domingo, 22 de marzo de 2020

Introducción a la cultura Beatle

En este país no existe persona con el nivel de conocimiento que tiene Marta sobre la música de los Beatles, y eso es algo que nadie podría negar (excepto quizás un par de machitos de la "escena" musical con el ego herido). Aún así, todas intercambiamos miradas incrédulas cuando ella nos anunció que tenía todo listo para abrir un curso libre de verano en la Universidad. - "Introducción a la cultura Beatle" - dijo extendiendo los brazos y haciendo una pose triunfal. Estábamos en la fila para alguno de los tantos conciertos a los que hemos ido recientemente (¡perdí la cuenta!), y como la gente se empezó a mover, no nos dio chance de discutir con ella lo que nos parecía, a todas luces, una completa ocurrencia. Recuerdo, eso sí, que Melania me volvió a ver con sus ojos grandes, mientras susurraba sin disimulo: - Mark - dijo, y luego movió la cabeza de arriba a abajo, muy rápido, intentando reafirmar lo que acababa de decir. 

Días después, cuando el tema volvió a surgir, descubrimos que en realidad Marta llevaba meses planeando aquella locura. Y digo "locura" no por tirar términos a la ligera, sino porque detrás de toda la idea venía una inversión considerable: Materiales, publicidad, pago del alquiler del espacio... Oh! darling sonaba de fondo, una de las favoritas de Marta. Ella estaba cantando con los ojos cerrados mientras ensayaba arrebatados movimientos de frontman roquero.  Su cabello corto y rubio se movía como si fuera largo y ensortijado.

Oh, darling
If you leave me
I'll never make it alone
Believe me when I beg you
Don't ever leave me alone


 A como pudimos capturamos su atención, y tratando de convencerla para que desistiese (aunque ya parecía demasiado tarde) le hicimos ver que en ningún momento se había sentado a hacer "proyecciones de costos versus ganancias y/o pérdidas". Nos miró a todas con mucha seriedad al principio y, luego, hizo una mueca de esas que ella hace todo el tiempo, cuando se apresta a decir algo tajante. - Y ustedes ¿qué saben de esas cosas? - reclamó. Nos miramos unas a las otras tratando de encontrar algo qué responder, pero ella tenía razón. Ninguna tenía una puta idea de lo que habíamos estado recitando toda la noche, un argot que según nosotras era de las áreas contables o financieras pero que claramente respondía únicamente a cosas que vivían en nuestro inconsciente y que eran solamente producto de toda la ficción que habíamos consumido a lo largo de nuestra vida. Entonces Melania, en un movimiento desesperado pero decidido, se puso de pie (porque lo consideró necesario) e hizo la pregunta que todas teníamos en la cabeza:

- ¿Es por lo de Mark?

Todas hicimos silencio. Solo la música se escuchó por un momento.

When you told me
You didn't need me anymore
Well, you know, I nearly
Broke down and cried

Y luego, de nuevo, la mueca. Nos preparamos para lo peor. Melania volvió a sentarse, despacio.

Marta, sin embargo, dio media vuelta y quitó la canción. Luego puso algo del White Album. Ella siempre es la que decide qué música escuchamos en las fiestas.

***

A Mark lo conocimos todas, en conjunto, en el tercer día de nuestra excursión a Liverpool. Aún estábamos embriagadas del viaje: nos parecía increíble que lo que había empezado hace apenas un año como un simple chat de whatsapp para fans de los Beatles nos había llevado hasta allá. Algunas gastamos nuestros ahorros y otras pidieron préstamos porque el entusiasmo de Marta se nos había contagiado casi que desde el día uno. Sí, porque ella el viaje lo había preparado, soñado, anticipado desde hacía ya muchísimo tiempo. Mar actuaba como nuestra guía todo el tiempo, casi parecía como si hubiera estado allí cientos de veces. - La parada obligatoria de hoy - nos dijo ese día con aires pedagógicos - es el pub The Grapes. La seguimos, claro está, y una vez adentro del bar comprobamos por enésima vez que teníamos que confiar en su criterio. Pasamos un buen rato tomándonos fotos en frente de la mesa con la leyenda "The Beatles sat here", tomando cerveza y cantando desgalilladas. Fue una noche increíble.

