibilidades que el material simplemente es inagotable ¿Por qué? Porque nuestra realidad constantemente se reinventa y lo más curioso es que lo hace sobre sí misma. Kirby Ferguson es un cineasta basado en New York y autor del interesante documental “Everything is a remix”, que explora esta idea de cómo las referencias culturales se entrecruzan: la música, el cine, la literatura. Ideas que ya habían sido abordadas también por Joseph Campbell en sus trabajos sobre mitología comparada, o incluso con anterioridad por Vladimir Propp en la literatura folclórica rusa. Para mí todo esto es un tema, especialmente por lo que causa en la percepción de la gente. Por ejemplo cuando alguien ve una película y se cuestiona ¿dónde he visto esto antes? es cuando entra en juego este mecanismo, especialmente en tiempos donde la comunicación está tan globalizada, y descubrimos cómo las fórmulas que han tenido éxito en la industria del entretenimiento se siguen repitiendo una y otra vez.

Uno de mis personajes en un cuento aún inédito se hace esta pregunta: “¿Es la vida como las películas o son las películas como la vida?” Yo pienso que también se puede extrapolar esto a la literatura de corte realista ¿Hasta qué punto se ha llegado a fundir la ficción con nuestra realidad? Eso le da una riqueza excepcional. Y por otro lado está lo vertiginoso de la época actual en la que estamos expuestos al bombardeo mediático y nos enteramos de tantas cosas, realmente sorprendentes, que en algún otro momento podrían haber pasado desapercibidas. Como la historia que leí el otro día y que me cautivó, sobre un anónimo que en Alemania dejaba sobres con dinero (hasta 10 mil euros) en la puerta de las casas de personas necesitadas cuyas historias habían aparecido en el periódico local. Vos decime si eso no es el argumento para una excelente novela.

5. Es usted actor y productor teatral, asumo que las estructuras del teatro de alguna forma le dieron herramientas para escribir sus cuentos.
Son estructuras distintas, pero en algunos cuentos creo que sí, que esto salta a la vista. En general, me gusta que lo que escribo tenga la capacidad de ser sujeto a representación, y tiendo a tejer las historias con un dinamismo que, creo, lo facilita. Por ejemplo ahora estamos produciendo un cortometraje basado en uno de los cuentos del libro y para mí escribir el guión para el corto resultó tanto divertido como increíblemente sencillo. Además está por supuesto el conocimiento del trabajo de grandes maestros, como Brecht y su estética, por citar alguno, que me da herramientas para la elaboración de los textos.

NOTA: El libro tiene un precio de 2650 colones y se puede conseguir en Libros Duluoz (barrio Amón), en la Librería Universitaria de la Universidad de Costa Rica (San Pedro de Montes de Oca), en las librerías de la UNED en todo el país y además en línea en la página de la Librería Legado.

lunes, 11 de febrero de 2013

Aroma de asesino*

*(Adelanto del libro "Esdrújula es una palabra esdrújula". EUNED, 2013).

Fue muy confuso y doloroso el episodio que marcó nuestro primer encuentro. No sé cómo e ignoro aún por qué él había llegado hasta ese refugio de cartón que nuestra madre había encontrado en medio de aquel charral abandonado. Ahí a duras penas ella nos alimentaba a mis dos hermanos y a mí con lo que podía conseguir. El muy salvaje nos había encontrado y reclamando un espacio que aseguraba como suyo, actuó con violencia extrema sin la más mínima consideración. Primero la emprendió a patadas contra mi madre. Tres golpes secos sobre su estómago fueron suficientes, la pobre estaba tan débil que no pudo soportar un ataque tan bestial: ahí quedó tendida sobre el suelo mientras mis hermanos cerca de ella lloriqueaban impotentes y yo, escondido tras una de las paredes de cartón, miraba aterrado la escena. Luego el homicida la emprendió a machetazos sobre los cuerpos de mis hermanos, que poco pudieron hacer. Quedaron derrotados en el suelo en medio de un baño de sangre. Con satisfacción en sus gestos el hombre se retiró, mientras yo en medio de mi desenfreno de horror fui incapaz de recordar su cara. Pero su olor, ese sí que se me quedó grabado. Era un olor penetrante, ácido, corrosivo. Era el olor del asesino.

 Fue difícil armarme de valor para salir de mi escondite y dejar aquella escena de espanto. A mi corta edad tuve que enfrentarme al asesinato de mi familia y luego a la cruda realidad de la calle. No sabía yo nada de esta, y eso me costó sufrimientos extremos durante los primeros años. Especialmente el hambre era algo horrible, inimaginable. Fue más el instinto que otra cosa el que me ayudó a descubrir que dentro de las bolsas de basura podía encontrar algo de comer. No siempre en buen estado, nunca de la mejor calidad, pero comida al fin y al cabo. Con el tiempo aprendí observando a otros también destinados a la calle el delicado arte de mendigar por alguna cosa medianamente comestible.

Después supe encontrar un nuevo refugio donde ponerme a salvo de los aguaceros y del frío de la noche. Regresando ahí uno de tantos días lo encontré por segunda vez. Su rostro aún lo veía borroso pero su olor sí que era inconfundible: penetrante, ácido, corrosivo. No cabía duda de que era él. Sentí tanta rabia, primero por todo lo que el malnacido había hecho y segundo porque el tiempo no había hecho justicia. En la ingenuidad de mis primeros años yo pensaba que alguien capaz de asesinar a sangre fría debía pagar en vida por su crimen. Pero no, ahí estaba el hombre que me había dejado sin familia, saludable, feliz, vivo aún. Todo dentro de mí vibró en un ataque de cólera repentino, y a pesar de saberme en desventaja por mi corta edad y mi tamaño quise perseguirlo y hacerle pagar, con la mala fortuna de que un automóvil me golpeó mientras atravesaba la calle. En medio de la confusión y este nuevo dolor lo perdí de vista. Se había alejado para continuar su vida vacía de arrepentimiento.
 
