domingo, 16 de septiembre de 2018

Albahaca morada

Si hubiera que explicarlo habría que decir que era como si el radio estuviera dando las últimas pataletas de ahogado, solo que en este caso no eran pataditas si no más bien estertores radiofónicos envueltos en un vaho tecnológico del más allá. Los lamentos infernales que provenían de sus parlantes no eran tales, si no más bien remedos de transmisiones radiales que en algún lugar a unos cuantos kilómetros de distancia eran emitidas con la intención sincera de ser escuchadas clara y fuertemente, pero que ante la desvencijada condición del aparato adoptaban una salida decorosa a través de ruidos débiles y enredados. Don Anselmo hizo un esfuerzo honesto durante los primeros minutos; pensó que tal vez entrecerrando los ojos iba a lograr escuchar con mejor claridad o que finalmente la señal se iba a estabilizar en algún momento determinado, milagroso, inédito. Se rindió cuando le pareció escuchar la voz de Marta, sílabas aleatorias que sin duda le pertenecían a ella y a su tono de voz entusiasta. Al menos estaba cumpliendo su promesa ¿no?

En todo caso ¿A quién se le ocurre producir un programa de cocina para la radio? ¡Y en la AM, encima! El proyecto había nacido muerto, de eso don Anselmo estaba seguro y así se lo hizo saber a Marta de manera escueta pero determinada todas las veces que cruzó el río con él. El hombre no lograba comprender aún porqué ella seguía utilizando sus servicios de taxi-bote informal, y mucho menos la razón por la cual insistía en dirigirle la palabra, pero jamás habría rechazado a una cliente en está época tan dura.  - Ah, qué don Anselmo, carajo. No sea usted negativo - le respondió Marta la última vez, cuando le anunció la fecha del estreno en la humilde radio local, paradójicamente auto denominada "La Poderosa". Acto seguido le hizo prometer escuchar aunque fuese la primera emisión. El hombre se mostró reticente y Marta, que conocía bien a su interlocutor, abrió espacio para la negociación.

- ¿De qué le gustaría que hable en el primer programa? El estoico motorcito del bote empezó a sufrir sobresaltos mecánicos que provocaron unos chapoteos inusuales. El hombre se acercó a la máquina de manera rutinaria para hacer los ajustes que ya sabía necesarios.

- De la sagrada - respondió don Anselmo sin pestañear - hable de la albahaca sagrada.

Marta volteó la cara para que ninguna de las otras personas abordo la vieran sonriendo: Era la primera vez que el hombre tenía algún tipo de concesión para con ella después de todos estos años. El agua del río le cayó sobre el rostro mientras leía con nostalgia punzante el nombre ya desgastado de la embarcación: "Ana Sofía".

***

- La albah... morad... tam... conocid... com... albah... sagrada...

También Marta estaba cumpliendo su promesa.

Don Anselmo por su parte había pasado la mitad de la mañana buscando el radio viejo en la bodeguita casi abandonada del patio, y la otra mitad tratando de recuperar de entre las cajas empolvadas el cuaderno de recetas de Ana Sofía. Lo encontró casi intacto debajo de unos mantelitos que, con el paso de los años, se habían puesto tiesos e inservibles. Mientras pensaba en todas las cosas de las cuales debía deshacerse lo antes posible, sacudió el cuaderno para quitarle el polvo de encima. Una fotografía, otrora refugiada entre las páginas del recetario artesanal, fue a caer al piso y don Anselmo se apresuró a recogerla. En ella, Marta y Ana Sofía se veían distendidas mientras compartían un abrazo caluroso sentadas sobre el malecón. El hombre sintió un calor tóxico recorriéndole el tracto digestivo, y tuvo que sentarse por un momento para absorber el impacto de aquella súbita ráfaga de dolor. La última vez que había sentido algo semejante, Ana Sofía estaba tirada en su cama sosteniéndole la mano con las últimas fuerzas que le quedaban. Ya solo quedaban ellos dos en la casa porque don Anselmo, harto ya de escuchar los "ay pobrecita, tan joven", había expulsado a todas las visitas sin distingo de consanguinidad.

- No dejo nada, papá - le dijo ella más bien en tono de resignación. Él no contestó, nunca aprendió a decir las palabras adecuadas para un momento así. Por unos segundos solo existieron las dos manos entrelazadas y el ardor haciendo añicos la garganta y el pecho.

- ¿Marta? - preguntó Ana Sofía sosteniéndole la mirada. Don Anselmo le correspondió con unos ojos confundidos: Marta no estaba, nadie le había avisado. Él no le había avisado. Aquel nombre no se mencionaba en la casa desde hacía mucho tiempo, desde aquella vez en que Anselmo fue todo gritos e insultos, catalizador de despedidas forzadas. Ana Sofía exhaló profundamente con mucha dificultad y con mucho dolor, como tratando de absorber la decepción.  - No dejo nada - repitió amargamente.

Entonces él tuvo una idea.

Corrió hacia la destartalada cocina y registró cada no de los compartimientos del mueble improvisado adonde normalmente iban a parar todos los utensilios. Encontró el cuaderno justo donde Ana Sofía lo había dejado la última vez que escribió en él, encima de las espátulas. Incluso el lápiz de grafito estaba aún marcando la página en donde ella había garabateado una receta inconclusa: "Sopa de tomate con queso y albahaca morada".

Cuando regresó a la habitación ya era demasiado tarde. Don Anselmo nunca había visto unos ojos tan abiertos y tan vacíos de vida al mismo tiempo.

***

Marta pensó de inmediato que don Anselmo debía estar enfermo de gravedad, no encontraba alguna otra explicación para el estado de ese monigote que ahora estaba de pie frente a ella sudando copiosamente. Además el rostro parecía transfigurado pero no por la intervención de un ser de naturaleza etérea, sino más bien por la invasión de algún parásito intestinal resistente. Antes de que ella pudiera decir cualquier cosa (aún estaba sorprendida porque él había ido a buscarla directamente cuando ella apenas se había asomado en el muelle) el hombre sacó algo que llevaba envuelto delicadamente en un paño deshilachado y lo colocó en sus manos con mucho cuidado. Marta reconoció el viejo cuaderno de Ana Sofía al instante, aunque le resultaba terriblemente difícil comprender cómo había llegado hasta ella a través de semejante mensajero y en tales circunstancias. Comenzó a llorar sin poder controlarse ante a ese hombre frente al cual siempre actuó con cálculo y cautela.

