sábado, 4 de mayo de 2013

Vencer a la muerte.

Lo que sigue es un intento de reconstrucción de las palabras pronunciadas por mí el pasado 9 de abril en la presentación del libro "Esdrújula es una palabra esdrújula".

Bien, quienes me conocen saben que soy un hombre de pocas palabras, así que seré breve... Gracias. Era broma. Como saben, siempre le aconsejan a uno abrir con un chiste. Eso sí, no recomiendo abrir con uno sobre terremotos si la sala está a reventar de gente...

Quiero agradecer a todos los que se han acercado hoy, es una bonita concurrencia. En especial a mí familia que hoy está acá adecuadamente representada. A mis padres, a quienes está dedicado por completo este libro. Mi madre fue una de las impulsoras de mi gusto por la lectura, desde muy temprana edad la veía leer vorazmente algunos de los grandes clásicos; libro que soltaba ella, libro que agarraba yo. Eso sí, me hizo leer la biblia, ni modo... No crean, disfruté los pasajes lujuriosos, los incestuosos no tanto. Mi padre también tiene culpa en esto porque guardaba en la casa algunas de sus viejas revistas de "El club de lectores". Recuerdo una en particular que traía una fotografía ilustrando una pequeña reseña de "El amante de Lady Chatterley". La foto era la de una mujer con las tetas al viento, una imagen que también me impulsó fuertemente a la lectura, para qué negarlo. Y bueno, nada tiene de malo, no es la primera vez que un hombre comienza a hacer algo apasionadamente por culpa de un par de tetas. 

Las gracias también a mis hermanos cuya admiración y respeto hacia mí es uno de los grandes motores en la vida para seguir trabajando, en especial a mi hermano Leandro que no ha podido estar acá por razones médicas. Es curioso cómo pasamos de quebrarnos el control remoto del tele en la cabeza a ser los mejores amigos. ¡Las que hemos pasado! Quiero agradecer a Rodrigo (Soto) por sus palabras de hace un rato y por todo el empuje que me ha dado siempre. A Rodrigo lo conocí por cosas fortuitas de la vida hace unos diez años, y desde entonces somos muy buenos compas. No saben lo increíblemente afortunado que me siento de haber tenido como mentor a mi escritor favorito. A Gustavo (Solórzano-Alfaro) por su gran trabajo de edición, a mi amigo Marcos, compañero de tertulia y uno de mis primeros lectores, a quien es difícil seguirle el ritmo con las birras, a todo el staff que trabajó en el corto (La paradoja del ron con coca), y en especial a los actores que hicieron un magnífico trabajo: van a ser estrellas; a Dennis y a la gente del Lobo Estepario por abrir su espacio para este tipo de actividades. Quiero agradecerle también a María, que está por acá. Esto quizás nunca se lo había dicho, pero el año pasado luego de un impasse la conocí y después de todas las aventuras que vivimos, volví a escribir de nuevo y con más fuerza. Y eso, sin importar lo que pase más adelante, se lo voy a agradecer infinitamente.

Como ya he hablado mucho, para terminar quería traer a colación al poeta griego Odysséas Elýtis. De joven, Odysséas fundó una fábrica de jabón junto a su hermano. Así es: una fábrica de jabón. Probablemente uno de los negocios más aburridos sobre la faz de la tierra. Y no solo eso, si no que también arrastra consigo todo el concepto de pulcritud y de lo inmaculado. Pero Odysséas no era un hombre que quería morir en el anonimato que encierra la manufactura a grandes de escalas de un producto que, en teoría, sirve para combatir la mugre humana. El hombre desarrolló el gusto por la literatura y se convirtió en uno de los más importantes poetas griegos, al punto de ganar el premio Nobel de Literatura en 1979. Su trabajo no lo conozco muy bien, pero una frase suya me cautivó por completo la primera vez que la leí. Dijo Odysséas: "Escribo para que la muerte no tenga la última palabra". Qué belleza. Lo que diré ahora quizás pueda parecer exagerado, pero yo lo atribuiría a esa ilusión de la primera vez. Tal vez los autores viejos como Rodrigo... ¡perdón! los autores experimentados han olvidado esa sensación, pero para los autores noveles creo que esa primera publicación tiene demasiada importancia, y es por eso que las palabras del poeta me resuenan: de cierta manera, un libro es como un legado para la humanidad. Más concretamente, este libro es mi legado para la humanidad. Estas páginas impresas representan mi manera de vencer a la muerte, porque estarán ahí luego de que yo me vaya e incluso luego de que mi descendencia (que viene por ahí en camino) haya desaparecido. Ese momento en que, como el poeta griego, cante yo "hacia un país lejano y sin pecado ahora marcho". Muchas gracias. 

jueves, 2 de mayo de 2013

Como la voz de la Bardot.



Te lo digo, todo mundo hablaba de sus bondades físicas. Que las piernas, que el culo de otro mundo, que las tetas sublimes. Un monumento de mujer, eso decían. Y bueno, yo lo sé porque mi papá siempre hablaba de ella, hasta el cansancio. A mí se me pegó la obsesión, no lo voy a negar. Cuando estaba chamaco mis compas del cole no entendían, ya sabés cómo cambia el ideal de belleza con el tiempo… En fin, me tiré todas sus películas gracias a la colección de papá. ¡Ja! Si supiera el viejo todo lo que influyó en mí para ser el cineasta frustrado dirige-comerciales-de-hamburguesas que soy ahora.

No sé si estaría orgulloso. Lo que sí sé es que todavía hablaríamos de la Bardot, y así como te lo digo a vos también se lo hubiera dicho a él: A mí lo que me encantaba era su voz. Sí, sí, esa voz, qué bárbara. Yo sé que no me creés, ni siquiera me lo tenés que decir, pero es muy cierto. Para mi ese era su mayor encanto. Por ejemplo, en “el desprecio” de Goddard, cuando llama a Paul – Paul, vien ici!- y el imbécil de Paul que iba, pero es que, decime vos, ¿quién se va a resistir a esos tonos como de flauta dulce? Ah, y después cuando a la tipa le dio por cantar ¡santísima! Como en aquella canción que no recuerdo el nombre pero que al final ella decía muy sugerente: plus fort, oh oui, plus fort!

Tu voz no es como la de la Bardot. Es más bien una convergencia de lo rasposo y lo chillón. Algo tenés de ella ¿sabés? El caminado grácil, los labios prominentes, la majestuosidad pretenciosa. Pero la voz, definitivamente no. Al principio no me importaba, pero con el tiempo me ha llegado a irritar mucho, especialmente cuando tenemos invitados y te da por hablar sin parar.

Y fue por eso que, anoche frente a todos, te mandé a callar.