domingo, 16 de septiembre de 2018

Albahaca morada

Si hubiera que explicarlo habría que decir que era como si el radio estuviera dando las últimas pataletas de ahogado, solo que en este caso no eran pataditas si no más bien estertores radiofónicos envueltos en un vaho tecnológico del más allá. Los lamentos infernales que provenían de sus parlantes no eran tales, si no más bien remedos de transmisiones radiales que en algún lugar a unos cuantos kilómetros de distancia eran emitidas con la intención sincera de ser escuchadas clara y fuertemente, pero que ante la desvencijada condición del aparato adoptaban una salida decorosa a través de ruidos débiles y enredados. Don Anselmo hizo un esfuerzo honesto durante los primeros minutos; pensó que tal vez entrecerrando los ojos iba a lograr escuchar con mejor claridad o que finalmente la señal se iba a estabilizar en algún momento determinado, milagroso, inédito. Se rindió cuando le pareció escuchar la voz de Marta, sílabas aleatorias que sin duda le pertenecían a ella y a su tono de voz entusiasta. Al menos estaba cumpliendo su promesa ¿no?

En todo caso ¿A quién se le ocurre producir un programa de cocina para la radio? ¡Y en la AM, encima! El proyecto había nacido muerto, de eso don Anselmo estaba seguro y así se lo hizo saber a Marta de manera escueta pero determinada todas las veces que cruzó el río con él. El hombre no lograba comprender aún porqué ella seguía utilizando sus servicios de taxi-bote informal, y mucho menos la razón por la cual insistía en dirigirle la palabra, pero jamás habría rechazado a una cliente en está época tan dura.  - Ah, qué don Anselmo, carajo. No sea usted negativo - le respondió Marta la última vez, cuando le anunció la fecha del estreno en la humilde radio local, paradójicamente auto denominada "La Poderosa". Acto seguido le hizo prometer escuchar aunque fuese la primera emisión. El hombre se mostró reticente y Marta, que conocía bien a su interlocutor, abrió espacio para la negociación.

- ¿De qué le gustaría que hable en el primer programa? El estoico motorcito del bote empezó a sufrir sobresaltos mecánicos que provocaron unos chapoteos inusuales. El hombre se acercó a la máquina de manera rutinaria para hacer los ajustes que ya sabía necesarios.

- De la sagrada - respondió don Anselmo sin pestañear - hable de la albahaca sagrada.

Marta volteó la cara para que ninguna de las otras personas abordo la vieran sonriendo: Era la primera vez que el hombre tenía algún tipo de concesión para con ella después de todos estos años. El agua del río le cayó sobre el rostro mientras leía con nostalgia punzante el nombre ya desgastado de la embarcación: "Ana Sofía".

***

- La albah... morad... tam... conocid... com... albah... sagrada...

También Marta estaba cumpliendo su promesa.

Don Anselmo por su parte había pasado la mitad de la mañana buscando el radio viejo en la bodeguita casi abandonada del patio, y la otra mitad tratando de recuperar de entre las cajas empolvadas el cuaderno de recetas de Ana Sofía. Lo encontró casi intacto debajo de unos mantelitos que, con el paso de los años, se habían puesto tiesos e inservibles. Mientras pensaba en todas las cosas de las cuales debía deshacerse lo antes posible, sacudió el cuaderno para quitarle el polvo de encima. Una fotografía, otrora refugiada entre las páginas del recetario artesanal, fue a caer al piso y don Anselmo se apresuró a recogerla. En ella, Marta y Ana Sofía se veían distendidas mientras compartían un abrazo caluroso sentadas sobre el malecón. El hombre sintió un calor tóxico recorriéndole el tracto digestivo, y tuvo que sentarse por un momento para absorber el impacto de aquella súbita ráfaga de dolor. La última vez que había sentido algo semejante, Ana Sofía estaba tirada en su cama sosteniéndole la mano con las últimas fuerzas que le quedaban. Ya solo quedaban ellos dos en la casa porque don Anselmo, harto ya de escuchar los "ay pobrecita, tan joven", había expulsado a todas las visitas sin distingo de consanguinidad.