- Sí dejó algo, ella - dijo don Anselmo inmediatamente después de soltar el suspiro más liberador de su vida. Marta le miró sin dejar de llorar, el viejo se le aparecía turbio a través de las lágrimas. Eso era él en ese momento, una incógnita en forma de viejo borroso.

- Para tu programa de cocina - explicó él. Marta comenzó a entender, y bajó la mirada hacia el cuaderno aún sin creer que aquel objeto estaba en sus manos. En sus páginas había una receta casi para cada día del año; ella misma había ayudado a recopilarlas durante una época en la que habría matado por los besos agradecidos de Ana Sofía. Una época interrumpida, desgarrada por el hombre nebuloso que aún estaba frente a ella. Era claro que aún tenía algo más que decir.

- Tu nombre fue la última palabra que ella dijo en vida - dijo con gran dificultad.

Marta se derrumbó de todas las maneras en que una persona se puede derrumbar. Abrazando aún el cuaderno decidió regresar a su casa corriendo para ver si se le quitaban las estúpidas ganas de agradecerle a ese ser insensible que no se había atrevido a mirarla a los ojos durante todo ese breve pero lapidario intercambio.

Don Anselmo, viéndose finalmente solo, pudo respirar un poco mejor y buscó una piedra para sentarse. No tenía idea tan siquiera de cómo empezar a asimilar lo que acababa de suceder. Del bolsillo de su pantalón sacó la única página del cuaderno que había decidido dejarse para sí. Había tres recetas acomodadas como si se tratase de un capítulo especial, y arriba en una esquina escrito con lápiz de grafito (como le gustaba a Ana Sofía) se podía leer claramente "para la acidez de papá".

domingo, 22 de octubre de 2017

Como el título de una película de Isabel Coixet

La verdad es que a mí siempre me encantó escucharte hablar. No, no. No estoy siendo zalamero, lo digo en serio. Siempre has tenido una extraña facilidad para decir las cosas de una manera... ¿Cómo te lo pongo? A ver: no te complicás con florituras y, sin embargo, al mismo tiempo, las cosas te salen hermosas, concretas, como con desenfado. Sí, ya sé lo que estás pensando. Exactamente todo lo contrario a mí, que me meto en estos enredos, que me pongo a dar estas vueltas en círculo para decirte algo que debería ser simple. Y bueno, tal vez esto no lo sabías, pero siempre te he envidiado por eso. Yo creo que es el mismo tipo de envidia que siento cuando veo las pelis de Isabel Coixet.  

Sí, ya sé que la última vez te quedaste dormida, pero ese no es el punto. Mi envidia tiene que ver con los títulos de sus trabajos. Por tu cara veo que ya sabés por dónde voy con esto. Y sí, estás en lo correcto. Vos sabés cómo me cuesta a mí ponerle título a los remedos de guiones que escribo. Me salen unas cosas horrendas, ambiguas, rebuscadas. En cambio a doña Isabel no, a la Coixet le ves cosas como "Mapa de los sonidos de Tokio" o "La vida secreta de las palabras" o qué tal esta maravilla de sus primeros trabajos: "Demasiado viejo para morir joven". 

Así que, insisto, aunque les envidio (a vos y a la Coixet) siempre me ha encantado escucharte hablar, incluso cuando me decis cosas como la de anoche. Hermosa, concreta, como con desenfado: 

"Siento que falta poco para que alcancemos nuestro punto de no retorno".  

lunes, 8 de mayo de 2017

Best Seller, pero no de stand de supermercado (fragmento)

INT. NOCHE. HABITACIÓN DE HOTEL DE TERCERA EN MANHATTAN. 
Miguel y Tommy, cara a cara en la habitación poco iluminada. Es Tommy quien habla.

-Hay situaciones en la vida que no ofrecen posibilidad de redención - dice, en voz baja.

Miguel se acomoda en su silla, más por cortesía que por interés genuino.


-Tomemos por ejemplo – prosigue Tommy - el tráfico. Todos hemos estado en esa situación: Sin ninguna intención, le cortamos el paso a algún otro conductor. Tal vez no nos fijamos, por pura flojera, qué había en el carril de al lado. Y estamos a punto de chocar, de no ser porque la otra persona sí está concentrada y coordina bien sus reflejos para frenar justito. Esta persona, digamos, no sé, una señora de 50 años, profesora universitaria, suena el claxon con todas sus fuerzas, durante un buen tiempo para enfatizar su indignación. Y tu le quieres explicar, te encantaría hacerlo, pero no puedes, solo pasan unos cuántos segundos y es imposible comunicar todo lo que está en tu cabeza en ese preciso y caótico instante. Así que la señora se pierde de vista, tú la pierdes de vista, y ya de repente no sabes adónde fue a parar su pequeño volvo gris, cabrón ¿Sí me entiendes? Se acaba de crear un conflicto entre ti y alguien con quien apenas interactuaste durante 3 segundos. Y ¿sabes qué es lo peor? Que nunca vas a volver a ver a la pinche vieja. Nunca vas a poder estar frente a ella y decirle "oiga, discúlpeme, seño, es que  no la vi, caray, qué pena".  Ese conflicto no resuelto te lo llevas a la tumba. Sin. Posibilidad. De. Redención.  


