domingo, 22 de marzo de 2020

Introducción a la cultura Beatle

En este país no existe persona con el nivel de conocimiento que tiene Marta sobre la música de los Beatles, y eso es algo que nadie podría negar (excepto quizás un par de machitos de la "escena" musical con el ego herido). Aún así, todas intercambiamos miradas incrédulas cuando ella nos anunció que tenía todo listo para abrir un curso libre de verano en la Universidad. - "Introducción a la cultura Beatle" - dijo extendiendo los brazos y haciendo una pose triunfal. Estábamos en la fila para alguno de los tantos conciertos a los que hemos ido recientemente (¡perdí la cuenta!), y como la gente se empezó a mover, no nos dio chance de discutir con ella lo que nos parecía, a todas luces, una completa ocurrencia. Recuerdo, eso sí, que Melania me volvió a ver con sus ojos grandes, mientras susurraba sin disimulo: - Mark - dijo, y luego movió la cabeza de arriba a abajo, muy rápido, intentando reafirmar lo que acababa de decir. 

Días después, cuando el tema volvió a surgir, descubrimos que en realidad Marta llevaba meses planeando aquella locura. Y digo "locura" no por tirar términos a la ligera, sino porque detrás de toda la idea venía una inversión considerable: Materiales, publicidad, pago del alquiler del espacio... Oh! darling sonaba de fondo, una de las favoritas de Marta. Ella estaba cantando con los ojos cerrados mientras ensayaba arrebatados movimientos de frontman roquero.  Su cabello corto y rubio se movía como si fuera largo y ensortijado.

Oh, darling
If you leave me
I'll never make it alone
Believe me when I beg you
Don't ever leave me alone


 A como pudimos capturamos su atención, y tratando de convencerla para que desistiese (aunque ya parecía demasiado tarde) le hicimos ver que en ningún momento se había sentado a hacer "proyecciones de costos versus ganancias y/o pérdidas". Nos miró a todas con mucha seriedad al principio y, luego, hizo una mueca de esas que ella hace todo el tiempo, cuando se apresta a decir algo tajante. - Y ustedes ¿qué saben de esas cosas? - reclamó. Nos miramos unas a las otras tratando de encontrar algo qué responder, pero ella tenía razón. Ninguna tenía una puta idea de lo que habíamos estado recitando toda la noche, un argot que según nosotras era de las áreas contables o financieras pero que claramente respondía únicamente a cosas que vivían en nuestro inconsciente y que eran solamente producto de toda la ficción que habíamos consumido a lo largo de nuestra vida. Entonces Melania, en un movimiento desesperado pero decidido, se puso de pie (porque lo consideró necesario) e hizo la pregunta que todas teníamos en la cabeza:

- ¿Es por lo de Mark?

Todas hicimos silencio. Solo la música se escuchó por un momento.

When you told me
You didn't need me anymore
Well, you know, I nearly
Broke down and cried

Y luego, de nuevo, la mueca. Nos preparamos para lo peor. Melania volvió a sentarse, despacio.

Marta, sin embargo, dio media vuelta y quitó la canción. Luego puso algo del White Album. Ella siempre es la que decide qué música escuchamos en las fiestas.

***

A Mark lo conocimos todas, en conjunto, en el tercer día de nuestra excursión a Liverpool. Aún estábamos embriagadas del viaje: nos parecía increíble que lo que había empezado hace apenas un año como un simple chat de whatsapp para fans de los Beatles nos había llevado hasta allá. Algunas gastamos nuestros ahorros y otras pidieron préstamos porque el entusiasmo de Marta se nos había contagiado casi que desde el día uno. Sí, porque ella el viaje lo había preparado, soñado, anticipado desde hacía ya muchísimo tiempo. Mar actuaba como nuestra guía todo el tiempo, casi parecía como si hubiera estado allí cientos de veces. - La parada obligatoria de hoy - nos dijo ese día con aires pedagógicos - es el pub The Grapes. La seguimos, claro está, y una vez adentro del bar comprobamos por enésima vez que teníamos que confiar en su criterio. Pasamos un buen rato tomándonos fotos en frente de la mesa con la leyenda "The Beatles sat here", tomando cerveza y cantando desgalilladas. Fue una noche increíble.

Todo cambió cuando salimos de ahí, cerca de la medianoche. Mathew Street estaba casi vacía, con la excepción de un grupo de hombres en estado muy agitado. El resultado de la agitación, descubrimos pronto, era la tremenda golpiza que le estaban propinando a un chico indefenso que, tirado en el piso, solo atinaba a cubrirse la cara. Sus gritos de angustia eran desgarradores. Como estábamos con la cabeza atolondrada después de tantas cervezas, decidimos en colectivo que debíamos intervenir, a pesar de ser solo un grupo de chicas enfrentándose a una turba de maleantes. Marta fue la primera en dar el paso y por supuesto que todas le seguimos de inmediato. Mi mamá nos regañó cuando escuchó la historia (pensándolo bien, sí habíamos sido algo imprudentes). ¿Y si hubieran tenido cuchillos? ¿Y si nos violaban o nos mataban?

