lunes, 7 de septiembre de 2015

Principio de no contradicción

Realmente su reacción me sorprendió mucho. Lo digo porque estoy seguro de que me reconoció, a pesar de que la última vez que me vio yo tendría unos 11 años. Normalmente en estas situaciones uno disimula un poco, hace caras de extrañeza, pone los ojos chinos, no sé. Y luego, luego ya pasa a lo inevitable: ¡Mirá, flaco, sí sos vos! Hombre, pero cómo has cambiado. Qué sé yo. Pero usted no, usted siguió directamente ignorando el hecho de que sabía exactamente quién estaba enfrente suyo, se le adivinaba en los ojos ¡Qué conflictuada se le veía! Tantas cosas pasando por su mente en ese instante, el pequeñín Moisés convertido en todo un hombre, probablemente lo había borrado de su cabeza pero ahora allí estaba, en frente suyo, no hay duda, como una mala broma del pasado, quizás recordándole dónde ocurrió exactamente ese punto de giro en su vida, dónde se acumularon todas las malas decisiones que la llevaron a estar acá, más de 20 años después, aún trabajando como dependiente en una zapatería, llevando unas sandalias gastadas (qué paradójico, ¿no?), apenas ganando lo suficiente para subsistir y pagarse ese cuartito, ese agujero del que siempre quiere salir corriendo. Fue por eso, tiene que haber sido por eso, que pretendió no haberme visto nunca antes. Seguro que sí, por eso decidió atenderme como a cualquier cliente regular, deseando por dentro que yo no la reconociese, o que dijese algo como solo estoy viendo, gracias y que luego de unos minutos diera la vuelta y saliera por donde entré. ¿Fue la corbata, verdad? No se incomode por eso, solo soy un ejecutivo de ventas, lo que en el mundo profesional se traduce con muchos ceros a la izquierda. ¡No, no, no sirvo para nada como vendedor, sé lo que está pensando! Si me lo aguanto es porque se trata de un trabajo que da ventajas estratégicas para completar mi verdadera tarea... Pero ahora que lo pienso ¡20 años! 20 años no es nada dice la canción pero ya lo ve, las décadas fueron construyendo tantas incertidumbres, tantas improbabilidades y usted y yo resultamos ser los nada en esa ecuación. Fracasos de un proyecto de ser humano que hoy se vienen a encontrar.

Trate de no forzar la muñeca, solo conseguirá lastimarse.

Se reirá usted de mí, pero debo confesarle algo: en aquel entonces estaba enamorado yo de usted. ¡Sí! Déjeme que tome estos últimos minutos para explicárselo. Bueno, está bien, "enamorado" tal vez sea una palabra fuerte para lo que podía experimentar un niño de 11 años, pero recuerdo perfectamente la envidia que sentía hacia mi tío por tener una novia tan bonita, tan alta, tan simpática, tan... tan todo. Desde la primera vez que él la llevó al almuerzo de los domingos donde mi abuela, usted me regaló miradas tiernas y palabras dulces. Algunos años después concluí que seguramente usted conocía mi historia de boca del tío y claro, eso le conmovía. El pequeño huerfanito, el único de toda la manada de primos sin padre ni madre, obligado a vivir con la abuela, siempre solo en el patio construyendo castillos imaginarios. El de los problemas para adaptarse en la escuela, el que siempre dejaba la comida. A pesar de todo eso, usted era buena conmigo.

No se preocupe por el frío, ya pronto pasará todo.

Una vez la vi llorar ¿sabe? Todos sabíamos que usted y mi tío discutían mucho y que con el pasar de los meses la cosa lejos de arreglarse se ponía cada vez peor. No pasó mucho tiempo para que dejaran de disimular en frente nuestro y todos sus intercambios pasaran a ser agrios lances, como dos niños caprichosos en guerra constante. Esa vez usted se había retirado al patio. Sola, lloraba amargamente. Yo le seguí porque sabía que algo estaba mal con usted. Y la vi llorar, y me partió el corazón. No entendía cómo alguien podía provocarle el más mínimo disgusto, la más mínima inconformidad. Odié a mi tío, nunca lo había odiado, nunca había pasada de la sana envidia, hasta ese momento. Entonces hice algo ¿no lo recuerda, en serio? Le llevé una flor. Bah, una tontería, era creo uno de las "chinas" del jardín de la abuela. Pero es que usted se merecía un desagravio, nunca estuve tan seguro de algo en mi corta existencia. Le llevé la flor y usted dejó de llorar al instante, conmovida. Era probablemente la cosa más dulce que usted había visto en su vida. Usted me abrazó, me dijo algo simple como: Gracias Moi, y para mí fue un instante sublime. Me sentí en conexión con usted. Y luego, en un impulso extraño, le agarré un pecho. El izquierdo, para ser preciso. No sé por qué lo hice, me pareció inocente, como en las películas que llevaba el primo Rolo, el mayor de todos. Sí, adivina usted, películas pornográficas. Rolo me dejaba verlas un rato, a cambio de mi silencio. Yo no entendía mucho de lo que pasaba, y por algún tiempo aquellas escenas constituyeron para mí la normalidad en una relación entre un hombre y una mujer. Pero usted no podía entender eso. Primero abrió los ojos muy grandes sin comprender qué sucedía, hasta que se levantó horrorizada corriendo hacia el comedor gritando algo así como ¡Ese niño es un enfermo! y luego a mi tío un ¡estoy harta de todo esto! para después salir de la casa y nunca más volver. De lo que sigue usted nunca se pudo haber enterado, pero debo decirle que tuve que dar muchas explicaciones las cuales incluyeron como daño colateral delatar al primo Rolo, quien a cambio me hizo sufrir durante toda la adolescencia. Las largas humillaciones apenas comenzaron con aquel día caótico. Pero bueno, no me voy a detener en eso, nunca he sido fan de la auto compasión. En todo caso, ya eso lo he ido enterrando con el paso de los años, si sabe a qué me refiero. Perdón, un chiste demasiado macabro para un momento como este, lo sé...

Veo por la expresión de sus ojos que recuerda ahora el incidente. ¿Qué curioso, no? Es como si la vida nos diera un segundo chance, como si estuviéramos de nuevo en aquel patio y tuviéramos la oportunidad de tomar otras decisiones, asociarnos a otro tipo de personas, caminar distintos pasos, dormir en el otro lado de la cama. Nada puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido, dicen los pensadores y nosotros ese día tomamos caminos separados y terminamos no siendo. Por ende, no podemos ser. No soy reduccionista pero esto para mi es una verdad suprema. Sí, me pongo filosófico siempre cuando llega este momento. Ahora dirá usted que no estoy respetando el libre albedrío, que estoy escogiendo por usted, que impongo mi voluntad... De veras no es mi intención menospreciar su aporte, pero ese argumento ya ha sido ampliamente utilizado por las otras personas que pasaron por acá. En su caso solo estoy terminando lo que aquel día empecé, verá usted: le estoy salvando. Puede que aún no lo tenga claro, pero yo lo pude leer en sus ojos esta tarde cuando se dio cuenta de que la había seguido. Usted sintió paz, la paz de quien anhela el descanso final, el portazo liberador, el fin del juego. No por favor, no es necesario que grite, de todas formas acá tan lejos nadie le va a escuchar. Créame. 

Es más, trate de relajarse, esto apenas y va a doler.  

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