Todo cambió cuando salimos de ahí, cerca de la medianoche. Mathew Street estaba casi vacía, con la excepción de un grupo de hombres en estado muy agitado. El resultado de la agitación, descubrimos pronto, era la tremenda golpiza que le estaban propinando a un chico indefenso que, tirado en el piso, solo atinaba a cubrirse la cara. Sus gritos de angustia eran desgarradores. Como estábamos con la cabeza atolondrada después de tantas cervezas, decidimos en colectivo que debíamos intervenir, a pesar de ser solo un grupo de chicas enfrentándose a una turba de maleantes. Marta fue la primera en dar el paso y por supuesto que todas le seguimos de inmediato. Mi mamá nos regañó cuando escuchó la historia (pensándolo bien, sí habíamos sido algo imprudentes). ¿Y si hubieran tenido cuchillos? ¿Y si nos violaban o nos mataban?

- Mire, doña Mireya - le contestó Marta a mi mamá, muy a su estilo, sí, pero respetuosamente - yo soy mujer: 24/7 estoy pensando que me pueden violar o matar. Si fuera por eso no saldría nunca de mi apartamento.

- Ay, muchacha - fue la única respuesta de mi madre.

En todo caso, los tipos se alejaron cuando nos vieron llegar. No por miedo o por evitar problemas, si no porque ya se daban por satisfechos con su despliegue de brutalidad. Todas les gritamos improperios a medias entre español e inglés porque ahora, ya de cerca, teníamos claro que se habían aprovechado de alguien indefenso. Marta corrió de inmediato hacia al chico para socorrerlo; el pobre tenía el rostro lleno de sangre y barro. Con gran dificultad nos logró decir adónde vivía, insistió que no quería hospitales ni policía, que solo quería llegar a su casa, que estas cosas le pasaban todo el tiempo. Le acompañamos hasta su vivienda, no muy lejos de allí. Marta caminó todo el tiempo junto a él, tomándolo del brazo. Cuando su padre abrió la puerta con premura (de seguro ya estaba preocupado por la tardanza) soltó un llanto amargo y abrazó a su hijo por largo rato. A todas se nos rompió el corazón.

Las siguientes horas fueron muy bonitas. El señor nos hizo pasar y, luego de contar todo lo que habíamos visto, nos preparó té y estuvimos platicando largo y tendido. En la sala tenían un póster con una reproducción de una fotografía de los Beatles  en sus inicios tocando en The Cavern Club, así que claramente teníamos mucho de qué hablar. Marta se ofreció a limpiarle las heridas al chico que, descubrimos, tenía nuestra misma edad y trabajaba en una oficina local del gobierno. De esto último se sentían muy orgullosos ambos, padre e hijo.

- Me llamo Mark- dijo, con la intención de que le escucháramos todas pero mirando directamente a Marta con ojos dulces y agradecidos. Marta le sonrió y le estrechó la mano. Después de esa noche se hicieron inseparables.

***

Decidimos darle un respiro a la Mar. La verdad es que, después de todo, pensamos, solo ella está al nivel de poder recitar de memoria la historia de cómo Ringo Starr llegó a escribir Octupus's Garden, la alineación de instrumentos durante las sesiones de grabación o incluso cuántas tomas grabó la banda antes de sentirse satisfecha con la canción. Seguramente a más de algún fanático de los Beatles, dijimos, le parecerá una excelente idea matricular el curso.


Excepto que no sucedió así.

La única persona que se inscribió fue un tipo de barba y lentes, con uñas muy largas, que había resultado ganador de un cupo en el curso durante una entrevista de promoción que Marta había conseguido en la radio universitaria. Fracaso total: El curso se declaró desierto y la inversión no se pudo recuperar.

Cuando busqué a Marta para darle mi apoyo emocional, la encontré mirando viejas fotos de Mark, siempre risueño.

- No puedo creer que me haya dejado - me dijo sin quitar la vista del teléfono.

***

"Inseparables" la verdad es una forma de describirlo, aunque no es una literal porque Marta y Mark sí tenían todo un océano de distancia entre sí. Esto, sin embargo, no fue obstáculo para que su conexión se desarrollara profundamente. En un par de ocasiones ella volvió a Liverpool y alguna vez Mark y su padre nos visitaron acá (la pasamos muy bien esa vez). A parte de eso, se escribían y se llamaban todo el tiempo. Nosotras aceptamos esta "presencia" de Mark en nuestras vidas con total naturalidad, y a menudo nos descubríamos ansiosas por escuchar las últimas historias sobre sus venturas y desventuras. Por ejemplo, uno de los periodos más divertidos fue cuando Mark decidió que quería aprender a tocar la guitarra. Martin, su papá, le ayudaba a configurar las llamadas de skype para que nos enseñara su progreso con las cuerdas que, casi siempre, era nulo. Esto nos garantizaba sesiones hilarantes porque, como era costumbre, Mark se lo tomaba con el mejor humor del mundo.  En una de las últimas video-llamadas, él se había disfrazado con una peluca y unos lentes de sol en forma de estrella, mientras cantaba apasionado (a este punto apenas y rasgaba la guitarra):

Oh, I get by with a little help from my friends
Mm, I get high with a little help from my friends!