- Mire, doña Mireya - le contestó Marta a mi mamá, muy a su estilo, sí, pero respetuosamente - yo soy mujer: 24/7 estoy pensando que me pueden violar o matar. Si fuera por eso no saldría nunca de mi apartamento.

- Ay, muchacha - fue la única respuesta de mi madre.

En todo caso, los tipos se alejaron cuando nos vieron llegar. No por miedo o por evitar problemas, si no porque ya se daban por satisfechos con su despliegue de brutalidad. Todas les gritamos improperios a medias entre español e inglés porque ahora, ya de cerca, teníamos claro que se habían aprovechado de alguien indefenso. Marta corrió de inmediato hacia al chico para socorrerlo; el pobre tenía el rostro lleno de sangre y barro. Con gran dificultad nos logró decir adónde vivía, insistió que no quería hospitales ni policía, que solo quería llegar a su casa, que estas cosas le pasaban todo el tiempo. Le acompañamos hasta su vivienda, no muy lejos de allí. Marta caminó todo el tiempo junto a él, tomándolo del brazo. Cuando su padre abrió la puerta con premura (de seguro ya estaba preocupado por la tardanza) soltó un llanto amargo y abrazó a su hijo por largo rato. A todas se nos rompió el corazón.

Las siguientes horas fueron muy bonitas. El señor nos hizo pasar y, luego de contar todo lo que habíamos visto, nos preparó té y estuvimos platicando largo y tendido. En la sala tenían un póster con una reproducción de una fotografía de los Beatles  en sus inicios tocando en The Cavern Club, así que claramente teníamos mucho de qué hablar. Marta se ofreció a limpiarle las heridas al chico que, descubrimos, tenía nuestra misma edad y trabajaba en una oficina local del gobierno. De esto último se sentían muy orgullosos ambos, padre e hijo.

- Me llamo Mark- dijo, con la intención de que le escucháramos todas pero mirando directamente a Marta con ojos dulces y agradecidos. Marta le sonrió y le estrechó la mano. Después de esa noche se hicieron inseparables.

***

Decidimos darle un respiro a la Mar. La verdad es que, después de todo, pensamos, solo ella está al nivel de poder recitar de memoria la historia de cómo Ringo Starr llegó a escribir Octupus's Garden, la alineación de instrumentos durante las sesiones de grabación o incluso cuántas tomas grabó la banda antes de sentirse satisfecha con la canción. Seguramente a más de algún fanático de los Beatles, dijimos, le parecerá una excelente idea matricular el curso.


Excepto que no sucedió así.

La única persona que se inscribió fue un tipo de barba y lentes, con uñas muy largas, que había resultado ganador de un cupo en el curso durante una entrevista de promoción que Marta había conseguido en la radio universitaria. Fracaso total: El curso se declaró desierto y la inversión no se pudo recuperar.

Cuando busqué a Marta para darle mi apoyo emocional, la encontré mirando viejas fotos de Mark, siempre risueño.

- No puedo creer que me haya dejado - me dijo sin quitar la vista del teléfono.

***

"Inseparables" la verdad es una forma de describirlo, aunque no es una literal porque Marta y Mark sí tenían todo un océano de distancia entre sí. Esto, sin embargo, no fue obstáculo para que su conexión se desarrollara profundamente. En un par de ocasiones ella volvió a Liverpool y alguna vez Mark y su padre nos visitaron acá (la pasamos muy bien esa vez). A parte de eso, se escribían y se llamaban todo el tiempo. Nosotras aceptamos esta "presencia" de Mark en nuestras vidas con total naturalidad, y a menudo nos descubríamos ansiosas por escuchar las últimas historias sobre sus venturas y desventuras. Por ejemplo, uno de los periodos más divertidos fue cuando Mark decidió que quería aprender a tocar la guitarra. Martin, su papá, le ayudaba a configurar las llamadas de skype para que nos enseñara su progreso con las cuerdas que, casi siempre, era nulo. Esto nos garantizaba sesiones hilarantes porque, como era costumbre, Mark se lo tomaba con el mejor humor del mundo.  En una de las últimas video-llamadas, él se había disfrazado con una peluca y unos lentes de sol en forma de estrella, mientras cantaba apasionado (a este punto apenas y rasgaba la guitarra):

Oh, I get by with a little help from my friends
Mm, I get high with a little help from my friends!

Todas envidiamos siempre esa forma de ver la vida, y aquellas sesiones adquirieron tintes terapéuticos para nosotras. Muy particularmente para Marta, claro está.

Conocíamos su historia, no solo porque nos la había contado con lujo de detalles sino que también porque todas, de una u otra forma, la habíamos vivido: Una triste ruptura amorosa, el posterior descenso al infierno, los intentos de recuperación, la búsqueda de salidas... La idea de crear el club de fans había salido de ahí, de ese anhelo por ocupar la cabeza en cualquier otra cosa, de esa esperanza por extinguir la ansiedad. Todas estábamos (estamos) muy felices con el club: de una u otra forma, cada una de nosotras tenía algo que le faltaba y que llegó a encontrar ahí, gracias a Marta, gracias a ese impulso que vino desde un dolor muy profundo. Todas vamos sanando a diferentes ritmos, supongo. Gracias a Mark, Mar estaba allí, muy cerca, a punto de "cruzar el puente".

