domingo, 22 de octubre de 2017

Como el título de una película de Isabel Coixet

La verdad es que a mí siempre me encantó escucharte hablar. No, no. No estoy siendo zalamero, lo digo en serio. Siempre has tenido una extraña facilidad para decir las cosas de una manera... ¿Cómo te lo pongo? A ver: no te complicás con florituras y, sin embargo, al mismo tiempo, las cosas te salen hermosas, concretas, como con desenfado. Sí, ya sé lo que estás pensando. Exactamente todo lo contrario a mí, que me meto en estos enredos, que me pongo a dar estas vueltas en círculo para decirte algo que debería ser simple. Y bueno, tal vez esto no lo sabías, pero siempre te he envidiado por eso. Yo creo que es el mismo tipo de envidia que siento cuando veo las pelis de Isabel Coixet.  

Sí, ya sé que la última vez te quedaste dormida, pero ese no es el punto. Mi envidia tiene que ver con los títulos de sus trabajos. Por tu cara veo que ya sabés por dónde voy con esto. Y sí, estás en lo correcto. Vos sabés cómo me cuesta a mí ponerle título a los remedos de guiones que escribo. Me salen unas cosas horrendas, ambiguas, rebuscadas. En cambio a doña Isabel no, a la Coixet le ves cosas como "Mapa de los sonidos de Tokio" o "La vida secreta de las palabras" o qué tal esta maravilla de sus primeros trabajos: "Demasiado viejo para morir joven". 

Así que, insisto, aunque les envidio (a vos y a la Coixet) siempre me ha encantado escucharte hablar, incluso cuando me decis cosas como la de anoche. Hermosa, concreta, como con desenfado: 

"Siento que falta poco para que alcancemos nuestro punto de no retorno".  

lunes, 8 de mayo de 2017

Best Seller, pero no de stand de supermercado (fragmento)

INT. NOCHE. HABITACIÓN DE HOTEL DE TERCERA EN MANHATTAN. 
Miguel y Tommy, cara a cara en la habitación poco iluminada. Es Tommy quien habla.

-Hay situaciones en la vida que no ofrecen posibilidad de redención - dice, en voz baja.

Miguel se acomoda en su silla, más por cortesía que por interés genuino.


-Tomemos por ejemplo – prosigue Tommy - el tráfico. Todos hemos estado en esa situación: Sin ninguna intención, le cortamos el paso a algún otro conductor. Tal vez no nos fijamos, por pura flojera, qué había en el carril de al lado. Y estamos a punto de chocar, de no ser porque la otra persona sí está concentrada y coordina bien sus reflejos para frenar justito. Esta persona, digamos, no sé, una señora de 50 años, profesora universitaria, suena el claxon con todas sus fuerzas, durante un buen tiempo para enfatizar su indignación. Y tu le quieres explicar, te encantaría hacerlo, pero no puedes, solo pasan unos cuántos segundos y es imposible comunicar todo lo que está en tu cabeza en ese preciso y caótico instante. Así que la señora se pierde de vista, tú la pierdes de vista, y ya de repente no sabes adónde fue a parar su pequeño volvo gris, cabrón ¿Sí me entiendes? Se acaba de crear un conflicto entre ti y alguien con quien apenas interactuaste durante 3 segundos. Y ¿sabes qué es lo peor? Que nunca vas a volver a ver a la pinche vieja. Nunca vas a poder estar frente a ella y decirle "oiga, discúlpeme, seño, es que  no la vi, caray, qué pena".  Ese conflicto no resuelto te lo llevas a la tumba. Sin. Posibilidad. De. Redención.  


