martes, 17 de febrero de 2009

Los dragones del edén y el trato ético hacia los animales*

Ciertamente el tema del respeto de los derechos de los animales es aún muy reciente, y al menos no ha sido de dominio público hasta hace muy poco tiempo; en parte esto gracias a las organizaciones ecologistas y proteccionistas del mundo, cuyos esfuerzos por revertir la manera en que otros seres vivos son tratados en los quehaceres que como humanos llevamos a cabo (desde el trabajo doméstico hasta la investigación científica) han sido ingentes desde las últimas tres décadas aproximadamente.


Pero, ¿por qué hablar de ética cuando nos referimos al trato hacia los animales? Es claro que consideraciones de este tipo nunca fueron tomadas en cuenta durante los cientos de años en que los científicos han llevado a cabo experimentos e investigaciones con animales. Sin embargo, gracias a la aparición de testimonios y pruebas documentadas que han revelado la excesiva crueldad con que muchos de estos animales son tratados, el tema ha tomado un puesto preponderante en las mesas de discusión científica. La polémica en todo caso es el punto álgido de los discusiones, debido principalmente a las diferencias de criterios entre aquellas personas que defienden la continuidad de las prácticas sin control relacionadas con animales, y entre las que abogan por la implementación de técnicas alternativas de investigación y la introducción de consideraciones éticas en la misma.


Podrían esbozarse muchos puntos acerca de esta cuestión, sin embargo creo que la situación está relacionada con un rasgo muy característico de los seres humanos: el antroponcetrismo. Ya Carl Sagan hace referencia a este rasgo humano, en relación al sentimiento generalizado de que los animales son incapaces de abstraer: “¿Y si el pensamiento abstracto no fuera tanto una cuestión de especie como de grado? ¿No pueden otros animales realizar abstracciones aunque no sea con la frecuencia y la agudeza del hombre (sic)? (…) ¿No será que como en El niño salvaje, la punzante película de François Truffaut, tendemos a ver en la ausencia de nuestra forma de expresar la inteligencia la carencia de la misma?" (Sagan, C. Los dragones del edén. 1984. Pág 135). Más adelante Sagan hace referencia a las ballenas y los delfines, como ejemplo de la capacidad de algunos animales de transmitir abstracciones por medios que van más allá de nuestra comprensión y entendimiento.


Continúa Sagan su análisis con un ejemplo concreto. El autor menciona el trabajo realizado por dos psicólogos de la Universidad de Nevada, Beatrice y Robert Gardner, basados en su hipótesis de que los chimpancés podían poseer facultades para comunicarse pero que a su vez está no podía llevarse a cabo por estos animales debido a limitaciones anatómicas (la faringe y la laringe del chimpancé no están adaptados para emitir sonidos de la manera en que lo hacemos los humanos). De ahí que buscaron un método por medio del cual se le pudiera enseñar a un chimpancé a comunicarse de manera simbólica. Encontraron así la “lengua norte-americana para sordomudos” (Ameslan), un método ideal para la soltura manual de los chimpancés, por medio del cual se pueden expresar los principales conceptos de la lengua. Diversos estudios realizados con Washoe, una chimpancé que formó parte de la investigación y además fue uno de los más prominentes casos, demostraron que ella era capaz no solo de aprender y comunicarse por medio de este lenguaje, sino también de improvisar y construir oraciones a partir de vocablos independientes, tarea para la cual no había sido entrenada. Otra chimpancé, Lana, fue capaz de manifestar necesidades emotivas, como pedirle a una máquina en medio de la noche que le hiciese cosquillas, y también de elaborar oraciones gramaticales de cierta complejidad.


Cabría acá retomar otro argumento relacionado con aspectos éticos. Generalmente, a nosotros como especie humana nos aterroriza la sola idea de ser subyugados por otra especie de inteligencia superior. Tal terror está ampliamente retratado en las grandes producciones hollywoodenses, como es el caso del filme “Matrix” de 1999, en donde los seres humanos son criados y sometidos por máquinas. A partir de esta situación, un grupo de rebeldes se organizan para tratar de liberar a la humanidad de semejante dominación, la cual consideran injusta y cruel. Incluye la película algunas consideraciones filosóficas relacionadas con la especie humana, entre las que se puede resaltar la conducta de virus que según uno de los agentes (especie de vigilante insertado en la matrix para controlar a las personas) tenemos los humanos. Ante esto vale preguntarse entonces, ¿si nos aterroriza la idea de ser utilizados de cualquier forma por otras especies, por qué nosotros sí lo hacemos con ellas? La metáfora de la matrix puede compararse con las granjas en donde los pollos son criados por millones, únicamente para acabar en el matadero sin haber gozado de un minuto libre en sus vidas.


La consideración de estos y otros argumentos requiere un cambio en la forma en que nos relacionamos con las otras criaturas vivientes, a sabiendas de que como seres pensantes y sintientes, los animales tienen derecho a la vida, derecho que de acuerdo a Sagan les ha sido negado siempre:


“Ni hoy ni nunca ha existido en ningún país de la tierra el derecho a la vida (tal vez haya alguna excepción, como los jainís de la india). Criamos animales domésticos para luego darles muerte, destruimos los bosques, contaminamos ríos y lagos hasta causar la muerte de toda la fauna piscícola, cazamos venados por deporte, leopardos por la piel y ballenas para preparar comida para los perros, atrapamos a los delfines, boqueantes y semiasfixiados, con grandes redes del tipo utilizado para la pesca del atún, y sentenciamos a muerte a los perros cachorros para ‘equilibrar la población’. Todos estos animales y vegetales están tan vivos como nosotros. Lo que muchas sociedades humanas protegen no es la vida, sino la vida del hombre” (Sagan, C. Los dragones del Éden. Págs. 243-244)


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* Bibliografía:

Sagan, C (1984). Los dragones del Edén. Especulaciones sobre la evolución de la inteligencia humana. México. Editorial Grijalbo.


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