Quizás por eso fue tan difícil para ella (y para nosotras en menor grado) asimilar la noticia de la enfermedad.

"Un defecto cardíaco congénito muy común para esta población" arrojaba uno de los primeros resultados cuando hicimos la búsqueda en google. Don Martin le había dado la noticia a Marta por teléfono, en medio de lágrimas. Era muy complicado entender cómo algo así estaba tan siquiera ocurriendo tan rápido, tan repentino, tan inclemente. Mark ya estaba en un hospital, muy delicado, pero logró grabar un video para Marta desde el teléfono de su papá.

- Eres mi mejor amiga - le decía a Marta con gran dificultad. Luego confesó que había estado aprendiendo español para darle una sorpresa, algún día.

Poco tiempo después, su papá le informó a Marta sobre el deceso. Ella al principio no pudo (o no quiso) creerlo; de cierta forma guardaba una esperanza de que el caso fuera único, de que venciera a las estadísticas, de que sucediera un milagro. Pero luego, cuando vio el comunicado en aquella página en Internet, supo que era real:


"La Asociación para las Personas con Síndrome de Down de Liverpool lamenta profundamente el deceso de nuestro socio, querido amigo y colaborador, Mark Manning. Mark fue todo un ejemplo de candidez, sencillez y amabilidad. Siempre le recordaremos con cariño por que con su forma de ser contribuyó grandemente a desmentir muchos de los mitos que acompañan a nuestra población con SD..."

El comunicado seguía pero en este punto Marta ya estaba completamente devastada. Se tiró en su cama a llorar por horas, mientras algunas de nosotras le hacíamos compañía también, con el corazón compungido.

No nos alcanzó ni el tiempo ni el dinero para ir al funeral.

***

Después de todo el fiasco con el curso convencimos a Marta de ir a terapia, algo que siempre había resistido pero que ahora, sorprendentemente, abrazaba como una idea esperanzadora. Y lo sabemos, todas estamos claras de que no es fácil, y de que el progreso (como sea que la gente quiera definir eso) puede ser lento.

Anoche salimos todas, después de muchos meses, a la fiesta de cumpleaños del primo del novio de Melania. Mar estaba sentada, como de costumbre, muy cerca de unos estridentes parlantes, mientras repasaba en su teléfono las infinitas listas de reproducción que con tanto cuidado había "curado" a lo largo de muchos años. Alguien, creo que uno de los amigos del primo, se le adelantó, y conectándose via bluetooth a los parlantes, comenzó a programar lo que se le antojaba.

Ella entonces se levantó de inmediato, y yo me acerqué rápido para ver cómo se sentía.

-Está bien que otras personas sean las que pongan la música - me dijo Marta en una concesión bastante inusual. Luego me abrazó fuerte, antes de salir a la calle a fumar.

Eso me hace creer que ella estará bien. No sé cómo explicarlo, pero estoy casi segura: Nunca conocí a nadie con tanta fortaleza como esa mujer. Por la ventana la estuve observando un rato mientras se fumaba su cigarro, sola y pensativa. Entonces no pude evitar pensar en aquella canción:

Hold your head up, you silly girl. 

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Pseudo crónica, Costa Rica 1 - Paraguay 2

Mundial U20 femenino (Montréal, 2014).

Unos ticos nos roban los asientos a mí y a un francés porque esa carajada de los campos numerados en tiquicia no tiene cabida. No importa, igual se hace pelota, igual se vacila, igual se sufre. Lo peor es estar sentado cerca del papá de una de las muchachas, que piensa que todas las demás jugadoras deberían pasarle la bola a Mayra. Nadie sabe quién es ella así que todas terminan siendo Mayra para nosotros, todas corren como Mayra, todas meten la pata como Mayra. Con el partido 1 a 1 el padre orgulloso sigue con sus reclamos cansones. Incluso el francés lo nota: "C'est insupportable" dice. Al minuto 65 el entrenador saca a Mayra del terreno de juego, y todos respiramos aliviados (no porque el señor se calle porque no, no se calla) si no porque entran piernas frescas y casi parece que la remontada está cerca. Casi. Minuto ochenta y pico, contragolpe, penal para Paraguay y gol. Celebran las paraguayas, lloran las ticas. Jugaron como nunca y perdieron como siempre.

La culpa, dice el señor gritón, es del entrenador, por haber sacado a Mayra cuando era claramente la mejor del partido.

jueves, 11 de abril de 2019

Como la Lisboa de Wim Wenders

Al fondo suena una guitarra portuguesa.

"Pero es solo el río que es verdad" (creo) que dice la letra de la canción. Es hora de irse, pienso, pero no tengo ninguna razón de peso para convencerte. Cuando llueve de noche en Lisboa dos cosas ocurren con certeza: Las calles se ponen amarillas y tú, tú echas raíces.

De repente me dan ganas de pronunciar tu nombre: Catarina  - digo muy bajito, sin contenerme. Tu me alzas a ver y sonríes. Ya lo sé: No vamos a ninguna parte.