Miguel le sostuvo la mirada por un tiempo, intentando comunicar que no entendía a qué venía la pequeña reflexión. 

martes, 6 de diciembre de 2016

No se huye de Montréal en primavera (fragmento)

(...) En fin, no era ese hombre imponente que Manon conoció durante la exposición de la World Press Photo en Marché Bonsecours, cuando una lluvia diferente a la de ahora, una lluvia pesada de otoño les había empapado los pies a todos. Los salones de la galería estaban repletos pero Manon los recorrió alegremente dos veces, leyendo (a veces en inglés, a veces en francés)  las descripciones que acompañaban cada fotografía. Era sábado y a pesar del clima, mucha gente se paseaba por la galería sosteniendo sus paraguas a medio cerrar. A ella sin embargo le llamó la atención el tipo que, durante todo el rato, no se había movido de en frente del cuadro de los niños albinos ciegos en India. Lo había notado al entrar y también justo ahora que pensaba regresar a casa. Ante la puerta de salida, Manon miró afuera para constatar que la lluvia seguía bañando  Vieux Port, y entonces decidió quedarse. No se había percatado pero el cuadro y aquel hombre habían formado una especie de escena recortada del resto de la galería. La luz delicadamente colocada para iluminar la fotografía le bañaba a él un poco también, creando una extraña composición alimentada por los contrastes entre los chicos albinos de la foto y la tez oscura del hombre que les contemplaba en aparente concentración total. Se colocó junto a él rompiendo un poco la armonía de la configuración escénica, pero al mismo tiempo creando una nueva paleta de matices y colores de piel. La foto era perturbadoramente hermosa, a decir verdad. Los cinco personajes distribuidos en la habitación y frente al lente de la cámara posaban con sus camisas escolares rosadas y sus pieles blanquísimas, sus cabellos blanquísimos también a excepción del que ocupaba el centro del conjunto, pelirrojo-fuego, expresión casi indiferente en su rostro, cabeza ligeramente volteada a la izquierda (su izquierda). Los más altos atrás asemejaban centinelas de algún cortejo real, los dos en el centro ¿acaso miraban a la cámara con expresión vacía? Casi se podía adivinar la personalidad de cada uno a través de sus posiciones corporales, de la posición de sus manos, de la forma en que entrecerraban la boca. Las paredes despintadas atrás y las que parecían ser camas le daban el toque terrenal a lo que contrariamente podría haber sido un espectáculo paranormal. Manon volteó la cara ligeramente y pudo ver que el hombre estaba sumamente conmovido, casi hasta el punto del llanto. Y entonces sucedió. 

Manon soltó una carcajada. 

Sí, una carcajada. Una que intentó atajar a medio camino con la mano libre, consciente de que aquello estaba fuera de lugar, consiguiendo únicamente empeorar el asunto pues la palma de su mano formó un ángulo que sirvió de acústica para su risotada ahogada. La aberración sonora tronó por toda la galería haciendo que la gente se volteara, algunos con sorpresa, otros con indignación. De estos últimos Mo fue principal partidario, claro receptor de lo que en aquel momento interpretó como un gesto de sorna de parte de una chica insensible e inmadura. Manon seguía tapándose la boca ahora con las dos manos (había soltado el bolso y la sombrilla), tenía los ojos grandes con un gesto que era a medias un intento de disculpa y una búsqueda de explicaciones. No entendía por qué algo que le había conmovido tanto le había provocado una reacción tan despreciable. El ofendido ensayó una retirada digna, casi militar en la forma de dar los pasos, y se dirigió a la puerta de entrada/salida en dónde la lluvia se anunciaba con un ruidito necio y poroso. (...) 

miércoles, 24 de agosto de 2016

Principio de reciprocidad

- Ya quisieras - me atreví a decirle.
- ¡Ya quisieras vos! - me contestó tajantemente.

Y así, con dos enfáticos arañazos de gato, sacamos del anonimato a una estirada historia de tensión sexual no resuelta.

martes, 9 de febrero de 2016

El alcalde y el obelisco

Ambos sabían que a partir de este momento no habría retroceso. Él le mordisqueaba suavemente los muslos, pícaramente, detenido en aquella acción como si toda ella completamente desnuda, con su sexo ahí tan cerca, vivo y dispuesto no fuera suficiente tentación. Sonaba B.B King de fondo, there must be a better world somewhere, cantaba el ahora difunto como súplica. Y ella se lo quería hacer saber a él, decirle con su cuerpo que sí que lo había, que estaba ahí, entre sus piernas, una trampa húmeda y carnosa. De vez en cuando levantaba ligeramente las caderas, una brevísima insinuación: un juego al fin y al cabo. Él lo entendía perfectamente, y sonreía entre mordisco y mordisco, mirándola fijamente con un mensaje claro: no sabés lo que te espera. Ninguno tenía prisa.