Miguel le sostuvo la mirada por un tiempo, intentando comunicar que no entendía a qué venía la pequeña reflexión (...)

martes, 6 de diciembre de 2016

No se huye de Montréal en primavera (fragmento)

(...) En fin, no era ese hombre imponente que Manon conoció durante la exposición de la World Press Photo en Marché Bonsecours, cuando una lluvia diferente a la de ahora, una lluvia pesada de otoño les había empapado los pies a todos. Los salones de la galería estaban repletos pero Manon los recorrió alegremente dos veces, leyendo (a veces en inglés, a veces en francés)  las descripciones que acompañaban cada fotografía. Era sábado y a pesar del clima, mucha gente se paseaba por la galería sosteniendo sus paraguas a medio cerrar. A ella sin embargo le llamó la atención el tipo que, durante todo el rato, no se había movido de en frente del cuadro de los niños albinos ciegos en India. Lo había notado al entrar y también justo ahora que pensaba regresar a casa. Ante la puerta de salida, Manon miró afuera para constatar que la lluvia seguía bañando  Vieux Port, y entonces decidió quedarse. No se había percatado pero el cuadro y aquel hombre habían formado una especie de escena recortada del resto de la galería. La luz delicadamente colocada para iluminar la fotografía le bañaba a él un poco también, creando una extraña composición alimentada por los contrastes entre los chicos albinos de la foto y la tez oscura del hombre que les contemplaba en aparente concentración total. Se colocó junto a él rompiendo un poco la armonía de la configuración escénica, pero al mismo tiempo creando una nueva paleta de matices y colores de piel. La foto era perturbadoramente hermosa, a decir verdad. Los cinco personajes distribuidos en la habitación y frente al lente de la cámara posaban con sus camisas escolares rosadas y sus pieles blanquísimas, sus cabellos blanquísimos también a excepción del que ocupaba el centro del conjunto, pelirrojo-fuego, expresión casi indiferente en su rostro, cabeza ligeramente volteada a la izquierda (su izquierda). Los más altos atrás asemejaban centinelas de algún cortejo real, los dos en el centro ¿acaso miraban a la cámara con expresión vacía? Casi se podía adivinar la personalidad de cada uno a través de sus posiciones corporales, de la posición de sus manos, de la forma en que entrecerraban la boca. Las paredes despintadas atrás y las que parecían ser camas le daban el toque terrenal a lo que contrariamente podría haber sido un espectáculo paranormal. Manon volteó la cara ligeramente y pudo ver que el hombre estaba sumamente conmovido, casi hasta el punto del llanto. Y entonces sucedió. 

Manon soltó una carcajada. 

Sí, una carcajada. Una que intentó atajar a medio camino con la mano libre, consciente de que aquello estaba fuera de lugar, consiguiendo únicamente empeorar el asunto pues la palma de su mano formó un ángulo que sirvió de acústica para su risotada ahogada. La aberración sonora tronó por toda la galería haciendo que la gente se volteara, algunos con sorpresa, otros con indignación. De estos últimos Mo fue principal partidario, claro receptor de lo que en aquel momento interpretó como un gesto de sorna de parte de una chica insensible e inmadura. Manon seguía tapándose la boca ahora con las dos manos (había soltado el bolso y la sombrilla), tenía los ojos grandes con un gesto que era a medias un intento de disculpa y una búsqueda de explicaciones. No entendía por qué algo que le había conmovido tanto le había provocado una reacción tan despreciable. El ofendido ensayó una retirada digna, casi militar en la forma de dar los pasos, y se dirigió a la puerta de entrada/salida en dónde la lluvia se anunciaba con un ruidito necio y poroso. (...) 

miércoles, 24 de agosto de 2016

Principio de reciprocidad

- Ya quisieras - me atreví a decirle.
- ¡Ya quisieras vos! - me contestó tajantemente.

Y así, con dos enfáticos arañazos de gato, sacamos del anonimato a una estirada historia de tensión sexual no resuelta.

martes, 9 de febrero de 2016

El alcalde y el obelisco

Ambos sabían que a partir de este momento no habría retroceso. Él le mordisqueaba suavemente los muslos, pícaramente, detenido en aquella acción como si toda ella completamente desnuda, con su sexo ahí tan cerca, vivo y dispuesto no fuera suficiente tentación. Sonaba B.B King de fondo, there must be a better world somewhere, cantaba el ahora difunto como súplica. Y ella se lo quería hacer saber a él, decirle con su cuerpo que sí que lo había, que estaba ahí, entre sus piernas, una trampa húmeda y carnosa. De vez en cuando levantaba ligeramente las caderas, una brevísima insinuación: un juego al fin y al cabo. Él lo entendía perfectamente, y sonreía entre mordisco y mordisco, mirándola fijamente con un mensaje claro: no sabés lo que te espera. Ninguno tenía prisa.

***

 Aquel día todos parecían ir tarde y el fastidio era un manto desgarrado cubriendo la ciudad. Todo, absolutamente todo producía repulsión o asco. Encima el autobús iba repleto y ella sintió que vomitaba, quería dejar salir todo a esa hora de la mañana, vaciar las entrañas, arruinarle el día a alguien. No le importaba, porque acababa de descubrir que había olvidado los audífonos en casa. Tenía ganas de arrancarse una uña, algo ya de por sí nuevo en su catálogo de impulsos. La conversación del asiento de enfrente no llamó su atención de inmediato, sino hasta que pudo leer en una de las personas un desgano que supo identificar, que le pareció íntimo y familiar. Era la primera vez que lo veía a él, o mejor dicho a su perfil de hombre anónimo, esa cara que es mil rostros y ninguno a la vez. Hizo un esfuerzo por escucharle, algo que su interlocutor parecía haber abandonado desde hacía mucho rato.

- Y es que - decía él - yo no entiendo cómo alguien puede ser tan descarado. Imagináte - siguió sin esperar validación - irse de gira a Europa con su esposa y demás comitiva a "evaluar" diseños de obeliscos (¡como si necesitáramos semejante cosa en esta ciudad!) para después regresar y decir con toda la desfachatez del mundo que "no es un proyecto viable" Lo que no es viable - remató-  es que ese sinvergüenza ahora quiera reelegirse ¡Jodás! 

Sin entender por qué, ella se bajó del autobús en el mismo lugar que él lo hizo. Le siguió de cerca por unas dos cuadras y cuando reunió el valor le tocó el hombro. Él se volteó esperando la típica pregunta de quien busca desesperadamente una dirección. Ella suspiró.

- ¿Es  verdad lo del obelisco? 