Cuando haces esas cosas (cierras los ojos y ni siquiera yo importo, tan solo los sonidos de la ciudad) me recuerdas tanto a la Lisboa que plasmó Wim Wenders en Lisbon Story. "El descubrimiento de la ciudad como metáfora del arte cinematográfico" escribió algún crítico infumable, al que me gustaría tener en frente para caerle a trompadas. Si te viera a ti, ensimismada mientras mueves la cabeza al ritmo del fado o del tranvía o de las olas del río (o de lo que sea) lo entendería todo sin necesidad de frases pretenciosas. 

También yo soy un infumable a veces, lo sé. Esta manía de ponerlo todo "como metáfora del arte cinematográfico" (mátenme) ahora te parece adorable, pero ¿Más adelante? Más adelante quizás te harte, no lo sé. Por ahora nos vemos solamente dos o tres veces al año en esta ciudad que es tuya, solo tuya. Te gusta jugar en cancha propia, me dijiste cuando nos conocimos. Y yo estoy bien con eso. 

¿O no? 

Siendo honesto, a veces quisiera que termine el juego de una vez por todas, pero no sé cómo buscarte para pedirte migajas de certeza. En otras ocasiones quisiera llegar a ser como el Philip de la película cuando decide dejar de buscar a Friedrich. Quisiera, como él, leer a Pessoa intensamente y comenzar a enamorarme del catálogo sonoro de la ciudad, sin que me importen tus ausencias prolongadas o tus ratos de abstracción. 

Y también hay días como hoy. Días en los que quisiera hacer una escena y salir tempestuosamente del restaurante, mientras grito que al carajo con todo, que al carajo contigo, que estoy harto, que no te quiero volver a ver nunca más. Pero tu me mirarías con algo de lástima, quizás con un dejo de condescendencia porque sabrías que todo eso, absolutamente todo eso, sería mentira. 

Porque es solo el río que es verdad. 


domingo, 16 de septiembre de 2018

Albahaca morada

Si hubiera que explicarlo habría que decir que era como si el radio estuviera dando las últimas pataletas de ahogado, solo que en este caso no eran pataditas sino más bien estertores radiofónicos envueltos en un vaho tecnológico del más allá. Los lamentos infernales que provenían de sus parlantes no eran tales, sino más bien remedos de transmisiones radiales que en algún lugar a unos cuantos kilómetros de distancia eran emitidas con la intención sincera de ser escuchadas clara y fuertemente, pero que ante la desvencijada condición del aparato adoptaban una salida decorosa a través de ruidos débiles y enredados. Don Anselmo hizo un esfuerzo honesto durante los primeros minutos; pensó que tal vez entrecerrando los ojos iba a lograr escuchar con mejor claridad o que finalmente la señal se iba a estabilizar en algún momento determinado, milagroso, inédito. Se rindió cuando le pareció escuchar la voz de Marta, sílabas aleatorias que sin duda le pertenecían a ella y a su tono de voz entusiasta. Al menos estaba cumpliendo su promesa ¿no?

En todo caso ¿A quién se le ocurre producir un programa de cocina para la radio? ¡Y en la AM, encima! El proyecto había nacido muerto, de eso don Anselmo estaba seguro y así se lo hizo saber a Marta de manera escueta pero determinada todas las veces que cruzó el río con él. El hombre no lograba comprender aún porqué ella seguía utilizando sus servicios de taxi-bote informal, y mucho menos la razón por la cual insistía en dirigirle la palabra, pero jamás habría rechazado a una cliente en esta época tan dura.  - Ah, qué don Anselmo, carajo. No sea usted negativo - le respondió Marta la última vez, cuando le anunció la fecha del estreno en la humilde radio local, paradójicamente auto denominada "La Poderosa". Acto seguido le hizo prometer escuchar aunque fuese la primera emisión. El hombre se mostró reticente y Marta, que conocía bien a su interlocutor, abrió espacio para la negociación.

- ¿De qué le gustaría que hable en el primer programa? El estoico motorcito del bote empezó a sufrir sobresaltos mecánicos que provocaron unos chapoteos inusuales. El hombre se acercó a la máquina de manera rutinaria para hacer los ajustes que ya sabía necesarios.

- De la sagrada - respondió don Anselmo sin pestañear - hable de la albahaca sagrada.

Marta volteó la cara para que ninguna de las otras personas a bordo la vieran sonriendo: Era la primera vez que el hombre tenía algún tipo de concesión para con ella después de todos estos años. El agua del río le cayó sobre el rostro mientras leía con nostalgia punzante el nombre ya desgastado de la embarcación: "Ana Sofía".

***

- La albah... morad... tam... conocid... com... albah... sagrada...

También Marta estaba cumpliendo su promesa.