***

 Aquel día todos parecían ir tarde y el fastidio era un manto desgarrado cubriendo la ciudad. Todo, absolutamente todo producía repulsión o asco. Encima el autobús iba repleto y ella sintió que vomitaba, quería dejar salir todo a esa hora de la mañana, vaciar las entrañas, arruinarle el día a alguien. No le importaba, porque acababa de descubrir que había olvidado los audífonos en casa. Tenía ganas de arrancarse una uña, algo ya de por sí nuevo en su catálogo de impulsos. La conversación del asiento de enfrente no llamó su atención de inmediato, sino hasta que pudo leer en una de las personas un desgano que supo identificar, que le pareció íntimo y familiar. Era la primera vez que lo veía a él, o mejor dicho a su perfil de hombre anónimo, esa cara que es mil rostros y ninguno a la vez. Hizo un esfuerzo por escucharle, algo que su interlocutor parecía haber abandonado desde hacía mucho rato.

- Y es que - decía él - yo no entiendo cómo alguien puede ser tan descarado. Imagináte - siguió sin esperar validación - irse de gira a Europa con su esposa y demás comitiva a "evaluar" diseños de obeliscos (¡como si necesitáramos semejante cosa en esta ciudad!) para después regresar y decir con toda la desfachatez del mundo que "no es un proyecto viable" Lo que no es viable - remató-  es que ese sinvergüenza ahora quiera reelegirse ¡Jodás! 

Sin entender por qué, ella se bajó del autobús en el mismo lugar que él lo hizo. Le siguió de cerca por unas dos cuadras y cuando reunió el valor le tocó el hombro. Él se volteó esperando la típica pregunta de quien busca desesperadamente una dirección. Ella suspiró.

- ¿Es  verdad lo del obelisco? 

***

Nadie maneja la técnica del vibrato como B.B King, y nadie maneja la lengua cómo él, maldita sea, pensaba ella mientras sentía que morirse justo en ese instante no solo estaría bien si no que además sería lo adecuado, despedirse con la sensación de que después de todo el mundo no puede ser una mierda cuando su cuerpo es capaz de emitir esos chispazos abrumadores. Y ahora viene su parte favorita, cuando él introduce un dedo, solo uno, suavemente, y le da vida, un ritmo que solo él conoce, que él se inventó para ella, que la lleva a ese mundo mejor que le prometieron, a la tierra de leche y miel y excesos y sudores y espasmos y contracciones y vibrato, oh sí, vibrato por siempre y para siempre. Vibrato con maestría, como nadie más lo sabe hacer.

Cuando todo se empieza a calmar, ella le mira entre agradecida y excitada. Le empuja de manera juguetona y se pone sobre él, acariciando su miembro. Es mi turno - le dice ella - y entonces él recuesta la cabeza y se dispone, pacientemente, a reclamar su recompensa.

En la radio el noticiero interrumpe la trasmisión para anunciar, de última hora, que según los resultados oficiales el alcalde de la capital acaba de quedar reelecto gracias al voto de una minoría que continúa sin conocer el hastío. 

