martes, 1 de marzo de 2011

Tu nombre me sabe a yerba (de La Sabana)

Hacía varios años que esperaba este encuentro con vos. Quizás desde mis 8 o 9 años cuando escuchaba a mi padre cantar tus canciones con arrebatada inspiración, y aún con más fuerza desde que él mismo me contó cómo había conquistado a mi madre poniendo a todo volumen aquella hermosa canción tuya, la mujer que yo quiero, para que todo el barrio la oyera, pero en especial aquella flaca adolescente que poco tiempo después me llevaría en su vientre. Ya el amor de mis padres murió pero yo aún sigo recordando la historia y amando la canción que, cosas de la vida, al final no cantaste esta noche.

¿Sabés qué? Te perdono eso. Y te perdono también tu amistad con Oscar Arias, qué demonios. Al fin y al cabo para vos es otro intelectual de primer mundo, un premio nobel. Ignorás seguramente que el tipo se ha convertido en un megalómano neoliberal, y que por culpa de él y otros como él que han accedido al poder en los últimos años acá en Costa Rica se nos ha llenado de pobres el recibidor. Y perdoná que te lo mencione ahora, pero es que entre esos tipos y yo hay algo personal.

Comenzás a cantar para la libertad, y para nosotros, muchedumbre agolpada y maravillada con tu magistral talento que no merma a pesar del (evidente) paso de los años. Aún tenés esa tendencia a ser un soñador de pelo largo pero hay un gran agujero en tu cabeza, ahí donde alguna vez hubo una cabellera generosa. Así es el tiempo de cruel. Pero seguís derrochando esa energía bohemia, y nos invitás a olvidarnos de que el día siguiente es lunes. Al fin y al cabo, como vos decís, mañana es solo un adverbio de tiempo.

Tenés un carisma magnético, y hablás de manera elocuente y sincera. Te dirigís a una multitud de más de quince mil personas y aún así tus historias se sienten como un ejercicio de intimidad fraternal. Nos tenés en el bolsillo. Y luego comenzás a cantar de nuevo y terminás de ganarte mis buenas vibras por que me dejás cantarle a mi novia al oído que no hago otra cosa que pensar en ella y que menos su vientre todo es confuso.

Aún después de más de 30 años de carrera seguís dejando testimonio de tu orgullo por nacer en el mediterráneo, aunque esa canción ya dejó de ser tuya hace mucho y ahora es de todos aquellos que, como vos, derrochan amor por la tierra que les vio venir al mundo. Quizás por eso ya casi no la cantás, dejás que sea esta multitud en éxtasis la que recorra las líneas de la hermosa letra, vos solo te unís en los coros y también para poner fin a la explosión que significa aquella interpretación. Te despedís pero el público no va a permitir que te vayás así sin más, y no una si no tres veces regresás al escenario aclamado por el gentío. Todos te gritan sugerencias de canciones, pero es imposible complacerlos cuando tu repertorio ronda ya los 600 temas, y claro algunas se quedan fuera, qué le vamos a hacer, son aquellas pequeñas cosas.

“Déjenlo todo” – decís – “Háganse artistas. Ya verán… ¡ya verán el hambre que pasarán! Pero después es grandioso” – agregás. Y justo en este momento de mi vida siento esas tus palabras como mías: Se hace camino al andar, categórica sentencia sacada de un poema que una vez hiciste canción, brindándole el don de la inmortalidad.

Luego se acabó la fiesta y ya no salís más. En un reflejo de resignación la gente comienza a despejar el área del concierto. Vamos todos embriagados de tu música y tal vez con un poco de enfado por que el recital no duró toda la noche y vos, probablemente para irte a vagabundear por ahí, nos despachaste a casa poco antes de que dieran las 10.

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