Don Anselmo por su parte había pasado la mitad de la mañana buscando el radio viejo en la bodeguita casi abandonada del patio, y la otra mitad tratando de recuperar de entre las cajas empolvadas el cuaderno de recetas de Ana Sofía. Lo encontró casi intacto debajo de unos mantelitos que, con el paso de los años, se habían puesto tiesos e inservibles. Mientras pensaba en todas las cosas de las cuales debía deshacerse lo antes posible, sacudió el cuaderno para quitarle el polvo de encima. Una fotografía, otrora refugiada entre las páginas del recetario artesanal, fue a caer al piso y don Anselmo se apresuró a recogerla. En ella, Marta y Ana Sofía se veían distendidas mientras compartían un abrazo caluroso sentadas sobre el malecón. El hombre sintió un calor tóxico recorriéndole el tracto digestivo, y tuvo que sentarse por un momento para absorber el impacto de aquella súbita ráfaga de dolor. La última vez que había sentido algo semejante, Ana Sofía estaba tirada en su cama sosteniéndole la mano con las pocas fuerzas que le quedaban. Ya solo quedaban ellos dos en la casa porque don Anselmo, harto ya de escuchar los "ay pobrecita, tan joven", había expulsado a todas las visitas sin distingo de consanguinidad.

- No dejo nada, papá - le dijo ella más bien en tono de resignación. Él no contestó, nunca aprendió a decir las palabras adecuadas para un momento así. Por unos segundos solo existieron las dos manos entrelazadas y el ardor haciendo añicos la garganta y el pecho.

- ¿Marta? - preguntó Ana Sofía sosteniéndole la mirada. Don Anselmo le correspondió con unos ojos confundidos: Marta no estaba, nadie le había avisado. Él no le había avisado. Aquel nombre no se mencionaba en la casa desde hacía mucho tiempo, desde aquella vez en que Anselmo fue todo gritos e insultos, catalizador de despedidas forzadas. Ana Sofía exhaló profundamente con mucha dificultad y con mucho dolor, como tratando de absorber la decepción.  - No dejo nada - repitió amargamente.

Entonces él tuvo una idea.

Corrió hacia la destartalada cocina y registró cada no de los compartimientos del mueble improvisado adonde normalmente iban a parar todos los utensilios. Encontró el cuaderno justo donde Ana Sofía lo había dejado la última vez que escribió en él, encima de las espátulas. Incluso el lápiz de grafito estaba aún marcando la página en donde ella había garabateado una receta inconclusa: "Sopa de tomate con queso y albahaca morada".

Cuando regresó a la habitación ya era demasiado tarde. Don Anselmo nunca había visto unos ojos tan abiertos y tan vacíos de vida al mismo tiempo.

***

Marta pensó de inmediato que don Anselmo debía estar enfermo de gravedad, no encontraba alguna otra explicación para el estado de ese monigote que ahora estaba de pie frente a ella sudando copiosamente. Además el rostro parecía transfigurado pero no por la intervención de un ser de naturaleza etérea, sino más bien por la invasión de algún parásito intestinal resistente. Antes de que ella pudiera decir cualquier cosa (aún estaba sorprendida porque él había ido a buscarla directamente cuando ella apenas se había asomado en el muelle) el hombre sacó algo que llevaba envuelto delicadamente en un paño deshilachado y lo colocó en sus manos con mucho cuidado. Marta reconoció el viejo cuaderno de Ana Sofía al instante, aunque le resultaba terriblemente difícil comprender cómo había llegado hasta ella a través de semejante mensajero y en tales circunstancias. Comenzó a llorar sin poder controlarse ante a ese hombre frente al cual siempre actuó con cálculo y cautela.

- Sí dejó algo, ella - dijo don Anselmo inmediatamente después de soltar el suspiro más liberador de su vida. Marta le miró sin dejar de llorar, el viejo se le aparecía turbio a través de las lágrimas. Eso era él en ese momento, una incógnita en forma de viejo borroso.

- Para tu programa de cocina - explicó él. Marta comenzó a entender, y bajó la mirada hacia el cuaderno aún sin creer que aquel objeto estaba en sus manos. En sus páginas había una receta casi para cada día del año; ella misma había ayudado a recopilarlas durante una época en la que habría matado por los besos agradecidos de Ana Sofía. Una época interrumpida, desgarrada por el hombre nebuloso que seguía frente a ella. Era claro que aún tenía algo más que decir.

- Tu nombre fue la última palabra que ella dijo en vida - dijo con gran dificultad.

Marta se derrumbó de todas las maneras en que una persona se puede derrumbar. Abrazando aún el cuaderno decidió regresar a su casa corriendo para ver si se le quitaban las estúpidas ganas de agradecerle a ese ser insensible que no se había atrevido a mirarla a los ojos durante todo ese breve pero lapidario intercambio.

Don Anselmo, viéndose finalmente solo, pudo respirar un poco mejor y buscó una piedra para sentarse. No tenía idea tan siquiera de cómo empezar a asimilar lo que acababa de suceder. Del bolsillo de su pantalón sacó la única página del cuaderno que había decidido dejarse para sí. Había tres recetas acomodadas como si se tratase de un capítulo especial, y arriba en una esquina escrito con lápiz de grafito (como le gustaba a Ana Sofía) se podía leer claramente "para la acidez de papá".

domingo, 22 de octubre de 2017

Como el título de una película de Isabel Coixet

La verdad es que a mí siempre me encantó escucharte hablar. No, no. No estoy siendo zalamero, lo digo en serio. Siempre has tenido una extraña facilidad para decir las cosas de una manera... ¿Cómo te lo pongo? A ver: no te complicás con florituras y, sin embargo, al mismo tiempo, las cosas te salen hermosas, concretas, como con desenfado. Sí, ya sé lo que estás pensando. Exactamente todo lo contrario a mí, que me meto en estos enredos, que me pongo a dar estas vueltas en círculo para decirte algo que debería ser simple. Y bueno, tal vez esto no lo sabías, pero siempre te he envidiado por eso. Yo creo que es el mismo tipo de envidia que siento cuando veo las pelis de Isabel Coixet.  

