martes, 15 de febrero de 2011

Las artimañas de Lucencio*

Cuando Vassily se levantó algo atolondrado aquella mañana particularmente ventosa, jamás sospechó ni por un segundo que aquel día podría ser el de de su muerte. Haciendo un esfuerzo por dejar de lado su odio por las pantuflas grises, se sacudió las sábanas de encima y se sentó un momento en el borde de la cama. Eran las 9 de la mañana. Nada como esa ausencia de culpa por las horas extra yaciendo en el lecho cuando se está en vacaciones.

En la cocina, descubrió la nota que Pietra le había dejado en el refrigerador: “Papi, me fui para el campamento. Nos vemos el lunes. Te amo. Pietra”. Por enésima vez, frunció el seño. Campamentos le llaman a esos retiros en donde un montón de adolescentes cachondos tratan durante todo el fin de semana de meterse en los pantalones de su hija. Pero en fin, con todo el asunto del divorcio de por medio, no le quedó de otra que darle permiso a su retoño y apuntar a ganarse unas cuantas simpatías. Y ¿ahora qué dices a eso, Natasya Ivanovna, ex esposa del infierno?

A las 10 y 13 minutos se acercó a la sala de televisión y encontró una segunda nota de Pietra sobre la mesita de centro. “Papi, esta es la peli que te dije que vieras. Cuando vuelva la comentamos. Te amo. Pietra”. Ese cuando vuelva la comentamos significaba nada más y nada menos que un mami ya la vió conmigo y me dijo que le había gustado. Echó un vistazo a la carátula: “10 cosas que odio de ti”. – Solamente el título podría encabezar la lista – pensó. Y de inmediato preparó el reproductor de DVD.

A las 12 en punto Vassily estaba alteradísimo, maldiciendo los nombres que iban rodando hacia arriba en los créditos finales por haber profanado la obra de Shakespeare y a su fierecilla de una manera tan atroz. Las artimañas de Lucencio reducidas a un ligero drama adolescente de pacotilla. A las 12 y 3 minutos el teléfono sonó.

- Vamos Manilof – le dijo a su compañero con algo de sorna – algún caso podréis resolver sin la necesidad de mi ayuda.
- No este, Vassily, no este – le respondió Manilof en un tono grave, gravísimo – Tu nombre está escrito a lo largo de todas las paredes del colegio.

A las 12 y 43 minutos Vassily estacionaba su auto en una zona verde de los terrenos del Colegio San Gregorio, como tantas veces lo había hecho al pasar a recoger a Pietra. Ahora la escena era una policial: cintas amarillas, sirenas, radios, hombres uniformados, gente asustada. Vassily, enfundado en su clásico impermeable amarillo, bordeó el caos y se adentró en el viejo edificio.

Su nombre, en efecto, estaba escrito a lo largo de todas las paredes. Manilof, agitado y sudoroso como siempre, lo puso al tanto. Los testigos afirmaban que un hombre había ingresado al colegio, fuertemente armado. Por ser fin de semana, sólo estaba allí un pequeño grupo de alumnos y un profesor guía, se disponían a partir de campamento. El hombre armado tomó a tres rehenes, y ordenó a los demás salir de las instalaciones. Algún alboroto se armó adentro mientras los ahora liberados llamaban a la policía. Cuando esta se hizo presente, el perpetrador había huido con sus prisioneros, aún no identificados por culpa del alboroto. Vassily agudizó la vista y notó que cada graffiti con su nombre se iba haciendo más pequeño conforme se adentraba en los pasillos del colegio. – Es un camino – le dijo a Manilof mientras comenzaba a seguir la pista. El último graffiti estaba escrito al lado de la vitrina de trofeos del colegio, no era más grande que una hoja de cuaderno. Mirando a ambos lados para asegurarse de que no hubieran más personas que él y su compañero, pateó con fuerza el cristal que protegía las reliquias, y sobre uno de los platones de oro, encontró una nota dirigida a él: “Sobre esta piedra edificaré mi venganza. Nosdriof.” – Tiene a mi hija – dijo Vassily con un nudo en la garganta.

- Nosdriof – explicaba Manilof poco después a los patrulleros que le acompañaron a seguir el rastro del maleante a través del patio trasero del colegio y posteriormente en las calles aledañas – era el antiguo compañero de Vassily. En algún momento desvió el camino, y se involucró con tráfico de drogas y de armamento. Vassily le descubrió, y lo delató. Ya lo conocen, él es todo un Serpico moderno – los oficiales, algo jóvenes, no entendieron esta referencia y miraron con extrañeza a Manilof. Él continuó, algo indispuesto – En fin, en el juicio se declaró culpable, y alegó que todo lo hacía para sacar adelante a su hijo, su única razón de existir. El jugarse la carta del “pobrecito” le sirvió, le redujeron la pena, pasó varios años en la cárcel, y ahora parece que ha regresado y quiere venganza.