lunes, 7 de septiembre de 2015

Principio de no contradicción

Realmente su reacción me sorprendió mucho. Lo digo porque estoy seguro de que me reconoció, a pesar de que la última vez que me vio yo tendría unos 11 años. Normalmente en estas situaciones uno disimula un poco, hace caras de extrañeza, pone los ojos chinos, no sé. Y luego, luego ya pasa a lo inevitable: ¡Mirá, flaco, sí sos vos! Hombre, pero cómo has cambiado. Qué sé yo. Pero usted no, usted siguió directamente ignorando el hecho de que sabía exactamente quién estaba enfrente suyo, se le adivinaba en los ojos ¡Qué conflictuada se le veía! Tantas cosas pasando por su mente en ese instante, el pequeñín Moisés convertido en todo un hombre, probablemente lo había borrado de su cabeza pero ahora allí estaba, en frente suyo, no hay duda, como una mala broma del pasado, quizás recordándole dónde ocurrió exactamente ese punto de giro en su vida, dónde se acumularon todas las malas decisiones que la llevaron a estar acá, más de 20 años después, aún trabajando como dependiente en una zapatería, llevando unas sandalias gastadas (qué paradójico, ¿no?), apenas ganando lo suficiente para subsistir y pagarse ese cuartito, ese agujero del que siempre quiere salir corriendo. Fue por eso, tiene que haber sido por eso, que pretendió no haberme visto nunca antes. Seguro que sí, por eso decidió atenderme como a cualquier cliente regular, deseando por dentro que yo no la reconociese, o que dijese algo como solo estoy viendo, gracias y que luego de unos minutos diera la vuelta y saliera por donde entré. ¿Fue la corbata, verdad? No se incomode por eso, solo soy un ejecutivo de ventas, lo que en el mundo profesional se traduce con muchos ceros a la izquierda. ¡No, no, no sirvo para nada como vendedor, sé lo que está pensando! Si me lo aguanto es porque se trata de un trabajo que da ventajas estratégicas para completar mi verdadera tarea... Pero ahora que lo pienso ¡20 años! 20 años no es nada dice la canción pero ya lo ve, las décadas fueron construyendo tantas incertidumbres, tantas improbabilidades y usted y yo resultamos ser los nada en esa ecuación. Fracasos de un proyecto de ser humano que hoy se vienen a encontrar.

Trate de no forzar la muñeca, solo conseguirá lastimarse.

Se reirá usted de mí, pero debo confesarle algo: en aquel entonces estaba enamorado yo de usted. ¡Sí! Déjeme que tome estos últimos minutos para explicárselo. Bueno, está bien, "enamorado" tal vez sea una palabra fuerte para lo que podía experimentar un niño de 11 años, pero recuerdo perfectamente la envidia que sentía hacia mi tío por tener una novia tan bonita, tan alta, tan simpática, tan... tan todo. Desde la primera vez que él la llevó al almuerzo de los domingos donde mi abuela, usted me regaló miradas tiernas y palabras dulces. Algunos años después concluí que seguramente usted conocía mi historia de boca del tío y claro, eso le conmovía. El pequeño huerfanito, el único de toda la manada de primos sin padre ni madre, obligado a vivir con la abuela, siempre solo en el patio construyendo castillos imaginarios. El de los problemas para adaptarse en la escuela, el que siempre dejaba la comida. A pesar de todo eso, usted era buena conmigo.

No se preocupe por el frío, ya pronto pasará todo.

Una vez la vi llorar ¿sabe? Todos sabíamos que usted y mi tío discutían mucho y que con el pasar de los meses la cosa lejos de arreglarse se ponía cada vez peor. No pasó mucho tiempo para que dejaran de disimular en frente nuestro y todos sus intercambios pasaran a ser agrios lances, como dos niños caprichosos en guerra constante. Esa vez usted se había retirado al patio. Sola, lloraba amargamente. Yo le seguí porque sabía que algo estaba mal con usted. Y la vi llorar, y me partió el corazón. No entendía cómo alguien podía provocarle el más mínimo disgusto, la más mínima inconformidad. Odié a mi tío, nunca lo había odiado, nunca había pasada de la sana envidia, hasta ese momento. Entonces hice algo ¿no lo recuerda, en serio? Le llevé una flor. Bah, una tontería, era creo uno de las "chinas" del jardín de la abuela. Pero es que usted se merecía un desagravio, nunca estuve tan seguro de algo en mi corta existencia. Le llevé la flor y usted dejó de llorar al instante, conmovida. Era probablemente la cosa más dulce que usted había visto en su vida. Usted me abrazó, me dijo algo simple como: Gracias Moi, y para mí fue un instante sublime. Me sentí en conexión con usted. Y luego, en un impulso extraño, le agarré un pecho. El izquierdo, para ser preciso. No sé por qué lo hice, me pareció inocente, como en las películas que llevaba el primo Rolo, el mayor de todos. Sí, adivina usted, películas pornográficas. Rolo me dejaba verlas un rato, a cambio de mi silencio. Yo no entendía mucho de lo que pasaba, y por algún tiempo aquellas escenas constituyeron para mí la normalidad en una relación entre un hombre y una mujer. Pero usted no podía entender eso. Primero abrió los ojos muy grandes sin comprender qué sucedía, hasta que se levantó horrorizada corriendo hacia el comedor gritando algo así como ¡Ese niño es un enfermo! y luego a mi tío un ¡estoy harta de todo esto! para después salir de la casa y nunca más volver. De lo que sigue usted nunca se pudo haber enterado, pero debo decirle que tuve que dar muchas explicaciones las cuales incluyeron como daño colateral delatar al primo Rolo, quien a cambio me hizo sufrir durante toda la adolescencia. Las largas humillaciones apenas comenzaron con aquel día caótico. Pero bueno, no me voy a detener en eso, nunca he sido fan de la auto compasión. En todo caso, ya eso lo he ido enterrando con el paso de los años, si sabe a qué me refiero. Perdón, un chiste demasiado macabro para un momento como este, lo sé...