***

Nadie maneja la técnica del vibrato como B.B King, y nadie maneja la lengua cómo él, maldita sea, pensaba ella mientras sentía que morirse justo en ese instante no solo estaría bien si no que además sería lo adecuado, despedirse con la sensación de que después de todo el mundo no puede ser una mierda cuando su cuerpo es capaz de emitir esos chispazos abrumadores. Y ahora viene su parte favorita, cuando él introduce un dedo, solo uno, suavemente, y le da vida, un ritmo que solo él conoce, que él se inventó para ella, que la lleva a ese mundo mejor que le prometieron, a la tierra de leche y miel y excesos y sudores y espasmos y contracciones y vibrato, oh sí, vibrato por siempre y para siempre. Vibrato con maestría, como nadie más lo sabe hacer.

Cuando todo se empieza a calmar, ella le mira entre agradecida y excitada. Le empuja de manera juguetona y se pone sobre él, acariciando su miembro. Es mi turno - le dice ella - y entonces él recuesta la cabeza y se dispone, pacientemente, a reclamar su recompensa.

En la radio el noticiero interrumpe la trasmisión para anunciar, de última hora, que según los resultados oficiales el alcalde de la capital acaba de quedar reelecto gracias al voto de una minoría que continúa sin conocer el hastío. 

lunes, 7 de septiembre de 2015

Principio de no contradicción

Realmente su reacción me sorprendió mucho. Lo digo porque estoy seguro de que me reconoció, a pesar de que la última vez que me vio yo tendría unos 11 años. Normalmente en estas situaciones uno disimula un poco, hace caras de extrañeza, pone los ojos chinos, no sé. Y luego, luego ya pasa a lo inevitable: ¡Mirá, flaco, sí sos vos! Hombre, pero cómo has cambiado. Qué sé yo. Pero usted no, usted siguió directamente ignorando el hecho de que sabía exactamente quién estaba enfrente suyo, se le adivinaba en los ojos ¡Qué conflictuada se le veía! Tantas cosas pasando por su mente en ese instante, el pequeñín Moisés convertido en todo un hombre, probablemente lo había borrado de su cabeza pero ahora allí estaba, en frente suyo, no hay duda, como una mala broma del pasado, quizás recordándole dónde ocurrió exactamente ese punto de giro en su vida, dónde se acumularon todas las malas decisiones que la llevaron a estar acá, más de 20 años después, aún trabajando como dependiente en una zapatería, llevando unas sandalias gastadas (qué paradójico, ¿no?), apenas ganando lo suficiente para subsistir y pagarse ese cuartito, ese agujero del que siempre quiere salir corriendo. Fue por eso, tiene que haber sido por eso, que pretendió no haberme visto nunca antes. Seguro que sí, por eso decidió atenderme como a cualquier cliente regular, deseando por dentro que yo no la reconociese, o que dijese algo como solo estoy viendo, gracias y que luego de unos minutos diera la vuelta y saliera por donde entré. ¿Fue la corbata, verdad? No se incomode por eso, solo soy un ejecutivo de ventas, lo que en el mundo profesional se traduce con muchos ceros a la izquierda. ¡No, no, no sirvo para nada como vendedor, sé lo que está pensando! Si me lo aguanto es porque se trata de un trabajo que da ventajas estratégicas para completar mi verdadera tarea... Pero ahora que lo pienso ¡20 años! 20 años no es nada dice la canción pero ya lo ve, las décadas fueron construyendo tantas incertidumbres, tantas improbabilidades y usted y yo resultamos ser los nada en esa ecuación. Fracasos de un proyecto de ser humano que hoy se vienen a encontrar.

Trate de no forzar la muñeca, solo conseguirá lastimarse.

Se reirá usted de mí, pero debo confesarle algo: en aquel entonces estaba enamorado yo de usted. ¡Sí! Déjeme que tome estos últimos minutos para explicárselo. Bueno, está bien, "enamorado" tal vez sea una palabra fuerte para lo que podía experimentar un niño de 11 años, pero recuerdo perfectamente la envidia que sentía hacia mi tío por tener una novia tan bonita, tan alta, tan simpática, tan... tan todo. Desde la primera vez que él la llevó al almuerzo de los domingos donde mi abuela, usted me regaló miradas tiernas y palabras dulces. Algunos años después concluí que seguramente usted conocía mi historia de boca del tío y claro, eso le conmovía. El pequeño huerfanito, el único de toda la manada de primos sin padre ni madre, obligado a vivir con la abuela, siempre solo en el patio construyendo castillos imaginarios. El de los problemas para adaptarse en la escuela, el que siempre dejaba la comida. A pesar de todo eso, usted era buena conmigo.

No se preocupe por el frío, ya pronto pasará todo.

Una vez la vi llorar ¿sabe? Todos sabíamos que usted y mi tío discutían mucho y que con el pasar de los meses la cosa lejos de arreglarse se ponía cada vez peor. No pasó mucho tiempo para que dejaran de disimular en frente nuestro y todos sus intercambios pasaran a ser agrios lances, como dos niños caprichosos en guerra constante. Esa vez usted se había retirado al patio. Sola, lloraba amargamente. Yo le seguí porque sabía que algo estaba mal con usted. Y la vi llorar, y me partió el corazón. No entendía cómo alguien podía provocarle el más mínimo disgusto, la más mínima inconformidad. Odié a mi tío, nunca lo había odiado, nunca había pasada de la sana envidia, hasta ese momento. Entonces hice algo ¿no lo recuerda, en serio? Le llevé una flor. Bah, una tontería, era creo uno de las "chinas" del jardín de la abuela. Pero es que usted se merecía un desagravio, nunca estuve tan seguro de algo en mi corta existencia. Le llevé la flor y usted dejó de llorar al instante, conmovida. Era probablemente la cosa más dulce que usted había visto en su vida. Usted me abrazó, me dijo algo simple como: Gracias Moi, y para mí fue un instante sublime. Me sentí en conexión con usted. Y luego, en un impulso extraño, le agarré un pecho. El izquierdo, para ser preciso. No sé por qué lo hice, me pareció inocente, como en las películas que llevaba el primo Rolo, el mayor de todos. Sí, adivina usted, películas pornográficas. Rolo me dejaba verlas un rato, a cambio de mi silencio. Yo no entendía mucho de lo que pasaba, y por algún tiempo aquellas escenas constituyeron para mí la normalidad en una relación entre un hombre y una mujer. Pero usted no podía entender eso. Primero abrió los ojos muy grandes sin comprender qué sucedía, hasta que se levantó horrorizada corriendo hacia el comedor gritando algo así como ¡Ese niño es un enfermo! y luego a mi tío un ¡estoy harta de todo esto! para después salir de la casa y nunca más volver. De lo que sigue usted nunca se pudo haber enterado, pero debo decirle que tuve que dar muchas explicaciones las cuales incluyeron como daño colateral delatar al primo Rolo, quien a cambio me hizo sufrir durante toda la adolescencia. Las largas humillaciones apenas comenzaron con aquel día caótico. Pero bueno, no me voy a detener en eso, nunca he sido fan de la auto compasión. En todo caso, ya eso lo he ido enterrando con el paso de los años, si sabe a qué me refiero. Perdón, un chiste demasiado macabro para un momento como este, lo sé...