Todas envidiamos siempre esa forma de ver la vida, y aquellas sesiones adquirieron tintes terapéuticos para nosotras. Muy particularmente para Marta, claro está.

Conocíamos su historia, no solo porque nos la había contado con lujo de detalles sino que también porque todas, de una u otra forma, la habíamos vivido: Una triste ruptura amorosa, el posterior descenso al infierno, los intentos de recuperación, la búsqueda de salidas... La idea de crear el club de fans había salido de ahí, de ese anhelo por ocupar la cabeza en cualquier otra cosa, de esa esperanza por extinguir la ansiedad. Todas estábamos (estamos) muy felices con el club: de una u otra forma, cada una de nosotras tenía algo que le faltaba y que llegó a encontrar ahí, gracias a Marta, gracias a ese impulso que vino desde un dolor muy profundo. Todas vamos sanando a diferentes ritmos, supongo. Gracias a Mark, Mar estaba allí, muy cerca, a punto de "cruzar el puente".

Quizás por eso fue tan difícil para ella (y para nosotras en menor grado) asimilar la noticia de la enfermedad.

"Un defecto cardíaco congénito muy común para esta población" arrojaba uno de los primeros resultados cuando hicimos la búsqueda en google. Don Martin le había dado la noticia a Marta por teléfono, en medio de lágrimas. Era muy complicado entender cómo algo así estaba tan siquiera ocurriendo tan rápido, tan repentino, tan inclemente. Mark ya estaba en un hospital, muy delicado, pero logró grabar un video para Marta desde el teléfono de su papá.

- Eres mi mejor amiga - le decía a Marta con gran dificultad. Luego confesó que había estado aprendiendo español para darle una sorpresa, algún día.

Poco tiempo después, su papá le informó a Marta sobre el deceso. Ella al principio no pudo (o no quiso) creerlo; de cierta forma guardaba una esperanza de que el caso fuera único, de que venciera a las estadísticas, de que sucediera un milagro. Pero luego, cuando vio el comunicado en aquella página en Internet, supo que era real:


"La Asociación para las Personas con Síndrome de Down de Liverpool lamenta profundamente el deceso de nuestro socio, querido amigo y colaborador, Mark Manning. Mark fue todo un ejemplo de candidez, sencillez y amabilidad. Siempre le recordaremos con cariño por que con su forma de ser contribuyó grandemente a desmentir muchos de los mitos que acompañan a nuestra población con SD..."

El comunicado seguía pero en este punto Marta ya estaba completamente devastada. Se tiró en su cama a llorar por horas, mientras algunas de nosotras le hacíamos compañía también, con el corazón compungido.

No nos alcanzó ni el tiempo ni el dinero para ir al funeral.

***

Después de todo el fiasco con el curso convencimos a Marta de ir a terapia, algo que siempre había resistido pero que ahora, sorprendentemente, abrazaba como una idea esperanzadora. Y lo sabemos, todas estamos claras de que no es fácil, y de que el progreso (como sea que la gente quiera definir eso) puede ser lento.

Anoche salimos todas, después de muchos meses, a la fiesta de cumpleaños del primo del novio de Melania. Mar estaba sentada, como de costumbre, muy cerca de unos estridentes parlantes, mientras repasaba en su teléfono las infinitas listas de reproducción que con tanto cuidado había "curado" a lo largo de muchos años. Alguien, creo que uno de los amigos del primo, se le adelantó, y conectándose via bluetooth a los parlantes, comenzó a programar lo que se le antojaba.

Ella entonces se levantó de inmediato, y yo me acerqué rápido para ver cómo se sentía.

-Está bien que otras personas sean las que pongan la música - me dijo Marta en una concesión bastante inusual. Luego me abrazó fuerte, antes de salir a la calle a fumar.

Eso me hace creer que ella estará bien. No sé cómo explicarlo, pero estoy casi segura: Nunca conocí a nadie con tanta fortaleza como esa mujer. Por la ventana la estuve observando un rato mientras se fumaba su cigarro, sola y pensativa. Entonces no pude evitar pensar en aquella canción:

Hold your head up, you silly girl. 

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