Desde aquel episodio renqueo y probablemente hace mucho habría muerto de no ser por el compañero que el destino me puso en el camino. Pasé varios días en mi refugio entregado al sufrimiento de los golpes por el atropello, hasta que quien se convertiría en mi socio de la calle se apareció, buscando también un lugar para guarecerse. En mi debilidad era incapaz de defender mi espacio así que se instaló mientras yo presentía lo peor. Pero no sucedió nada terrible, antes bien, cada día mi nuevo acompañante me llevaba algo de comer de lo que podía conseguir en las calles. Más que la comida, lo que me ayudó en la recuperación fue la fortaleza de aquel buen gesto. 

Comenzamos a patrullar juntos las calles en una sociedad que nos daba buenos resultados. Así pasaron los años hasta que fortalecidos por la edad y por el crecimiento de nuestros cuerpos decidimos ampliar nuestro radio de acción en busca de mejores condiciones y, sobre todo, más lugares donde conseguir comida.

Fue en una de estas expediciones cuando lo encontré por tercera y última vez.

No había cambiado mucho, no podía existir manera en que el muy desgraciado pudiera disfrazar su horripilante olor: penetrante, ácido, corrosivo. Exploté internamente de nuevo, pero esta vez la madurez me permitió actuar con mente calculadora. Evalué mi situación: ya había alcanzado un tamaño considerable así que la lucha sería pareja. No había muchos automóviles cerca puesto que era una calle poco transitada. Y sobre todo, el tipo estaba desprevenido, con la guardia baja. Justo como lo quería encontrar. Mi compañero intuyó la bronca y se retiró despacio, sin chistar. Esto no le concernía. Arrastró sus cuatro patas lo más lejos y lo más rápido posible.

Yo por mi parte emprendí la carrera y ni siquiera ladré para avisar de mi ataque. Salté lo más alto que pude y hundí mis colmillos gastados en su cuello, que se iba desangrando mientras la gente alrededor gritaba desesperada que se lo quiten, que le quiten a ese perro de encima, que lo está matando.

sábado, 2 de febrero de 2013

Periplo con bacinilla

Pocas son las cosas que uno puede recordar de su infancia temprana. Y cuando se logran evocar, curiosamente aparecen como en medio de ese tratamiento que en las series de comedia estadounidenses se le da a las escenas sobre sueños. Ya saben, envueltas en una especie de niebla, con los sonidos algo lejanos, las imágenes ligeramente difusas.
 
De todo lo que me pudo haber sucedido cuando tenía dos años, solo hay una cosa que no ha evadido mi memoria por completo. Llega, eso sí, como una colección de hechos inconexos, conjuntados por extraños fade in-fade outs de cámara, envueltos en niebla. Los sonidos lejanos, las imágenes difusas. Primero, mi papá me regaña con dureza (por alguna razón imposible de ubicar). Luego su espalda (tan solo la espalda) mientras sale de su propia habitación, donde yo estoy tirado en la cama de mis padres, boca abajo, gimoteando, completamente resentido. A continuación una imagen fuerte (que extrañamente veo desde fuera de mí): gestos de resolución en un niño pequeño, de escasos dos años, gestos que lo hacen levantarse intempestivamente, acompañado de una decisión que está muy por encima de su madurez emocional. El pequeño, rebelde con menos de un metro de altura, decide huir de su casa. Pero no lo hace con sus manos vacías: Va a su cuarto y toma lo que inexplicablemente ve como la única posesión que necesita para iniciar su periplo, su propia lanza en astillero. Así es, el niño saca de debajo de su cama... una bacinilla. Roja. Sin ningún contenido (valga la aclaración).
 
Y corre, huye de su casa, con el enojo como su escudo de armas. Pero no llega lejos. No puede, porque a los dos años el mundo es inmensamente incomprensible, inexplorado, hostil. Reconoce la pulpería de la esquina, y se sienta en la banca de madera que está afuera del establecimiento. Y ya no sabe hacia dónde ir y mucho menos cómo volver a casa, y el miedo se le pega como el polvo que el viento levanta en aquellas calles sin pavimento. Comienza a llorar amargamente, aferrado aún a la bacinilla, convencido de haber cometido un gran error pero al mismo tiempo sin saber exactamente qué es esa punzante sensación que le abruma, ni qué son esos gigantes que lo golpean como con aspas, una y otra vez.
 
No sé si la gente que se encontraba en el abastecedor reaccionó de alguna forma a mi llanto nada sutil, porque como emergiendo de la nada apareció mi papá, muerto de risa. En realidad me había estado siguiendo todo el tiempo, entre la curiosidad y el sentido de protección paternal. Aún riendo a más no poder me tomó en sus brazos y me llevó de vuelta. Yo me pegué a su cuerpo para sacarme de encima el terror, mientras cuidaba que la bacinilla no resbalara de mi mano. Nunca más volví a huir de casa.
 
No podría yo elaborar sobre qué nivel simbólico le otorgaba mi psique a aquel instrumento comúnmente visto con malos ojos (después de todo, es el recipiente para las más asquerosas deposiciones humanas). Pero puedo afirmar que la experiencia me marcó fuertemente para el resto de la vida, y me enseñó que, a veces, cuando uno pierde el camino, siempre hay algo a qué aferrarse, y siempre hay alguien querido dispuesto a llevarte a casa.