Veo por la expresión de sus ojos que recuerda ahora el incidente. ¿Qué curioso, no? Es como si la vida nos diera un segundo chance, como si estuviéramos de nuevo en aquel patio y tuviéramos la oportunidad de tomar otras decisiones, asociarnos a otro tipo de personas, caminar distintos pasos, dormir en el otro lado de la cama. Nada puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido, dicen los pensadores y nosotros ese día tomamos caminos separados y terminamos no siendo. Por ende, no podemos ser. No soy reduccionista pero esto para mi es una verdad suprema. Sí, me pongo filosófico siempre cuando llega este momento. Ahora dirá usted que no estoy respetando el libre albedrío, que estoy escogiendo por usted, que impongo mi voluntad... De veras no es mi intención menospreciar su aporte, pero ese argumento ya ha sido ampliamente utilizado por las otras personas que pasaron por acá. En su caso solo estoy terminando lo que aquel día empecé, verá usted: le estoy salvando. Puede que aún no lo tenga claro, pero yo lo pude leer en sus ojos esta tarde cuando se dio cuenta de que la había seguido. Usted sintió paz, la paz de quien anhela el descanso final, el portazo liberador, el fin del juego. No por favor, no es necesario que grite, de todas formas acá tan lejos nadie le va a escuchar. Créame. 

Es más, trate de relajarse, esto apenas y va a doler.  

domingo, 26 de abril de 2015

Enchilada de papa

Yo sabía que tenía que estar complemente roto por dentro porque no sentía absolutamente nada. En primer lugar, la embestida del camión fue brutal (ni el chofer me vio a mí ni yo lo vi venir a él). Segundo: había sangre por todas partes, había caras de gentes con los ojos bien abiertos sin poder explicarse cómo era que aún estaba vivo, había partes de mi cuerpo en posiciones inverosímiles, como si todo yo fuera un saco desgarrado. Pero no sentía nada, era como si me hubieran desconectado los sentidos. No había zumbidos, ni cosquillas, ni dolor, ni nada. Aún no sé por qué pero casi inmediatamente me empeñé en tratar de averiguar adónde habría ido a parar la enchilada de papa que acababa de comprar. Eso era quizás lo más estúpido de todo, estaba yo ahí tirado, un despojo de carne y huesos, poco menos que un hálito de vida, y solo pensaba en la enchilada, la que acababa de comprar aún calientita, con la que incluso había soñado esa mañana antes de despertar, la que me sirvieron con un par de servilletas y una sonrisa. Ni una señal de ella, habría ido a parar a una alcantarilla, al hocico de un perro o a las manos de algún indigente.

Me sirvió de consuelo, tonto por lo demás pero consuelo al fin, el que la dependiente de la panadería de la esquina le gritara a sus compañeras con un terror muy honesto (la misma franqueza con la que reparte sonrisas, probablemente): "¡atropellaron al muchacho guapo!".