Sí, ya sé que la última vez te quedaste dormida, pero ese no es el punto. Mi envidia tiene que ver con los títulos de sus trabajos. Por tu cara veo que ya sabés por dónde voy con esto. Y sí, estás en lo correcto. Vos sabés cómo me cuesta a mí ponerle título a los remedos de guiones que escribo. Me salen unas cosas horrendas, ambiguas, rebuscadas. En cambio a doña Isabel no, a la Coixet le ves cosas como "Mapa de los sonidos de Tokio" o "La vida secreta de las palabras" o qué tal esta maravilla de sus primeros trabajos: "Demasiado viejo para morir joven". 

Así que, insisto, aunque les envidio (a vos y a la Coixet) siempre me ha encantado escucharte hablar, incluso cuando me decis cosas como la de anoche. Hermosa, concreta, como con desenfado: 

"Siento que falta poco para que alcancemos nuestro punto de no retorno".  

lunes, 8 de mayo de 2017

Best Seller, pero no de stand de supermercado (fragmento)

INT. NOCHE. HABITACIÓN DE HOTEL DE TERCERA EN MANHATTAN. 
Miguel y Tommy, cara a cara en la habitación poco iluminada. Es Tommy quien habla.

-Hay situaciones en la vida que no ofrecen posibilidad de redención - dice, en voz baja.

Miguel se acomoda en su silla, más por cortesía que por interés genuino.


-Tomemos por ejemplo – prosigue Tommy - el tráfico. Todos hemos estado en esa situación: Sin ninguna intención, le cortamos el paso a algún otro conductor. Tal vez no nos fijamos, por pura flojera, qué había en el carril de al lado. Y estamos a punto de chocar, de no ser porque la otra persona sí está concentrada y coordina bien sus reflejos para frenar justito. Esta persona, digamos, no sé, una señora de 50 años, profesora universitaria, suena el claxon con todas sus fuerzas, durante un buen tiempo para enfatizar su indignación. Y tu le quieres explicar, te encantaría hacerlo, pero no puedes, solo pasan unos cuántos segundos y es imposible comunicar todo lo que está en tu cabeza en ese preciso y caótico instante. Así que la señora se pierde de vista, tú la pierdes de vista, y ya de repente no sabes adónde fue a parar su pequeño volvo gris, cabrón ¿Sí me entiendes? Se acaba de crear un conflicto entre ti y alguien con quien apenas interactuaste durante 3 segundos. Y ¿sabes qué es lo peor? Que nunca vas a volver a ver a la pinche vieja. Nunca vas a poder estar frente a ella y decirle "oiga, discúlpeme, seño, es que  no la vi, caray, qué pena".  Ese conflicto no resuelto te lo llevas a la tumba. Sin. Posibilidad. De. Redención.  


Miguel le sostuvo la mirada por un tiempo, intentando comunicar que no entendía a qué venía la pequeña reflexión (...)

martes, 6 de diciembre de 2016

No se huye de Montréal en primavera (fragmento)

(...) En fin, no era ese hombre imponente que Manon conoció durante la exposición de la World Press Photo en Marché Bonsecours, cuando una lluvia diferente a la de ahora, una lluvia pesada de otoño les había empapado los pies a todos. Los salones de la galería estaban repletos pero Manon los recorrió alegremente dos veces, leyendo (a veces en inglés, a veces en francés)  las descripciones que acompañaban cada fotografía. Era sábado y a pesar del clima, mucha gente se paseaba por la galería sosteniendo sus paraguas a medio cerrar. A ella sin embargo le llamó la atención el tipo que, durante todo el rato, no se había movido de en frente del cuadro de los niños albinos ciegos en India. Lo había notado al entrar y también justo ahora que pensaba regresar a casa. Ante la puerta de salida, Manon miró afuera para constatar que la lluvia seguía bañando  Vieux Port, y entonces decidió quedarse. No se había percatado pero el cuadro y aquel hombre habían formado una especie de escena recortada del resto de la galería. La luz delicadamente colocada para iluminar la fotografía le bañaba a él un poco también, creando una extraña composición alimentada por los contrastes entre los chicos albinos de la foto y la tez oscura del hombre que les contemplaba en aparente concentración total. Se colocó junto a él rompiendo un poco la armonía de la configuración escénica, pero al mismo tiempo creando una nueva paleta de matices y colores de piel. La foto era perturbadoramente hermosa, a decir verdad. Los cinco personajes distribuidos en la habitación y frente al lente de la cámara posaban con sus camisas escolares rosadas y sus pieles blanquísimas, sus cabellos blanquísimos también a excepción del que ocupaba el centro del conjunto, pelirrojo-fuego, expresión casi indiferente en su rostro, cabeza ligeramente volteada a la izquierda (su izquierda). Los más altos atrás asemejaban centinelas de algún cortejo real, los dos en el centro ¿acaso miraban a la cámara con expresión vacía? Casi se podía adivinar la personalidad de cada uno a través de sus posiciones corporales, de la posición de sus manos, de la forma en que entrecerraban la boca. Las paredes despintadas atrás y las que parecían ser camas le daban el toque terrenal a lo que contrariamente podría haber sido un espectáculo paranormal. Manon volteó la cara ligeramente y pudo ver que el hombre estaba sumamente conmovido, casi hasta el punto del llanto. Y entonces sucedió. 

