martes, 17 de febrero de 2015

Comida china después de las once.

-Te dejo porque nunca tenes sueños raros.

Vielka ya no pudo ignorarlo más. Se había blindado contra los intentos de Vladimir por eliminarla de su vida, pero esto era algo nuevo. Un arpón ridículo y casi minúsculo, pero nuevo. 

-Veni, pidamos algo de comer - dijo ella, mientras miraba con esfuerzo la pantalla del celular. No conocía de memoria el teléfono de ningún restaurante. Tomó el directorio telefónico de la repisa, comenzó a fingir que buscaba algo. Vladimir no se sentó, quedó de pie y rígido como un principiante en su primer paseo en bicicleta. 

Nunca había hecho eso, siempre se sentaba. Vielka comenzó a pellizcarse las yemas de los dedos. Odiaba el estrés previo a los intentos de fuga de su "Vladi".

- Vos creés que no hablo en serio. Pero me voy, Vi. 

Ella estaba marcando números, reales, pero nadie atendía el teléfono. 

- Es imposible conseguir comida china en esta ciudad después de las once. Seguimos siendo una aldea - dijo buscando los párpados de él. Estaban relajados, se movían con mecánica imprecisa, pero relajados. Siguió pellizcando. 

- La otra noche me llegó de repente. Vos me contás un sueño y es como si me estuvieras contando lo que te pasó durante el día. Tu cabeza está ausente de sobresaltos emocionales, ni siquiera es capaz de tejer historias ridículas cuando estás dormida. Por eso me voy, tenés el cerebro en hibernación - Vladimir estaba siendo deliberadamente cruel. Vielka marcó el último número de la lista.

- Después mando por mis cosas. Los libros de historia del arte dejátelos, no los quiero. 

Él salió arrastrando los pies. Daba la impresión de querer dar una última oportunidad de hablar a su contendiente. Cerró la puerta apagando la breve ilusión de noche fresca que había invadido el apartamento. No se oyeron sus pasos en la calle. 

Al otro lado del teléfono alguien hacía esfuerzos por articular en castellano. Vielka atinó a soltar palabras que ya no eran más que simples reflejos.

- Un entero de arroz cantonés de la casa, por favor. Sin pan.

La respuesta era ensayada, sucinta, pero clara: no había servicio a domicilio a esa hora. Tendría que ir a recoger la orden, le explicaron. 

- ¡Me cago en la aldea! - Gritó. Cortó la llamada. Dejó de pellizcarse. Soltó una risotada amarga. Ahora tenía dos problemas. Vladi se había largado.

Y en verdad tenía mucha hambre.