Veo por la expresión de sus ojos que recuerda ahora el incidente. ¿Qué curioso, no? Es como si la vida nos diera un segundo chance, como si estuviéramos de nuevo en aquel patio y tuviéramos la oportunidad de tomar otras decisiones, asociarnos a otro tipo de personas, caminar distintos pasos, dormir en el otro lado de la cama. Nada puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido, dicen los pensadores y nosotros ese día tomamos caminos separados y terminamos no siendo. Por ende, no podemos ser. No soy reduccionista pero esto para mi es una verdad suprema. Sí, me pongo filosófico siempre cuando llega este momento. Ahora dirá usted que no estoy respetando el libre albedrío, que estoy escogiendo por usted, que impongo mi voluntad... De veras no es mi intención menospreciar su aporte, pero ese argumento ya ha sido ampliamente utilizado por las otras personas que pasaron por acá. En su caso solo estoy terminando lo que aquel día empecé, verá usted: le estoy salvando. Puede que aún no lo tenga claro, pero yo lo pude leer en sus ojos esta tarde cuando se dio cuenta de que la había seguido. Usted sintió paz, la paz de quien anhela el descanso final, el portazo liberador, el fin del juego. No por favor, no es necesario que grite, de todas formas acá tan lejos nadie le va a escuchar. Créame. 

Es más, trate de relajarse, esto apenas y va a doler.  

domingo, 26 de abril de 2015

Enchilada de papa

Yo sabía que tenía que estar complemente roto por dentro porque no sentía absolutamente nada. En primer lugar, la embestida del camión fue brutal (ni el chofer me vio a mí ni yo lo vi venir a él). Segundo: había sangre por todas partes, había caras de gentes con los ojos bien abiertos sin poder explicarse cómo era que aún estaba vivo, había partes de mi cuerpo en posiciones inverosímiles, como si todo yo fuera un saco desgarrado. Pero no sentía nada, era como si me hubieran desconectado los sentidos. No había zumbidos, ni cosquillas, ni dolor, ni nada. Aún no sé por qué pero casi inmediatamente me empeñé en tratar de averiguar adónde habría ido a parar la enchilada de papa que acababa de comprar. Eso era quizás lo más estúpido de todo, estaba yo ahí tirado, un despojo de carne y huesos, poco menos que un hálito de vida, y solo pensaba en la enchilada, la que acababa de comprar aún calientita, con la que incluso había soñado esa mañana antes de despertar, la que me sirvieron con un par de servilletas y una sonrisa. Ni una señal de ella, habría ido a parar a una alcantarilla, al hocico de un perro o a las manos de algún indigente.

Me sirvió de consuelo, tonto por lo demás pero consuelo al fin, el que la dependiente de la panadería de la esquina le gritara a sus compañeras con un terror muy honesto (la misma franqueza con la que reparte sonrisas, probablemente): "¡atropellaron al muchacho guapo!". 

martes, 17 de febrero de 2015

Comida china después de las once.

-Te dejo porque nunca tenes sueños raros.

Vielka ya no pudo ignorarlo más. Se había blindado contra los intentos de Vladimir por eliminarla de su vida, pero esto era algo nuevo. Un arpón ridículo y casi minúsculo, pero nuevo. 

-Veni, pidamos algo de comer - dijo ella, mientras miraba con esfuerzo la pantalla del celular. No conocía de memoria el teléfono de ningún restaurante. Tomó el directorio telefónico de la repisa, comenzó a fingir que buscaba algo. Vladimir no se sentó, quedó de pie y rígido como un principiante en su primer paseo en bicicleta. 

Nunca había hecho eso, siempre se sentaba. Vielka comenzó a pellizcarse las yemas de los dedos. Odiaba el estrés previo a los intentos de fuga de su "Vladi".

- Vos creés que no hablo en serio. Pero me voy, Vi. 

Ella estaba marcando números, reales, pero nadie atendía el teléfono. 

- Es imposible conseguir comida china en esta ciudad después de las once. Seguimos siendo una aldea - dijo buscando los párpados de él. Estaban relajados, se movían con mecánica imprecisa, pero relajados. Siguió pellizcando. 

- La otra noche me llegó de repente. Vos me contás un sueño y es como si me estuvieras contando lo que te pasó durante el día. Tu cabeza está ausente de sobresaltos emocionales, ni siquiera es capaz de tejer historias ridículas cuando estás dormida. Por eso me voy, tenés el cerebro en hibernación - Vladimir estaba siendo deliberadamente cruel. Vielka marcó el último número de la lista.

- Después mando por mis cosas. Los libros de historia del arte dejátelos, no los quiero. 

Él salió arrastrando los pies. Daba la impresión de querer dar una última oportunidad de hablar a su contendiente. Cerró la puerta apagando la breve ilusión de noche fresca que había invadido el apartamento. No se oyeron sus pasos en la calle. 