Manon soltó una carcajada. 

Sí, una carcajada. Una que intentó atajar a medio camino con la mano libre, consciente de que aquello estaba fuera de lugar, consiguiendo únicamente empeorar el asunto pues la palma de su mano formó un ángulo que sirvió de acústica para su risotada ahogada. La aberración sonora tronó por toda la galería haciendo que la gente se volteara, algunos con sorpresa, otros con indignación. De estos últimos Mo fue principal partidario, claro receptor de lo que en aquel momento interpretó como un gesto de sorna de parte de una chica insensible e inmadura. Manon seguía tapándose la boca ahora con las dos manos (había soltado el bolso y la sombrilla), tenía los ojos grandes con un gesto que era a medias un intento de disculpa y una búsqueda de explicaciones. No entendía por qué algo que le había conmovido tanto le había provocado una reacción tan despreciable. El ofendido ensayó una retirada digna, casi militar en la forma de dar los pasos, y se dirigió a la puerta de entrada/salida en dónde la lluvia se anunciaba con un ruidito necio y poroso. (...) 

miércoles, 24 de agosto de 2016

Principio de reciprocidad

- Ya quisieras - me atreví a decirle.
- ¡Ya quisieras vos! - me contestó tajantemente.

Y así, con dos enfáticos arañazos de gato, sacamos del anonimato a una estirada historia de tensión sexual no resuelta.

martes, 9 de febrero de 2016

El alcalde y el obelisco

Ambos sabían que a partir de este momento no habría retroceso. Él le mordisqueaba suavemente los muslos, pícaramente, detenido en aquella acción como si toda ella completamente desnuda, con su sexo ahí tan cerca, vivo y dispuesto no fuera suficiente tentación. Sonaba B.B King de fondo, there must be a better world somewhere, cantaba el ahora difunto como súplica. Y ella se lo quería hacer saber a él, decirle con su cuerpo que sí que lo había, que estaba ahí, entre sus piernas, una trampa húmeda y carnosa. De vez en cuando levantaba ligeramente las caderas, una brevísima insinuación: un juego al fin y al cabo. Él lo entendía perfectamente, y sonreía entre mordisco y mordisco, mirándola fijamente con un mensaje claro: no sabés lo que te espera. Ninguno tenía prisa.

***

 Aquel día todos parecían ir tarde y el fastidio era un manto desgarrado cubriendo la ciudad. Todo, absolutamente todo producía repulsión o asco. Encima el autobús iba repleto y ella sintió que vomitaba, quería dejar salir todo a esa hora de la mañana, vaciar las entrañas, arruinarle el día a alguien. No le importaba, porque acababa de descubrir que había olvidado los audífonos en casa. Tenía ganas de arrancarse una uña, algo ya de por sí nuevo en su catálogo de impulsos. La conversación del asiento de enfrente no llamó su atención de inmediato, sino hasta que pudo leer en una de las personas un desgano que supo identificar, que le pareció íntimo y familiar. Era la primera vez que lo veía a él, o mejor dicho a su perfil de hombre anónimo, esa cara que es mil rostros y ninguno a la vez. Hizo un esfuerzo por escucharle, algo que su interlocutor parecía haber abandonado desde hacía mucho rato.

- Y es que - decía él - yo no entiendo cómo alguien puede ser tan descarado. Imagináte - siguió sin esperar validación - irse de gira a Europa con su esposa y demás comitiva a "evaluar" diseños de obeliscos (¡como si necesitáramos semejante cosa en esta ciudad!) para después regresar y decir con toda la desfachatez del mundo que "no es un proyecto viable" Lo que no es viable - remató-  es que ese sinvergüenza ahora quiera reelegirse ¡Jodás! 

Sin entender por qué, ella se bajó del autobús en el mismo lugar que él lo hizo. Le siguió de cerca por unas dos cuadras y cuando reunió el valor le tocó el hombro. Él se volteó esperando la típica pregunta de quien busca desesperadamente una dirección. Ella suspiró.

- ¿Es  verdad lo del obelisco? 

***

Nadie maneja la técnica del vibrato como B.B King, y nadie maneja la lengua cómo él, maldita sea, pensaba ella mientras sentía que morirse justo en ese instante no solo estaría bien si no que además sería lo adecuado, despedirse con la sensación de que después de todo el mundo no puede ser una mierda cuando su cuerpo es capaz de emitir esos chispazos abrumadores. Y ahora viene su parte favorita, cuando él introduce un dedo, solo uno, suavemente, y le da vida, un ritmo que solo él conoce, que él se inventó para ella, que la lleva a ese mundo mejor que le prometieron, a la tierra de leche y miel y excesos y sudores y espasmos y contracciones y vibrato, oh sí, vibrato por siempre y para siempre. Vibrato con maestría, como nadie más lo sabe hacer.