- No dejo nada, papá - le dijo ella más bien en tono de resignación. Él no contestó, nunca aprendió a decir las palabras adecuadas para un momento así. Por unos segundos solo existieron las dos manos entrelazadas y el ardor haciendo añicos la garganta y el pecho.

- ¿Marta? - preguntó Ana Sofía sosteniéndole la mirada. Don Anselmo le correspondió con unos ojos confundidos: Marta no estaba, nadie le había avisado. Él no le había avisado. Aquel nombre no se mencionaba en la casa desde hacía mucho tiempo, desde aquella vez en que Anselmo fue todo gritos e insultos, catalizador de despedidas forzadas. Ana Sofía exhaló profundamente con mucha dificultad y con mucho dolor, como tratando de absorber la decepción.  - No dejo nada - repitió amargamente.

Entonces él tuvo una idea.

Corrió hacia la destartalada cocina y registró cada no de los compartimientos del mueble improvisado adonde normalmente iban a parar todos los utensilios. Encontró el cuaderno justo donde Ana Sofía lo había dejado la última vez que escribió en él, encima de las espátulas. Incluso el lápiz de grafito estaba aún marcando la página en donde ella había garabateado una receta inconclusa: "Sopa de tomate con queso y albahaca morada".

Cuando regresó a la habitación ya era demasiado tarde. Don Anselmo nunca había visto unos ojos tan abiertos y tan vacíos de vida al mismo tiempo.

***

Marta pensó de inmediato que don Anselmo debía estar enfermo de gravedad, no encontraba alguna otra explicación para el estado de ese monigote que ahora estaba de pie frente a ella sudando copiosamente. Además el rostro parecía transfigurado pero no por la intervención de un ser de naturaleza etérea, sino más bien por la invasión de algún parásito intestinal resistente. Antes de que ella pudiera decir cualquier cosa (aún estaba sorprendida porque él había ido a buscarla directamente cuando ella apenas se había asomado en el muelle) el hombre sacó algo que llevaba envuelto delicadamente en un paño deshilachado y lo colocó en sus manos con mucho cuidado. Marta reconoció el viejo cuaderno de Ana Sofía al instante, aunque le resultaba terriblemente difícil comprender cómo había llegado hasta ella a través de semejante mensajero y en tales circunstancias. Comenzó a llorar sin poder controlarse ante a ese hombre frente al cual siempre actuó con cálculo y cautela.

- Sí dejó algo, ella - dijo don Anselmo inmediatamente después de soltar el suspiro más liberador de su vida. Marta le miró sin dejar de llorar, el viejo se le aparecía turbio a través de las lágrimas. Eso era él en ese momento, una incógnita en forma de viejo borroso.

- Para tu programa de cocina - explicó él. Marta comenzó a entender, y bajó la mirada hacia el cuaderno aún sin creer que aquel objeto estaba en sus manos. En sus páginas había una receta casi para cada día del año; ella misma había ayudado a recopilarlas durante una época en la que habría matado por los besos agradecidos de Ana Sofía. Una época interrumpida, desgarrada por el hombre nebuloso que aún estaba frente a ella. Era claro que aún tenía algo más que decir.

- Tu nombre fue la última palabra que ella dijo en vida - dijo con gran dificultad.

Marta se derrumbó de todas las maneras en que una persona se puede derrumbar. Abrazando aún el cuaderno decidió regresar a su casa corriendo para ver si se le quitaban las estúpidas ganas de agradecerle a ese ser insensible que no se había atrevido a mirarla a los ojos durante todo ese breve pero lapidario intercambio.

Don Anselmo, viéndose finalmente solo, pudo respirar un poco mejor y buscó una piedra para sentarse. No tenía idea tan siquiera de cómo empezar a asimilar lo que acababa de suceder. Del bolsillo de su pantalón sacó la única página del cuaderno que había decidido dejarse para sí. Había tres recetas acomodadas como si se tratase de un capítulo especial, y arriba en una esquina escrito con lápiz de grafito (como le gustaba a Ana Sofía) se podía leer claramente "para la acidez de papá".

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Albahaca morada

Si hubiera que explicarlo habría que decir que era como si el radio estuviera dando las últimas pataletas de ahogado, solo que en este ca...