Al otro lado del teléfono alguien hacía esfuerzos por articular en castellano. Vielka atinó a soltar palabras que ya no eran más que simples reflejos.

- Un entero de arroz cantonés de la casa, por favor. Sin pan.

La respuesta era ensayada, sucinta, pero clara: no había servicio a domicilio a esa hora. Tendría que ir a recoger la orden, le explicaron. 

- ¡Me cago en la aldea! - Gritó. Cortó la llamada. Dejó de pellizcarse. Soltó una risotada amarga. Ahora tenía dos problemas. Vladi se había largado.

Y en verdad tenía mucha hambre. 


miércoles, 10 de diciembre de 2014

Como los pasillos de Kubrick


En las mañanas a veces me pasa que abro los ojos y vos estás durmiendo ahí, junto a mí, y te veo. Te veo bien, enterita, con tu cara de laguna plácida. Sí, te veo bien, pero no sé quién sos, no te reconozco. Elongada, misteriosa, profunda. Sos como esos pasillos de las películas de Kubrick que la cámara recorre lentamente mientras se va construyendo el suspenso o la angustia: Nunca se sabe qué hay al final.  A decir verdad, en momentos así nunca se sabe que hay ni al inicio, ni a la mitad del recorrido. Sos una extraña durmiendo junto a mí, a medio vestir, con el cabello alborotado y una curiosa semisonrisa dibujada en tus cejas arqueadas. Estás en mi cama –nuestra cama- y cambiás de posición para evitar el escrutinio del leve rayo de sol que sobrepasa la barrera de las cortinas, pero yo no entiendo tus movimientos ni conozco su raíz. Olvido todo: el color de tus ojos, el sonido de tu voz, el tono de tu risa. No recuerdo dónde nos conocimos y no entiendo qué hacés aquí, tan apropiada de este espacio, tan dueña de la mitad de este país llamado habitación.

No sé quién sos.

Trato de adivinar adónde llevan esos pliegues de piel que se forman cerca de tus rodillas, pero me desconcentra el poder de tu implacable anonimato.

Entonces cierro los ojos fuertemente por unos segundos, y cuando los abro de nuevo, ya sos vos otra vez. 

domingo, 7 de septiembre de 2014

Crónica de un viajecito a New York

Día 1: Welcome to the jungle. Madrugar importa poco cuando se trata de tomar un vuelo que lo va a llevar a uno directamente a la ciudad "que nunca duerme". A las 8.30am ya estoy en el aeropuerto Laguardia esperando el shuttle que por solo $13 me va a llevar directo a la Grand Central Terminal, en donde voy a encontrarme con mi amigo Brett (que está de vuelta en New York tratando de hacer carrera como cineasta) en algún punto de la mañana, siempre y cuando él logre vencer la fuerza de gravedad de la cama. No me importan los posibles atrasos, porque media hora de viaje después, desciendo en el puro centro de Manhattan, ahí donde se han grabado tantas películas que amo y lugar sobre el cual se han escrito tantos libros que atesoro. Esto es, en efecto, una jungla, siendo la Grand Central una pequeña muestra: gentes de todos los colores, razas y orígenes, gente de distintas extractos sociales, turistas  en masa y despreocupados, newyorquinos amargados... Y uno los entiende un poco, porque en medio de la estación cientos de personas se toman una y otra vez la misma fotografía frente al reloj con cristales de Tiffany mientras otra gente corre para no perder el tren a última hora. Pero es que es difícil no subirse a uno de los balcones (que ahora están secuestrados por una gigantesca tienda Apple) y admirar la impresionante belleza arquitectónica del lugar, la magnifica luz que entra a todas horas, los tantos años de historia que saltan a la vista. Luego de satisfacer mi curiosidad (y matar el hambre) compro una copia de The New Yorker para aprovechar el tiempo de espera. Un par de horas después, Brett llega con una gran maleta. Está en medio de todo el enredo para cambiarse a un nuevo apartamento, cosa que no es ni sencilla ni barata en New York. La tasa de desocupación, según me cuenta, es de un increíble 1%, y los precios son elevadísimos para el tamaño y el acceso a servicios. Pero él ya encontró uno y ahora lo voy a acompañar a algún lugar en Long Island para que pueda cerrar la transacción. Nos vamos hacia Penn Station y ahí nos tomamos una merecida cerveza para ponernos al día y esperar el Ferrocaril de Long Island, que nos llevará hacia la estación de New Hyde Park, camino que aprovecho para admirar la monstruosidad de este sistema de trenes que opera con increíble eficacia y puntualidad. En el lugar Brett se encuentra con un tipo al que nunca le logro ver la cara mientras yo me quedo "haciendo guardia" a la distancia, y entonces me digo que sí, que definitivamente esto es alguna película de Scorsese y que a mí solo me falta el traje entero y los lentes oscuros. 

Como el apartamento aún no está listo, nos vamos a quedar en un lugar en Harlem entre la Avenida Asterdam y la calle 125. Ahí encontramos a Olu, un senegalés dueño del apartamento y quien dice ser fotógrafo "entre otras cosas". No sé que serán esas otras cosas, pero tiene un par de reflectores gigantes apuntando hacia el sofá de la sala. Con algunas de sus recomendaciones salimos a explorar Harlem en busca de algo qué comer. Qué lugar maravilloso. Entre los retumbos del Teatro Apollo, la gente bulliciosa con camisetas de Martin Luther King o Malcolm X y los estudiantes de la Universidad de Columbia no sabe uno para dónde mirar. Finalmente comemos en un Deli atendido por mexicanos, con cierto aire al deli de Seinfeld, y Brett me ofrece ir al original donde se grababa la serie pero yo le recuerdo la premisa de mi viaje: evitar en la medida de lo posible los lugares altamente turísticos (la cual llegaré a irrespetar un 60% del tiempo). Pero primero lo primero: aprovechar las noches gratuitas en el Metropolitan Museum of Art (que no son tales porque en realidad te sugieren un precio de entrada como donación). Pero hay que ser honestos: no se le puede poner precio a semejante colección que abarca trabajos de Picasso, Rembrandt, El Greco, Manet... es imposible verlo todo y sin embargo siente uno que acaba de descubrir demasiadas cosas sobre la vida. En el apartamento recargamos energía para luego salir a explorar la vida nocturna de Manhattan, otra gran jungla: bares, restaurantes y comercios de todo tipo, abiertos hasta altas horas de la madrugada. Culminamos la noche en un Speakeasy (bar "secreto") que sirve comida marroquí.

