lunes, 1 de marzo de 2021

Día de la madre

Ya de por sí toda la situación estaba siendo difícil de manejar para ella; Silvia (Silvita, tan buena) le había ayudado a conectarse desde la compu para la "celebración virtual". Algunos términos le eran familiares, claro, pero le era imposible enlazarlos de manera en que tuvieran sentido completo para ella. Se vio reflejada en la pantalla, sin saber exactamente qué clase de vericuetos tecnológicos eran necesarios para hacer posible tal cosa. Pensó que iba a sentir un gran fastidio con todo esto pero llegada la hora se vio aterrada, vulnerable, expuesta, como una persona tratando de superar la barrera del idioma en un país extranjero. 

Todos los demás nietos van a estar también, abue, le decía Silvita, tratando aún a última hora de venderle la idea. Constantemente, durante los  últimos quince días, sus tres hijos no habían parado de repetirle: Dale, mamá, no pasa nada, el próximo año nos reunimos, esta es la nueva realidad, es por la seguridad de todos, mirá que sos un caso de riesgo. Si hasta papá está de acuerdo. 

Pero algo pasaba. Más bien, algo pasó

Gerar habló primero, siempre lo hacía, suponía quizás que tendría algún derecho (o alguna obligación) por ser el hermano mayor. Al desconcierto inicial se unía esto ahora ¿Acaso estaba escuchando bien? ¿Realmente estaba Gerardo Antonio pronunciando aquellas palabras?

Algunas personas comenzaron a hablar justo después. Muchas estaban llorando, otras tenían un tono que parecía solemne pero calculador al mismo tiempo. Había en medio de todo el barullo un hilo de ideas al cual ella se aferró, era la primera cosa concreta que lograba visualizar en toda la tarde. 


Que qué injusticia con Carlos/papá. 

Que tantos meses sin sueldo.

Que finalmente ahora que levantaron un poco el confinamiento, el día en que por fin regresa a trabajar...

Que qué desgracia chocar el bus así, tan tontamente, ahora que no hay tantos carros en la calle.

Que qué tragedia terminar perdiendo un brazo así, tan dolorosamente.

Que ahora qué va a hacer él. 


Suficiente. Ella corre a refugiarse en el baño. Silvita la ha seguido, ella lo sabe, pero no se atreve a tocar la puerta. Escucha a su nieta regresar sobre sus pasos, acomodar la silla alta del desayunador para colocarse frente a la computadora, pero no habla. Nadie está hablando ya, ni siquiera Gerar.

La abuela se ha llevado su teléfono celular con ella, ese aparato que marcó la frontera de los avances tecnológicos. Aquí es donde trazó la línea imaginaria, hasta allí estaba dispuesta a aprender. Le trajo muchos dolores de cabeza, sí, pero por fin la habían dejado en paz con aquellos delirios de formar a la "abue superconectada". Además, ahora era su nuevo refugio. Lo había logrado dominar después de trabajosos intentos, y en este momento ocupaba el centro de su vida, desplazando incluso a la televisión. Pasados algunos minutos, finalmente,  se decide a desbloquear la pantalla para descubrir un largo mensaje de texto; alguien se había tomado la libertad de relatar los acontecimientos por escrito, y de acompañarlos con una sincera muestra de solidaridad.  

Durante unos segundos deja la mirada fija sobre la cortina de baño, que se mueve lentamente con la corriente de aire que entra por la ventana que da al patio. Ella sigue el vaivén casi imperceptible, hasta que decide volver a leer el mensaje. De inmediato una involuntaria mueca de alivio le abruma. Esto le genera demasiada confusión, y termina soltando un llanto que le sabe a piña agria.  Lee por tercera vez, para estar segura, para que no haya duda. 

El brazo que Carlos perdió es el único con el que suele golpearla.

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