Cuando todo se empieza a calmar, ella le mira entre agradecida y excitada. Le empuja de manera juguetona y se pone sobre él, acariciando su miembro. Es mi turno - le dice ella - y entonces él recuesta la cabeza y se dispone, pacientemente, a reclamar su recompensa.

En la radio el noticiero interrumpe la trasmisión para anunciar, de última hora, que según los resultados oficiales el alcalde de la capital acaba de quedar reelecto gracias al voto de una minoría que continúa sin conocer el hastío. 

domingo, 26 de abril de 2015

Enchilada de papa

Yo sabía que tenía que estar complemente roto por dentro porque no sentía absolutamente nada. En primer lugar, la embestida del camión fue brutal (ni el chofer me vio a mí ni yo lo vi venir a él). Segundo: había sangre por todas partes, había caras de gentes con los ojos bien abiertos sin poder explicarse cómo era que aún estaba vivo, había partes de mi cuerpo en posiciones inverosímiles, como si todo yo fuera un saco desgarrado. Pero no sentía nada, era como si me hubieran desconectado los sentidos. No había zumbidos, ni cosquillas, ni dolor, ni nada. Aún no sé porqué pero casi inmediatamente me empeñé en tratar de averiguar adónde habría ido a parar la enchilada de papa que acababa de comprar. Eso era quizás lo más estúpido de todo, estaba yo ahí tirado, un despojo de carne y huesos, poco menos que un hálito de vida, y solo pensaba en la enchilada, la que acababa de comprar aún calientita, con la que incluso había soñado esa mañana antes de despertar, la que me sirvieron con un par de servilletas y una sonrisa. Ni una señal de ella, habría ido a parar a una alcantarilla, al hocico de un perro o a las manos de algún indigente.

Me sirvió de consuelo, tonto por lo demás pero consuelo al fin, el que la dependiente de la panadería de la esquina le gritara a sus compañeras con un terror muy honesto (la misma franqueza con la que reparte sonrisas, probablemente): "¡atropellaron al muchacho guapo!". 

martes, 17 de febrero de 2015

Comida china después de las once.

-Te dejo porque nunca tenes sueños raros.

Vielka ya no pudo ignorarlo más. Se había blindado contra los intentos de Vladimir por eliminarla de su vida, pero esto era algo nuevo. Un arpón ridículo y casi minúsculo, pero nuevo. 

-Veni, pidamos algo de comer - dijo ella, mientras miraba con esfuerzo la pantalla del celular. No conocía de memoria el teléfono de ningún restaurante. Tomó el directorio telefónico de la repisa, comenzó a fingir que buscaba algo. Vladimir no se sentó, quedó de pie y rígido como un principiante en su primer paseo en bicicleta. 

Nunca había hecho eso, siempre se sentaba. Vielka comenzó a pellizcarse las yemas de los dedos. Odiaba el estrés previo a los intentos de fuga de su "Vladi".

- Vos creés que no hablo en serio. Pero me voy, Vi. 

Ella estaba marcando números, reales, pero nadie atendía el teléfono. 

- Es imposible conseguir comida china en esta ciudad después de las once. Seguimos siendo una aldea - dijo buscando los párpados de él. Estaban relajados, se movían con mecánica imprecisa, pero relajados. Siguió pellizcando. 

- La otra noche me llegó de repente. Vos me contás un sueño y es como si me estuvieras contando lo que te pasó durante el día. Tu cabeza está ausente de sobresaltos emocionales, ni siquiera es capaz de tejer historias ridículas cuando estás dormida. Por eso me voy, tenés el cerebro en hibernación - Vladimir estaba siendo deliberadamente cruel. Vielka marcó el último número de la lista.

- Después mando por mis cosas. Los libros de historia del arte dejátelos, no los quiero. 

Él salió arrastrando los pies. Daba la impresión de querer dar una última oportunidad de hablar a su contendiente. Cerró la puerta apagando la breve ilusión de noche fresca que había invadido el apartamento. No se oyeron sus pasos en la calle. 

Al otro lado del teléfono alguien hacía esfuerzos por articular en castellano. Vielka atinó a soltar palabras que ya no eran más que simples reflejos.

- Un entero de arroz cantonés de la casa, por favor. Sin pan.

La respuesta era ensayada, sucinta, pero clara: no había servicio a domicilio a esa hora. Tendría que ir a recoger la orden, le explicaron. 

- ¡Me cago en la aldea! - Gritó. Cortó la llamada. Dejó de pellizcarse. Soltó una risotada amarga. Ahora tenía dos problemas. Vladi se había largado.

Y en verdad tenía mucha hambre. 


Introducción a la cultura Beatle

En este país no existe persona con el nivel de conocimiento que tiene Marta sobre la música de los Beatles, y eso es algo que nadie podrí...