Sí, definitivamente estoy en New York. 


Día 2: Aquí no hay desayuno. Nos levantamos tarde y mientras me suenan las tripas recuerdo que  aquí no se desayuna, si no que se toma el brunch. No se atreva el turista imprudente a tomarse esto a la ligera: acá esto es toda una institución. Como dice el dicho "when in Rome...", así que ignoro el hambre atroz y aguardo pacientemente. En Amsterdam Avenue encontramos The Kitchnette, acogedor lugarcito que está repleto y con justa razón: la comida es absolutamente increíble, el servicio es el mejor y los precios son razonables. Encima el capuccino es gigantesco y delicioso.


Mas tarde tomamos el tren hacia Bronxville, zona de suburbios situada a unos 24 kilómetros de Manhattan. Aquí es donde se encuentra el nuevo apartamento de Brett. Ademas encontramos a Sarah, pareja de mi amigo y quien le ha ayudado incansablemente en estos últimos días. Sarah es estudiante de escritura en ficción en el Sarah Lawrence College, no muy lejos de ahí. Es nacida en Jordania pero también tiene nacionalidad canadiense y comparte conmigo el amor incondicional por Montréal, donde ella también vivió por un tiempo.  Los tres nos tomamos un café mientras hablamos de los montréalais y de buenas películas.

Nos devolvemos a la ciudad porque gracias a una sugerencia de Sarah logramos conseguir tiquetes para un espectáculo de Off Broadway llamado "Drunk Shakespeare", en el que un grupo de actores improvisa textos de Shakespeare mientras uno de ellos está (realmente) borracho. La función ocurre en un bar y el show es sumamente interactivo con la audiencia. El resultado es entretenimiento puro. Ver un show de Off Broadway siempre estuvo en mi lista de cosas por hacer, así que para mí la noche ya alcanzó su apogeo. Sin embargo, de aquí nos vamos para un bar karaoke (placer culposo de Brett) en donde los parroquianos son de las mas variadas procedencias: unas chicas pasadas de peso celebrando una despedida de soltera, dos hermanos latinos que al parecer suelen cantar en bodas, y un grupo de amigos celebrando un cumpleaños. Entre ellos está Samantha, una chica de Brooklyn que es dibujante y ademas siempre está ávida por mostrar su tatuaje de Superwoman. Yo la escucho hablar mientras me niego a seguir pagando $1 por canción ¿que acaso no les basta con que uno esté consumiendo? Y bueno, es New York. Aquí por todo te cobran. De vuelta hacia el apartamento el taxista trata de evitar el trafico y yo algo atónito consulto el reloj. Las 4 de la mañana. Son las 4 de la mañana y hay trafico pesado. No es que nadie duerme, es que aquí todos están siempre despiertos.

Día 3: los poetas muertos. Hoy estoy solo durante el día porque Brett tiene un compromiso junto a Sarah. Mi primer destino será Central Park, pero antes compro un café y un bagel para comer por el camino, porque es New York y bueno, hay que comerse un bagel. Una vez que se logra descifrar el sistema del subway es fácil trasladarse a casi cualquier parte. Además significa una experiencia cultural por sí sola, y es genial para ejercer el people watching que tanto me gusta. Central Park, por otra parte, es todo lo que se dice de él y aún más, una joya en el medio de la gran urbe que me atrapa por más de tres horas mientras camino por los senderos, encuentro artistas callejeros, admiro las edificaciones y leo las placas de dedicatoria en las bancas alrededor de todo el parque. Sí, hay miles de turistas, y sí, muchos usan los estúpidos carruajes tirados por sedientos y maltratados caballos (dan ganas de matarlos... a los turistas) pero no hay que dejar de visitarlo. Si uno sabe por dónde ir, encontrará a verdaderos newyorquinos leyendo, arrojando una pelota o simplemente haciendo la siesta sobre el césped sin que nadie les moleste.


Después me dirijo al High Line Park que según las múltiples reseñas en línea es un pecado negro no visitar si se está en New York. No hay duda: este es un parque público elevado, construido sobre las antiguas vías del ferrocarril y tiene un diseño vanguardista que respeta el entorno urbano mientras se destaca como un lugar de zonas verdes en medio de la ciudad, con importantes áreas de recreo y de esparcimiento. Es una idea genial y especialmente, bien ejecutada. La vista desde sus diversos puntos es impresionante. Cuando llego se avecina una tormenta y el río Hudson toma un aspecto sombrío que al mismo tiempo es arrebatador. Apenas unos minutos después cae un aguacero de fin de mundo y yo aprovecho para comer unos tacos y hablar con Bill Peaks, diseñador que desde hace más de 20 años tiene su propio negocio de camisetas y que ahora tiene su puesto aquí en High Line. Es un vendedor entusiasta pero eso no influye en mí: desde hace rato había decidido comprarle la camiseta con la silueta roja de Dizzy Gillespie. La lluvia aunque fuerte resulta pasajera y logro terminar el recorrido del parque, del cual desciendo para explorar un poco las calles del distrito de Chelsea. Aquí las cuadras son inusualmente largas lo cual no es bueno para un pobre turista como yo que ya lleva en promedio seis horas caminando, pero se compensa con la gran cantidad de galerías de arte que se pueden encontrar en casi cada esquina. Solo entro a una, sin embargo, porque mis pies me piden a gritos volver al apartamento y ponerlos en alto. La Stray Kat Gallery es bastante llamativa porque solía ser una planta para empacar carne y ahora muestra los trabajos de los artistas Stella Michaels y Zane Fix, entre otros.  