A la 1 y 21 minutos la policía encontró los cadáveres de dos de los rehenes en un callejón aledaño a la Séptima Avenida. Se trataba de dos chicas de apenas unos 16 años, habían sido ajusticiadas con un disparo en la sien, una después de la otra. Pietra no estaba allí. El nombre de Vassily estaba escrito de nuevo en la pared de uno de los edificios adyacentes. En el piso, una nueva nota para él: “Encuéntrame en el lugar en el que me hiciste caer en desgracia. Si llegas antes de las 3 de la tarde, perdonaré la vida de tu hija y tomaré la tuya como pago. Si llegas después de esa hora, Pietra no verá la luz de otro día. Nosdriof. Pd: Nada de policías, llega solo o le meto una bala en la cabeza”. El recuerdo golpeó a Vassily con intensidad: las viejas bodegas detrás de la catedral, el plan, el traficante falso, la emboscada, el arresto, el juicio, los años de cárcel para su ex compañero. Y ahora esto. Una de las dos vidas iba cesar hoy si no pensaba con rapidez ¿la suya o la de su amada hija? ¿Qué haría Natasya Ivanovna? ¿Sacrificaría todo por que el fruto de su relación continuara viviendo? ¿Y por qué rayos ahora estaba pensando en la víbora? Entonces lo supo: -¡Cameron!- Exclamó - ¿Qué?- Respondió Manilof. – ¡Malditas películas!, no, no Cameron – replicó Vassily - ¡Lucencio!- ¿Quién demonios es Lucencio?- interrogó Manilof. Pero no obtuvo respuesta. –Debo irme ahora- dijo el detective - ¿A las bodegas?- asumió Manilof. –No, debo hacer primero una parada importante – dijo Vassily, alejándose. Mientras se enjugaba el copioso sudor, Manilof pensó que su colega acababa de perder la cordura. ¿Qué podía ser más importante que la vida de su hija? En el auto Vassily metió el pie en el acelerador y rogó porque no fuera demasiado tarde.

A las 2 y 49 minutos Nosdriof observó en la oscuridad a Vassily acercándose al centro del galerón abandonado. Desde la plataforma en la que se encontraba junto a Pietra era imposible ver su rostro con la débil luz, pero el inconfundible impermeable amarillo le dio seguridad. El miedo, en todo caso, se le notaba a leguas.

- Puntual como siempre – dijo con sarcasmo Nosdriof.
- Deja ir a mi hija, cumple lo pactado – respondió Vassily. Su voz se escuchaba lejana, como proveniente de un pasado doloroso.

Nosdriof se tomó su tiempo y bajó la plataforma arrastrando del brazo a la hija de su enemigo. Esta llevaba la boca vendada, y hacía vanos intentos por soltarse. Había estado llorando por montones. Después de un tiempo que pareció eterno, ambos hombres se encontraron frente a frente, a una distancia prudente. La penumbra era indescriptible, pero los ojos se iban acostumbrando.

- Tira todas las armas – ordenó Nosdriof.
Dos semi automáticas rodaron por el suelo. En un par de finos movimientos, Nosdriof arrancó la venda de la boca de Pietra, y le propinó un golpe en la parte trasera de la cabeza, dejándola inconsciente.
- Es un pequeño favor ¿sabes? Seguro que no querrá ver morir a su padre- dijo, con tremendo resentimiento – Y ahora – prosiguió- nos pondremos cara a cara para que mi sonriente rostro sea lo último que mires mientras te... Nosdriof se detuvo en seco, algo estaba mal. Se acercó más, y sus ojos se hicieron grandes como pelotas.
- ¿Pyotr?-dijo con incredulidad.
- Lo siento, yo… - respondió la otra persona.
- ¿Hijo?, pero ¿qué haces aquí? – Interrogó Nosdriof, con un dolor en el alma.
- Es lo mejor – resolvió Pyotr, y de inmediato el ex convicto sintió el pesado golpe del acero sobre la nuca. Cayó al suelo, y mientras el arma se escapaba de sus manos, entornó la vista. Ese que lo reducía, ese que ahora le ponía las esposas, que le decía sus derechos, era Vassily: había aparecido de la nada. Pyotr, de pie, impotente y ahogado en llanto solamente atinaba a repetir “lo siento, padre, lo siento, es por tu bien”.

–Hiciste lo correcto- le dijo poco después Vassily a Pyotr- salvaste muchas vidas hoy, la de tu papá incluída. – ¿Sabe lo difícil que es –respondió el joven- tratar de ser el héroe que tu padre nunca fue? Vassily no respondió. Vassily no lo sabía. Pyotr, cansado de esperar respuestas, le devolvió el impermeable amarillo y se alejó caminando bajo la lluviecita que comenzaba a caer.

- Eres tan inteligente, papi, ¡me salvaste! – Decía Pietra en el auto, camino a casa.
- Corazón, agradécele a Lucencio por su inspiración.
-¿A quién?
- Muy bien, muy bien –resopló Vassily – agradécele a Cameron…
- Papi, ¡viste la película! ¡Eres lo máximo!
“Toma eso Natasya Ivanovna”, pensó el detective en sus adentros.

Cuando Vassily se levantó algo atolondrado aquella mañana particularmente ventosa, jamás sospechó ni por un segundo que aquel día podría ser el de de su muerte. Y afortunadamente, no lo fue.

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* Cuento ganador del segundo lugar en el Décimo primer Concurso de Cuento Corto de 89decibeles.com


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