En la noche siento que todo me duele, en especial los pies, las rodillas, la espalda... y sí, estaré viejo pero aún queda una ultima visita antes de que se acabe el día. Ya con Brett de vuelta nos vamos hacia el Dead Poet Bar, justo sobre la avenida Amsterdam. Lo que me atrajo son sus signature drinks, cócteles diseñados para honrar a poetas clásicos ya muertos. Lo mejor son sus descripciones:

John Keats ($10.00)
Known especially for his sensuous descriptions of the beauty of nature, his poetry also resonated with deep philosophic questions. Feel free to philosophize the meaning of life while you enjoy a tall glass full of vodka, Southern Comfort, amaretto, sloe gin, triple sec, lime juice and orange juice

Yo me pido un Pablo Neruda, sangria hecha a base de ron con especias, vino blanco y jugo de frutas. No recuerdo qué ordenó Brett, solo se que no pudo tomarse aquella extraña combinación que contenía absenta, entre otras cosas diabólicas. No es tan joven la noche cuando regresamos a Harlem.

Dia 4: New York te puede matar. Es mi ultimo día acá y mis fuerzas están minadas. Pero aún queda mucho por ver. Nos vamos hacia West Village, un barrio con aires bohemios en donde tomamos el brunch para luego perdernos terriblemente por las calles pequeñitas y sus locas intersecciones. Brett tiene que volver para mostrar el apartamento a un posible roommate así que mientras tanto yo me voy a recorrer el Hudson River Park en donde decenas de personas aprovechan el feriado y los últimos días de verano. Me desvío un momento del parque para conocer el barrio de TriBeCa, famoso por sus múltiples restaurantes y por el festival de cine creado por Robert De Niro. Se nota que es un lugar que está en auge. En Chambers St tomo el metro que me llevará a cruzar hacia Broklyn Heights, desde donde planeo comenzar mi recorrido por el puente de Brokyln. Decidí que este sería el lugar más turístico al que le dedicaría buena parte de mi tiempo (culpen a Woody Allen por hacer "Manhattan"). Aquí los visitantes también compiten por espacio con enojados newyorquinos en bicicleta, pero al fin y al cabo todo se mantiene bajo control. Ambas, estructura y vista, son impresionantes y no es de extrañar que exista tanto flujo de personas durante todo el año. Cruzo el puente de un lado a otro y para este punto ya mis pies están llenos de ampollas (malditas converse, solo a mí se me ocurre), además estoy severamente deshidratado porque la humedad hoy es asesina. Me voy a tomar el metro para encontrarme con Brett y Sarah, pero más importante aún, para sentarme un rato y olvidarme por un instante de que tengo pies.


Sarah quiere comer y a mí tampoco me caería mal, así que caminamos para buscar un lugar de comida turca que encontramos, después de tres dolorosas cuadras, cerrado a causa del feriado. No importa ¿esto es New York, cierto? Caminamos más, otro restaurante turco: cerrado. Comida brasileña: descartada. Comida china: descartada por ahora. Italiana: Nope. Finalmente, comida mexicana, la cual Sarah nunca ha probado: no se diga más. Solo que este lugar es mexicano-colombiano, y la comida es básicamente horrible y nos hace eruptar burritos por horas. Suele suceder. La siguiente parada es mi idea, sobre la cual estoy muy emocionado. Nos vamos hacia el SoHo, en donde se encuentra la librería-café Housing Works. Este lugar es increíble: vende libros usados que han sido donados por distintas personas, y es operada por una fundación que utiliza todas las ganancias para combatir el HIV y la indigencia. Además tiene una cafetería en donde uno se puede sentar por horas a hojear libros o tomarse un café o conversar por largas horas sin que nadie le moleste. Y luego libros, libros y más libros. Me quiero quedar a vivir aquí. Hay ediciones bellísimas como "the rime of he ancient mariner" ilustrado por Gustav Doré, o antologías de poetisas japonesas y sus haikus. Debido a mi limitado presupuesto, sin embargo, me decido por una antología de cuentos editada por The New Yorker con escritores "cuyo trabajo permitirá definir el futuro de las letras estadounidenses". Brett encuentra algo de un poeta gringo y Sarah un libro de Stan Lee sobre el arte de escribir comics. Para mí lo mas importante fue haber donado una copia de mi libro, y fantasear con todos los posibles caminos que va a seguir de ahora en adelante y con todas las manos en las que puede acabar.

Luego no sé qué fuerza sobrehumana me hace seguir caminando junto a mis acompañantes. A este punto realmente siento que estoy mas allá de mis límites, que debería detenerme y dejarme caer ahí justo donde estoy en ese momento y cortarme los pies con un tenedor. Pero sigo porque me digo que tengo que aprovechar esta ciudad al máximo y que no sé si algún día voy a volver. Y creo que ahí esta el encanto de este lugar. New York es como esas relaciones que uno sabe que lo pueden matar y que sin embargo no puede terminar. New York despierta una atracción fatal. Le andamos de cerquita al barrio chino, a Little Italy y al Empire State pero yo les recuerdo a mis amigos mi necesidad de evitarlos por ahora. Con verlos de lejitos me basta. Tal vez debido al cansancio emito improperios dirigidos a los turistas que pasan en unos buses grandotes y sin techo, "admirando" la ciudad. Idiotas: no saben que acá se viene a dejar sangre, sudor y lágrimas.

El final de la noche viene conmigo comprando unas sandalias horribles en una tienda de regalos cerca de Times Square, pero era eso o abandonar el barco. Después de comer un postre (por aquello de la baja de presión) logramos encontrar boletos para un show de Stand Up Comedy que resulta genial para culminar el viaje. Amigos, tragos, risas. En el apartamento nos despedimos con un gran abrazo y la promesa de una visita recíproca, mientras yo pienso que solo tendré unas dos horas de sueño antes de que el taxi llegue por mí para llevarme al aeropuerto. Sin embargo, y por mas abatido que esté, se me viene a la cabeza aquello que cantó Bob Dylan, aquello que decía algo así: When I leave New York, I’ll be standin’ on my feet...

Albahaca morada

Si hubiera que explicarlo habría que decir que era como si el radio estuviera dando las últimas pataletas de ahogado, solo que en este ca...